
Incluido en el libro “Ensayos al viento”

ABC, 17-4-1948
LOS dos bloques concurrentes en el aplastamiento de Alemania y del fascismo están hoy frente a frente, acechándose, proponiendo al mundo entero dos signos radicalmente opuestos para definir su victoria. Con sorpresa –en la que lo único sorprendente es la sorpresa misma- el mundo democrático occidental descubre ahora que de su nuevo antagonista –su antiguo aliado- le separa una distancia mucho más profunda que la que le separaba de su antiguo enemigo. Descubre que éste es un enemigo más potente, peligroso y amenazador que aquél. Pero todo esto era ya así en 1944, cuando la guerra acabó, e incluso en 1939, cuando empezó. Nada en este aspecto ha variado, y acontecimientos como los de Checoslovaquia, Finlandia, Grecia y Bogotá no pasan de ser modestísimas consecuencias previsibles desde entonces.
Una cosa ha cambiado, no obstante: la actitud de conciencia del bloque occidental democrático y su consiguiente reacción. La mezcla de fanática necesidad y de ligereza recíproca en su subestimación, que decidió la colaboración de los dos bloques en la guerra, y la fase posterior de apaciguamiento y autoengaño, han dado paso a una tercera fase realista, consciente y de más o menos decidida beligerancia.
Acaso la orden de movilización anticomunista estuvo representada por el anuncio del plan Marshall para la reconstrucción europea, aunque este anuncio fuera entonces todavía apaciguador y conciliatorio. Más expresiva fue la publicación por la Secretaría de Estado (Estados Unidos) de los documentos que contienen los acuerdos germano-soviéticos, verdadera acta de acusación contra Rusia. La movilización ha seguido después en actos interrumpidos, pasando por la cruda inculpación del presidente Truman (con palabras casi idénticas a las que siete años antes pronunciara desde un balcón de la calle de Alcalá un ministro español) para desembocar –por ahora- en el intento de “definición” que contiene la recentísima moción anticomunista de Bogotá. Sin embargo, para el europeo inmerso en la tragedia del antagonismo democomunista y algo más experto en cuestiones anticomunistas que el todavía confiado hombre de la democracia americana, este cambio de actitud –que significa junto a la más grande amenaza la única esperanza- le parece insuficiente, superficial y desorientado.
A la luz del texto, poco brillante, de la moción de Bogotá es inevitable que volvamos a la extrañeza que ya experimentamos con motivo de la publicación de los documentos germano-soviéticos y que nos ha acompañado a través de las ambigüedades del plan Marshall, del “caso de España”, de la acción en Grecia y, en general, de todas las manifestaciones del anticomunismo americano: ¿Es que el anticomunismo va a ser sólo la acción contra el totalitarismo?¿Es que el comunismo es sólo una peligrosa aberración por lo que tiene de totalitario? Por nada más?
Este parece ser tanto el sentido del anticomunismo americano como el de la moción de Bogotá, en la que no falta ni la declaración “contra todo totalitarismo” ni la definición de la libertad política “democrático-parlamentaria” como única diferencia y última expresión en la oposición al comunismo y como esencia de la civilización occidental. Semejante superficialidad no sólo nos conduce a un juicio inexacto, sino también a una infecundidad segura. Pensar que sólo una cuestión de organización y de técnica política, o una eventual extensión de las libertades personales, es lo que separa al comunismo de nuestra civilización, es no haber entrevisto siquiera cuál es la médula satánica del enemigo al que se quiere combatir. De ese modo, ¿cómo sería posible entender la oposición a muerte entre los totalitarismos nacionales derrotados y el comunismo? Por mucha que sea la severidad con que quieran clarificarse los errores, las herejías o los abusos de aquéllos, no puede honradamente negarse que allí donde se establece la separación definitiva entre nuestra civilización y el comunismo, allí se establecía también la diferencia entre fascismos y comunismo. Precisamente fueron movimientos de reacción anticomunista, como el mismo Churchill reconoció en cierta ocasión. (Y el juicio sereno de la Historia reconocerá un día que los alemanes no quisieron pagar su victoria al precio de las exigencias rusas, como han pagado –sin duda, contra su voluntad- los occidentales, según resulta de los documentos publicados.)
No es, no puede ser, la cuestión de las libertades políticas la enjundia del anticomunismo, aunque es cierto que el comunismo sea incompatible con ellas. Hay algo mucho más profundo y –no nos asustemos de la palabra- más religioso. La esencia de la cuestión está en la manera –incluso íntima y precisamente religiosa- de entender al hombre y a sus fines y, por lo tanto, a la civilización y a la historia. Lo que se incluye en el Occidente anticomunista no es, no puede ser eso, o sólo eso; es, por el contrario, una compleja acumulación de valores conquistados por el espíritu en muchos siglos y que forman una tradición que no es necesariamente la de las libertades políticas –pues procede también de tiempos muy escasos en tales libertades-, gracias a la cual el hombre europeo o americano es lo que es: cristiano, íntimamente libre, dotado de un determinado sentido de la vida… Y el comunismo es la propuesta de una nueva vida que cancela la totalidad de aquella tradición y de aquellos valores. Cierto es que sus ideales no son otros que los que han venido corrompiendo en el llamado tiempo moderno nuestra vida tradicional; los ideales materialistas de nuestro siglo llevados a las últimas consecuencias a través de una actitud mística cuya siniestra integralidad contrasta no poco favorablemente con la duplicidad y la dispersión desde la que trata malamente de defenderse nuestra contradictoria civilización.
Que el comunismo ha venido a identificarse con las ambiciones totalitarias de una determinada potencia es cosa evidente, pero no es por eso más condenable ni peligroso. Condenar al comunismo sólo por dictatorial o porque represente la quinta columna de una potencia extranjera en los pueblos de Occidente, eso es quedarse a mitad de camino. Si eso no ocurriera, el comunismo sería igualmente corrosivo y abominable. Ello es claro y, sin embargo, difícil de aceptar dentro del ámbito democrático, cuyo instrumento de defensa debe ser fatalmente la peligrosa hipocresía.
La alianza occidental anticomunista sólo será fecunda cuando lo sea de verdad, por su capacidad de oponer a los ideales integrales del comunismo otros ideales enteros. Sólo entonces sabremos de verdad quién está verdaderamente a un lado y quién a otro de esta gran divisoria. Y mientras eso no ocurra, la pugna de “principios” que hoy se perfila no será en realidad más que una pugna de poderes. Lo que no es poco, pero lo que no exige –ni prácticamente admite- argumentaciones ideológicas.
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