
Incluido en el libro “Ensayos al viento”
ABC, 16-6-1950
ENTRE las muchas desventuras que a Europa suceden en estos años de precaria paz la que más claramente nos da una sensación de cerco, de asfixia y desesperanza, es en el descenso de tono, la falta de brillantez y de rigor, e incluso el mutismo absoluto, que se observa en el actual pensamiento político de los diversos pueblos de su vieja cultura.
Es cierto que tienen lugar encuentros y conferencias entre los ministros: Acheson, Bevin y Schuman. Que alguna vez tercia el vencido Adenauer. Que el secretario de las Naciones Unidas viaja y sugiere. Que algo importante, empujado por los problemas materiales, se intenta en estos días: la constitución de una mancomunidad industrial, la unificación de las economías europeas, al menos continentales. Pero, como si éste no fuese el momento de la historia de Europa en que más necesarias sean las ideas, poco o nada son tratados aquellos grandes temas: la invención de formas políticas adecuadas, las reflexiones sobre el modo de desembocar en situaciones nuevas, aprovechando para ello los recursos y aun los defectos de las actuales. Deprimido el espíritu en ese ambiente –tan “cotidiano” y vulgar como desentendido del gran problema político sustantivo y gravemente apremiante- cabe preguntar si se habrá cegado entre nosotros la vena caudal de pensamiento que Europa tuvo siempre. Acaso (y afortunadamente) no sea así, y esa circunstancial parálisis tenga causas que –más a modo de pregunta que de respuesta- voy a tratar de sugerir. En primer lugar es evidente que resulta muy difícil la fluencia de las ideas –en el terreno de la especulación práctica- sin que exista un clima de posibilidades y esperanzas respecto a su aplicación; un ambiente de fe en la razón humana y en la capacidad del hombre para conducir la Historia. Y este fe, después de haber volado a excesivas alturas unos años atrás –y a utópicas alturas un centenar de años antes- parece ahora malherida y aun caducada. La crudeza brutal de los acontecimientos históricos, barriendo ciegamente ideales y sueños, parece haber abatido en el hombre las alas de su imaginación y su razón.
Por otra parte, la ideación política, la creación de formas, la formulación de aspiraciones requieren, de una parte, un mínimo de confianza en la posibilidad de hacerlas universales, y, de otra, una conciencia crítica de su necesidad. Pues bien, así entendidas las cosas, preguntamos: ¿Es que hay algún pueblo de Europa que hoy, provisionalmente, pueda soñar con imponer al mundo soluciones propias y ejemplares? El porvenir del mundo parece disputado –al menos de momento- por el imperio de los dos grandes colosos de nuestra posguerra: Rusia y Estados Unidos. Ninguno de los dos tiene hoy aquella conciencia crítica de que hemos hablado, capaz de albergar una necesidad de ideación o experimentación porque uno y otro parten de sistemas que consideran ya definitivamente ideados y construidos. Ambos son portadores de sus respectivos –y antagónicos- dogmas conclusos y los de las cosas humanas, pueden reputarse perfectas. Seguramente que en la Unión Soviética pervive, joven aún, el ideal marxista servido por un régimen de hierro y por otro firmísimo ideal: el imperialismo ruso. Los Estados Unidos creen en la democracia como en un ideal definitivo e insuperable. Cometen el error muy frecuente de pensar que su experiencia particular tiene posibilidad universal. Tienen, sin embargo, su parte de razón, pues ellos han construido “su democracia”, con peculiar solidez, en las que su impureza es su fuerza. La máquina bien ajustada de sus partidos políticos, con sus políticos profesionales y sus artes de creación de la opinión pública, es por ahora –salvo objeciones doctrinales- una cosa considerable.
