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Incluido en el libro “Ensayos al viento”


Retrato del señor Menendez Pidal

LA CASA DE DON RAMÓN

ABC, 11-6-1953

EN la cuesta del Zarzal, de Chamartín de la Rosa, hay un cercado que sólo deja ver la parte alta de una casa blanca con tejas de pizarra, el verde plateado de unos olivos que el aire del Guadarrama orea y, al fondo, por donde el viento llega, una tupida cortina de altos eucaliptos. Con sólo empujar el postigo de la portada, que queda próximamente en el centro del muro de cerramiento, aparece la finca, que no es ni huerto ni jardín, sino, como bien dice don Ramón, un trozo de monte.

Entre aquellos olivos centenarios, que ya dieron lugar otras veces a mejor o peor literatura periodística (en alguna ocasión plumas poco agronómicas, poco versadas en la cronología vegetal, escribieron –demasiado pesimistas sobre su edad- que habían sido plantados por su actual propietario), jaras, mejoranas y romeros –plantas todas de la flor silvestre de nuestras serranías, balsámicas y olorosas-, crecen y cubren el suelo, sin apenas dejar espacio al trazado de los senderos. La casa, con torre en un ángulo, corresponde a un estilo arquitectónico bastante común hace medio siglo. En la parte posterior, sin vista de vecinos, hay un solarium que su propietario ha utilizado, desde que la casa existe, todos los días claros. Un propietario que es un viejo lozano, que conserva ágil el cuerpo y lúcida la mente, después de haber cumplido los ochenta y tres años. No había dicho que en el muro, junto a la puerta, un azulejo dice: «Casa de Menéndez Pidal»

El interior de la casa es muy sencillo: un «hall» rectangular, una escalera, y, al final, una espaciosa biblioteca donde don Ramón lee o habla con sus amigos. Junto a ella un despacho –el despacho de la Historia del Idioma- con estantes superpoblados de libros en las cuatro paredes y un «bureau» en el centro cargado de revistas, textos, papeles y notas con el aparente desorden que produce el trabajo cuando se realiza con intensidad en un espacio reducido. Allí, con el balcón abierto en verano y en invierno (aunque contrarrestada, entonces, la temperatura por un radiador que queda a sus pies), trabaja don Ramón todos los días del año, desde hace treinta años.

La habitación continua, muy parecida a la anterior, es el despacho del Romancero. Allí se albergan los libros que se refieren a los romances españoles y a las baldas extranjeras, junto a miles de romances inéditos que esperan su turno para ser publicados en futuros volúmenes. En el centro de este despacho hay otro «bureau» ante el que se sienta también cada día, también desde hace treinta años, la mujer del sabio, compañera de su vida y colaboradora de su obra jornada tras jornada. Es ahora una anciana, aparentemente bien conservada, pero con una salud quebrantada por el peso de tantos años de lucha. Una mujer de mucho y seguro saber pero sin atisbo de pedantería. Ha sido esta mujer para don Ramón algo más que un auxiliar diligente o una organizadora eficaz de su tiempo y su trabajo, porque ha tenido participación activa y efectiva en su obra misma, con una asistencia intelectual competente y valiosa. Hay de ello un testimonio excepcional: don Ramón le dedica, a los cincuenta años de trabajo en común, la nueva edición del Romancero, proclamando que sin su concurso la obra no habría sido posible.

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En vano buscará nadie, ni en el ambiente de la casa ni en las palabras de sus moradores, cosa alguna que sea afectada o espectacular. Ni siquiera esos ornatos formales –lícitos- que no es extraño encontrar en casa de artistas, literatos o profesionales. Aquí todo está hecho para un trabajo y sobriamente recogido hacia el mismo. Es la casa de un científico. Y con el mismo estilo y rigor que el patriarca, y en la misma obra, trabaja toda la familia; las tres generaciones: padres, hijos y nieto. Es una casa colmena donde, cada uno y todos juntos, van alimentando la empresa de investigación que don Ramón estableciera allí hace tantos años, y que ha servido con ese tipo de perseverancia y método –tan poco común entre nosotros- sin el cual ninguna obra de carácter monumental y decisivo, como es la suya, por lo que se refiere a la Historia y Literatura de España, sería posible.

