
Incluido en el libro “Ensayos al viento”
DESDE MI MOLINO
ABC, 21-10-1950
En las columnas del periódico «ABC» publicó don Luis de Armiñán un artículo, «Los molinos se caen», en el que, amablemente, pero con información no del todo cabal, se ocupa de la historia de un molino de viento que tengo en La Mota del Cuervo, el único superviviente –y por verdadero azar- en todo el Toboso. En Campo de Criptaza se conservan algunos más. El gran pintor Ignacio Zuloaga y el duque de Alba, que yo sepa, compraron y restauraron allí sendos molinos.
La alusión del articulista me mueve a contar exactamente cómo ocurrieron las cosas en relación con el mío. Empezaré diciendo que participo del sentimiento elegíaco de aquel artículo, en cuyo sentimiento está, precisamente, la raíz de mi pequeña historia. Entristece, efectivamente, contemplar aquellas torres campesinas, un día laboriosas y hoy desmanteladas y en ruinas. Fueron ellas un día alivio, recreo y alegría de aquel impresionante paisaje manchego que los españoles de corazón no cambiaríamos por el más fértil o el más cuidado de los jardines, porque él, ilimitado y desnudo –trágico diría Unamuno- va mucho más a la medida de nuestras corduras o de nuestras locuras. Esto bastaría para que no pudiéramos contemplar sin pena su decadencia. Pero importa todavía mucho más tener presente que, desde un buen día, aquellos molinos empezaron a ser verdaderos símbolos. Desde entonces –y después- los molinos de viento de la Mancha ya no fueron sólo máquinas industriosas ni ornamento o amenidad del paisaje, sino mucho más que todo eso porque fueron testimonio y evocación de una de las mayores glorias de España.
Miguel de Cervantes los miró un día al pasar por la Mancha y quizá no sea muy aventurado suponer –en todo caso dicho sea con «perdón de los cervantistas», usando la locución «azoriniana»- que de esa mirada nació todo el Quijote con todo el mecanismo en que se mueve, alternando y confundiendo el plano de la realidad con el de la idealidad o de la fantasía. De todas las «cosas», de todos los «objetos» del Quijote, el más relevante, el más representativo y popularizado, el más simbólico y hasta emblemático es el manchego molino de viento. Y esto es así porque ningún otro objeto es tan apto como él para aquella transfiguración, o porque ninguno la sugiere tan espontáneamente. Por eso, con la naturalidad de la fantasía, la aventura de los molinos- gigantes ha sido la más típica y divulgada del gran libro.
Estas fueron mis reflexiones cuando una noche de noviembre, viniendo desde Alicante a Madrid –atrás quedaba en el camino la comitiva que conducía a través de aquellas tierras y hacia El Escorial el cuerpo muerto de José Antonio-, cerca ya del pueblo de La Mota del Cuervo vi a la luz de la luna, nítidamente recortado sobre un cabezo, un molino sin aspas. ¡Días aquellos difíciles de olvidar, con ánimo predispuesto a toda emoción!
Comenté con las personas que me acompañaban la melancolía de tantas cosas llenas de significación y de historia que la incuria de los hombres frente a la acción implacable del tiempo – más todavía que los estragos de la guerra- va convirtiendo en ruinas, piedra a piedra, hasta llevárselas por entero. Minutos más tarde comíamos en Quintanar de la Orden, y allí, con el alcalde, el jefe local, el juez y otros notables del pueblo, volví sobre el tema y a lamentarme particularmente de la situación de aquél, en fase de ruina incipiente, que acababa de ver. Hizo la casualidad que su propietario estuviera presente quien no son embarazo, y en disculpa del abandono, alegó que habían tenido en los últimos años muy «malas cosechas de viento». (¿Cabe una expresión más quijotesca?)
Fue entonces cuando concebí la romántica idea de salvar el molino que, por lo visto, había dejado de ser un instrumento útil. No he de decir que el propietario se apresuró a ofrecerme su dominio graciosamente y aun casi avergonzado por el insignificante valor que atribuía a tal ruina. Consideré que en aquella circunstancia mía, siendo ministro, no era delicado aceptar su liberalidad, y decidí comprarlo, así como también una pequeña faja de terreno que lo circuye; todo lo cual llevamos a efecto mediante otorgamiento que tuvo lugar en La Mota del Cuervo. A 27 de febrero de 1941, ante el notario don Pedro Manuel Casado y Guío. (Creo recordar que la mayor parte del precio pagado, en uno y otro concepto, fue destinado por los vendedores a obras de Auxilio Social.)
Así, pues, todo se hizo, efectivamente, a título de honor, como así cuidan del molino el viejo Marcelino y otros amigos de allá.
—————–
Restauré el molino con sus grandes aspas, lo inauguré el día 2 de mayo, hablé a los campesinos agrupados en torno a él y pues sobre su puerta esta leyenda: « ¡Aún quedan molinos en España!», acordándome del molinero de Sans-Souci que para salvar el suyo tuvo que vencer en juicio nada menos que al propio Rey Federico de Prusia, y pudo con razón exclamar: « ¡Aún hay jueces en Berlín!»
Para completar la obra quise grabar en la muela un poema molinero y elegí el soneto muy conocido de Ridruejo que cuenta la melancolía de una piedra de molino en tierra:
………………….
Hoy te miro, descanso del camino,
Moneda del recuerdo abandonada
En la quieta nostalgia del molino.
…………………
Pero Dionisio, verdadero amigo de todas las horas que también me acompañó en aquellas andanzas por La Mancha, quiso –poeta extraordinario- hacer para mí obra de nueva planta y escribió (y nos decidió a mi mujer y a mí) este otro:
El pan del llano colma su alegría
En tu atalaya armada para el vuelo,
Cruz veleidosa, girasol de hielo,
Isla de la postrada lejanía.
Alma de cal y canto que atavías
Y hace fecunda la pasión del cielo,
Plantada agilidad, blanco desvelo,
Flor y castillo de la luz del día.
Si reposan tus brazos bendicientes,
Cuánta sencilla paz cabe en tus trojes
Para la tierra lenta y derramada.
Cuánto fragor, si vuelas diligente,
Para el cálido trigo cuando acoges
Hecho entrañas al sol en ti morada.
Y allí sigue en pie, solitario y altivo, el «castillo de la luz del día» con sus aspas al viento. Por él, por los pocos molinos que allí quedan, es hoy posible la evocación viva y directa del Quijote en la Mancha. Pues son ellos los que conservan la distinción precisa de aquel paisaje y los que aseguran su identidad con el paisaje cervantino.
Ramón Serrano Suñer
Artículo anterior - Volver al índice de artículos de la década de los años 50 - Siguiente artículo