
La preocupación acerca de la destrucción del mundo no había sido objeto de muchas consideraciones y predicciones fuera del campo de la religión; y aún dentro de este campo tampoco es copiosa la controversia o la exégesis.
Mientras la cosmogonía, el origen de los mundos y de la vida, han invitado a la Humanidad al discurso y a la legenda, el indudable ligámen con la Religión (por referirse al misterio de la Creación), las predicciones sobre el fin de los tiempos han sido mucho más parcas. Es cierto que la aparición de un cometa y otros signos astronómicos (recuerdese la del cometa Halley en los primeros años del siglo) han alarmado a las gentes temerosas de choques y catástrofes estelares. Y es también indudable que las proximidades de cifras cronológicas redondas -por ejemplo, el año 1.000- ejerecieron alguna influencia sobre los ignorantes, creyentes en augurios.
Pero fuera de esto, solo es digno de mención la exégesis de los pasajes evangélicos relativos a la “parusia” o segunda venida de Jesucristo, y al fin de los tiempos, con la aparición del Anticristo y la producción de catástrofes sin cuento como la caída de las estrellas.
Enlazado con ello se halla la creencia del “Milenarismo”, o presencia de Jesucristo durante cierto tiempo en la tierra -según algunos, 1.000 años- antes del fin del mundo.
Guardan también relación con el tema, las profecías de San Malaquías, lista de Papas caracterizados por un mote o lema apropiado, según la cual estaríamos ahora bajo el Papado “Pastor Angelicus”. En la interpretación más corriente de las profecías al parecer apocrífas- faltan solo dos o tres Papas al fin del mundo. En la del padre Pijoan, el mundo habría de terminar en el año 1.953.
La iglesia no ha pronunciado su palabra definitiva sobre los textos evangélicos referentes al fin de los tiempos, es decir, sobre el hecho mismo de la destrucción del mundo, sobre el modo y la época de esta destrucción. Es creencia muy admitida que el Universo no es eterno; sino lo es en cuanto a su principio, no parece que deba serlo en cuanto a su fin. Pero tampoco parece herético pensar que, destruido el Universo por desintegración, la masa de energía resultante dé comienzo a una nueva evolución -creación cíclica- originadora de un nuevo Universo. Incluso hay países de la sagrada escritura (apocalípsis, Isaías), en los que se habla de nuevo cielo y tierra.
Hasta nuestros días ni la exégesis, ni la profecía, ni la legenda habían incluído en las previsiones sobre el fin del mundo, la posibilidad de que éste pudiera depender de la voluntad humana. Esta hipótesis surge ahora nueva y grave en el curso de las investigaciones más recientes. formulada por un sabio de autoridad indiscutible, admite que el hombre produzca el envenenamiento de la atmósfera por la radioactividad y por consiguiente que la aniquilación de toda forma de vida cae dentro de las posibilidades técnicas. Frente a afirmación tan seria, es curioso observar la inexplicable reacción humana, ya que mientras las hipótesis formuladas en ámbito de lo misterioso o de lo fantástico conservan su prestigio y su capacidad de su estremecimiento -ahí están, con presencia real o imaginaria, los al parecer inofensivos platillos volantes-, las que tienen rigor científico, como la de Einstein, apenas preocupan ni tienen acción para distraer a nadie de las más triviales ocupaciones cotidianas.
Quizá esto significa que el hombre, tan sensible a los peligros imaginarios, tiende a cegarse -voluntariamente- ante los reales, gracias a lo cual posiblemente va viviendo. Por lo que no ofrece duda es que si de verdad está en sus manos el poder de destruir el mundo, es seguro que está en las manos de su peor enemigo.
Ramón SERRANO SUÑER
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