En la conversación de don Ramón todo es sencillez, solidez y honradez. Como la mayoría de los sabios auténticos (¡qué lejos de las costumbres de los autoproclamados!) tiende a respetar y hasta a sobreestimar las dificultades y méritos de las profesiones ajenas. Recientemente he tratado con él un tema lingüístico, en relación con un problema de Derecho, y, como abrumado me ha dicho: «Aunque he estudiado la carrera de Derecho a la vez que la de Letra siempre me impresiona la cantidad de complicaciones y dificultades que toda cuestión jurídica encierra.» Como el varón justo tiene don Ramón el concepto «viviano» de la sabiduría: «De rebus incorrupte judicare…» En sus reacciones, en su conciencia y en sus formas de enjuiciar, no es difícil advertir reminiscencia de aquellos viejos magistrados –su padre lo era- que vivieron constituido como en estado sacerdotal sólo pendientes de realizar el ideal de la Justicia, el «ius suum tribuens», según la fórmula romana.

Todo eso no quiere decir sequedad de alma, al contrario, don Ramón es un hombre afable y bondadoso; y la vejez –si es que antes fue más severo- lo ha suavizado sin abatirlo. Su juventud intelectual, la puntualidad de su memoria, su agudeza crítica son sorprendentes, y no lo es menos su agilidad corporal: sube y baja escaleras con rapidez, pasea, lee, trabaja, sin el menor cansancio. La pulcritud con que cuida su persona y su atuendo aumenta, todavía más, esta sensación de plenitud. Paseando frente a su casa, hace unos días, me explicaba los problemas de espacio que desde hace tiempo, al crecer su familia y multiplicarse su biblioteca y sus papeles, tiene planteados. Tuvo, cuando surgieron, la idea de agrandar la casa, pero la fue abandonando al considerar que sus años ya eran muchos. Mas ahora piensa, con simpático optimismo, que tal vez está repitiendo la fábula de Matusalén que lo dejó todo por hacer porque pensó que no valía la pena ocuparse de nada para lo poco que dura la vida y con esta idea fue consumiendo años y más años. Don Ramón, fuerte y con alientos, está hoy decidido, para que no le ocurra lo que al personaje bíblico, a hacer aquellas obras porque cree –parece que con razón y Dios lo quiera- que pueden quedarle todavía muchos años por delante para disfrutar de esa pequeña mejora.

Salgo de la casa de don Ramón con ánimo ganado por un profundo respeto. No sé puede decirse, aunque creo que sí, que una casa sea el espejo de la vida de un hombre. En este tiempo hay tantos hombres sin casa que parece haberse cumplido la profecía de Rilke: «El que no tenga hoy su casa ya nunca la tendrá.» Pero don Ramón la ha tenido, la ha hecho, la ha vivido y la ha ennoblecido con fecunda tarea. Y su casa es como una prueba. La prueba de cómo un hombre ha vivido entera y constantemente para su vocación. Allí, en la casa de don Ramón, se ve su pobra de modo aún más patente que en los numerosos volúmenes que la componen. (Carezco de competencia para medirla y valorarla en todas sus dimensiones, pero sí puedo considerarla: desde «El Cantar del Mío Cid, gramática y vocabulario», que manejamos en la Universidad, hasta la edición definitiva del «Romancero hispánico», de inminente publicación, pasando por «La España del Cid», «Los orígenes del Español»,«Los españoles en la Historia» -obras todas traducidas en varios idiomas- y por los quince volúmenes de la Colección Austral que demuestran el interés y el crédito que sus trabajos merecen en todo el mundo.) Allí, en aquella casa, queda y se continúa esa obra; y quedan, también, como un sedimento, los materiales y las horas con que fue haciéndose. Y esa obra, ingente, magistral, que ha versado toda ella sobre España, sobre su lengua, sobre su historia, sobre sus heroísmos (la reinvocación del Cid) y sobre sus testimonios, es, a su vez, un trozo de España, algo que ha enriquecido el acervo de la cultura patria y que ha españolizado todavía más nuestra existencia. Y por ello, yo que no sé a punto fijo cuáles son las ideas políticas de don Ramón, que no soy, desde luego, correligionario suyo, creo que por esa obra hemos contraído con él una deuda de gratitud materialmente impagable. La gratitud de los españoles que tienen corazón.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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