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Ahora bien, ¿cabe que regímenes tales alumbren otra cosa que productos de propaganda, literatura apologética y propagandística? Uno y otro –el americano y el ruso- creen haber llegado ya a la meta o, al menos, estar en un camino cierto. Son experiencias todavía jóvenes y las dos tratan, aunque de desigual manera (no comparamos la proterva intención rusa con el inocente y bienintencionado proselitismo americano), de hacer el mundo a su imagen y semejanza. Para mi, es seguro que uno y otro régimen, más pronto o más tarde, se encontrarán con una crisis de hecho y de principios; pero como eso ahora no sucede, están privados, los dos, de toda posibilidad de ayuda ideal a esta vieja y perpleja Europa. No le sirve a Europa esa ajena confianza ni en la definitiva formula marxista ni en la capitalista-democrática. Aquélla, porque repugna a su tradición, a su naturaleza y a su cultura. Esta, por su palmaria inadecuación a nuestros problemas europeos, pues si la democracia americana es un régimen eficaz y estable no debe esto a sus principios doctrinales, sino a las particulares condiciones psicológicas, económicas e históricas del pueblo que la ha realizado, mientras se constituía a sí mismo de un modo natural y no por presión de principios doctrinales.
Son poderosos, todavía, y los poderosos, en resumen, están dispensados de verdadera meditación (y aun de toda meditación) sobre el destino de Europa, al cual son ajenos y cuyos datos y elementos esenciales desconocen. A cambio de tales meditaciones suministran a Europa «slogams» propagandísticos de panaceas universales y de ayuda material, que es muchas veces efectiva. Los débiles en cambio –los europeos- se sienten aún demasiado poco libres para discurrir sobre sus propios problemas y descubrir su propia salvación. Su amilanamiento desilusión les impide provisionalmente –por escarmiento- tener fe en las ideas como otros días la tuvieron.
Esta situación no puede durar, pues a Europa, mutilada, rota en sus raíces imperiales, el dolor y la enfermedad (como siempre permite Dios en tales trances a los pueblos y a los hombres de alto espíritu) abrirán un camino de sosiego y soledad hacia la vida interior por el que encontrará las formas capaces de superarla, desbordando, las limitaciones que el vago comodín democrático ofrece frente a los tremendos problemas actuales. La aventura comunista nos repugna y es nuestra muerte. La panacea democrática es inactual y no nos sirve. La legítima aventura fascista, formalmente, no puede repetirse, aunque –como he dicho en otro sitio- sus escombros no deben ser completamente desaprovechados. Lo que hace falta para crear algún asomo de orden nuevo –que la vida de Europa reclama con urgencia- es, ante todo, fuerza de pensamiento y sinceridad. De momento, los intereses creados, los prejuicios, los compromisos de viejas propagandas no son para ello el estorbo menor.
¿Qué deberá ser la nueva formula? Qué habrá de partir del hecho de la democracia liberal me parece cosa indudable, porque sólo es sólido un régimen evolucionado serenamente. Nuestra considerable experiencia de hoy –muerta quedó la inquietud de ayer- nos enseña que los esquemas demasiado ideales y sobrepuestos a la realidad son peligrosos. Partiendo, pues, de la democracia, tendrá que pagar su tributo al individualismo cristiano-europeo, cuya conservación es esencial. Pero urge decir que el individualismo radical es entre tantas cosas fracasadas en nuestro tiempo la más fracasada. La democracia, por tanto, sólo puede admitirse como punto de partida y sometiéndose a duras rectificaciones, lo que ha de ser en dos direcciones, que en el fondo son poco divergentes: la dirección “socialista”, en el sentido de una mayor sustantivación de los organismos sociales, y la dirección “autoritaria” en busca de un concepto renovadamente aristocrático del Estado. (Como siempre ha ocurrido en todo buen gobierno cualquiera que hayan sido las estructuras formales y las ilusiones de la masa sobre su efectiva participación en las funciones públicas).
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Ahora una pregunta final: ¿A qué pueblo corresponderá la fortuna de arrancar acordes universales a su peculiar experiencia? ¿Será de nuevo Italia la que en el hontanar inagotable de su ingenio político dé esta nueva clave? ¿Será Francia quien vuelva otra vez por su antigua vocación normativa? ¿Acaso vendrá la fortuna a esta vieja y cerrada España? Carezco hoy de espacio y posibilidad para continuar. Una cosa es clara: que, antes que los pueblos, han de ser las mentes egregias las que han de dar señal de vida europea en el campo de la política. Y hora es ya de que los que tengan voz empiecen a hablar.
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