
Incluido en el libro “Ensayos al viento”
ABC, 23-9-1951
SERA difícil encontrar, entre gentes con alguna curiosidad, una persona que no haya entrado nunca, siquiera sea imaginariamente y de la mano de Dickens, en un club inglés. Acaso no sea ya tan grande el número de los que después de asomarse a un club hayan presenciado una sesión parlamentaria en la capital del Imperio. Pues bien, creo que en esta doble experiencia, y en su debida conexión, encontraremos como un portillo por donde penetrar en la muralla de ese trasmundo europeo y entender algo de lo que puede constituir su ser político, bastante mejor que comprando sombreros en «Lock» o mal traduciendo lo más superficial de las costumbres inglesas, todo lo cual ha ofrecido materia para fervorosos «snobismos» en este país, tan dado, en su radicalismo, a oscilar entre la xenofobia y el papanatismo.
He aquí un club como otro cualquiera: ricas maderas de caoba, grandes arañas, buenos cuadros de asuntos y pintores ingleses. Un gran comedor y un vasto salón, que a la vez sirve para la conversación y la lectura, porque el bajo tono de la primera permite la atención a la segunda. En el club inglés –obra de algún misógino- no entran las mujeres, ni han entrado nunca. En ese país de buenas reinas se tiene, sin duda, la idea de que la influencia femenina indirecta es funesta para la política. Porque ya se sabe que el club ha sido –acaso siga siéndolo en discreta medida- la cocina donde se han guisado todos los platos fuertes del Imperio.
Después de comer se habla mucho en aquel salón de lectura, sin parar de beber vino de Oporto. Y convendrá anotar –por si alguien se sintiera impulsado a la imitación de semejante despropósito gastronómico- que esta costumbre se estableció de un modo muy pragmático, pues fue impuesta por el Tratado de comercio firmado con Portugal en 1703, en el que se estipulaba el cambio de la lana inglesa por vino de Oporto y oro del Brasil. Es uno de los «Methuen Treaties», cuyo autor –lord Methuen- levantó, durante su negociación, grandes polvaredas con su política de alianzas en tiempo de nuestra guerra de Sucesión. A su comienzo, los «tories» -conservadores- eran partidarios de una alianza con Francia, y los liberales -«whigs»- propugnaban la alianza con Portugal; con todas las consecuencias económicas que una u otra habían de traer consigo. Trasladando esta lucha de lo político al plano del humor y de la enología (con esa tendencia a convertir en pequeño y doméstico lo que es –y como tal se hace realmente- grande y universal), circuló por todas partes esta expresión «port was whig, claret was tory», que indicaba en forma vinícola las preferencias político-económicas de cada uno.
Hay en estos viejos clubs ingleses cosas muy curiosas, recuerdos viejos conservados como oro en paño. En el Traveller´s Club, en Pall Mall, hay una escalera de madera, cuya ancha barandilla no puede abarcarse con la mano y tiene sobrepuesto en el centro, y a todo lo largo, una especie de carril, de madera también, que fue colocado, según reza una placa de cobre, para que el príncipe Talleyrand Perigod, embajador de Francia en 1830-1834 y miembro del club durante aquellos años, pudiera apoyar con su mano la movilización de su corpulencia octogenaria (La que no le impedía, ciertamente, mayor ligereza para otra clase de movimientos y perfidias.)
—————-
La transición del club al Parlamento no es demasiado sensible; apenas se tendría la sensación de haber cambiado de ambiente si no fuese por el contraste –impresionante para cualquier persona dotada de sentido cómico –entre la llaneza del ambiente y la anacrónica solemnidad de algunas cosas y ceremonias. El conocido desfile por los pasillos de Westminster, antes de comenzar la sesión, del «speaker» y los secretarios con largas pelucas blancas, precedido de un macero con aquella misma maza descomunal que Cromwell trató con tanta irreverencia cuando al entrar en el Parlamento para disolverlo, porque no le obedecía, exclamó con su clásico mal genio: «Este cacharro, a la basura.» Y si hoy el acto de la disolución «manu militari» parece cosa un tanto reaccionariamente parlamentario de todo político inglés no ha perdonado todavía la injuria a la maza.
Luego, ya en funciones, hasta este mismo «speaker» espelucado –designado por unanimidad- se produce sin la menor solemnidad y ahorrando avaramente las palabras; frecuentemente dirigirá los debates sólo con señas. Entre tanto, el Gobierno ha tomado algo más que asiento en el primer banco de la mayoría, pues los ministros se han arrellanado cómodamente en su escaño y han colocado lindamente sus pies sobre la gran mesa que en el centro del salón separa las dos alas parlamentarias, y ofrecen así a la oposición un vulgar paisaje de suelas de zapatos. Y se empieza a hablar. Nadie que se estime hablará en ese Parlamento –aun en la hora de las grandes catilinarias- sin salpicar su discurso, corrientemente conversacional y tartamudeante, de frases humorísticas y de paradojas. Y nadie en los bancos de enfrente dejará de reír los donaires y las humoradas del adversario. Es que aquello es también un club, otro club, el primer Club de Londres. Todo es en él ambiente conversacional, privado, juego conducido, ironía y comprensión del adversario; en una palabra, deportividad.
Por otra parte, esa deportividad –que exige una cierta paridad en toda lucha y que ellos expresan con la frase «to give a chance», dar una oportunidad al adversario- está en la médula de la vida política inglesa (en Inglaterra), y aun de la vida inglesa común. No es raro ver, en el boxeo, por ejemplo, cómo el público grita al púgil que se muestra superior y más fuerte para que dé al que lleva la parte peor una oportunidad de recobrarse.
En esta misma línea están en ese país otras muchas cosas: y así, con esas maneras, con ese instinto conservador, con amplias zonas de acuerdo y coincidencia entre las fuerzas en lucha –respeto al Rey, acatamiento espontáneo de la autoridad, que es con la justicia esencia del orden social, mucha autolimitación, odio al avasallamiento, etcétera-, se empieza a pensar que, con todos esos frenos, válvulas y contrapesos, hasta la democracia pura, pese a todos sus inconvenientes, puede ser, allí, un buen sistema político y hasta el mejor.
El mal empieza cuando estos ingleses deportivos e irónicos –y también simples y confiados a su modo- pretenden juzgar desde su propia mentalidad los sistemas ajenos y universalizar un tipo de política, cuyo secreto no está en unas ideas y en unas formas, sino en una educación y en un temperamento.
El perezoso aislamiento, el espejismo de sus propias realidades proyectadas al universo, su ingente egoísmo, ha hecho cometer a Inglaterra muchos y gravísimos errores. Si un parlamentario inglés hubiera visto, como he visto yo –diputado en otro parlamento- en un hemiciclo cargado de retórica y desatención, a un diputad, perteneciente a fracción aliada del Gobierno, anunciar al jefe de la oposición parlamentaria (cuando le eran democráticamente debidas la admiración y respeto por la elocuencia y el civismo singulares con que ejercía sus prerrogativas), que aquélla sería su última intervención –la de él- en la Cámara y, efectivamente, le hubiera visto a los pocos días caer vilmente asesinado por los agentes de la autoridad de aquel Gobierno, probablemente pensaría que acaso el parlamentarismo no sea una panacea universal.
Hay otros errores, claro es, que nacen de espejismos más complejos y de incomprensiones u obstinaciones más graves. El mundo entero, y no sólo la Gran Bretaña, está pagando esos errores.
Dicho todo lo anterior, también es justo destacar hoy el ejemplo admirable de disciplina, sacrificio, tenacidad y dignidad, con que acepta Inglaterra la hora crítica que ha sonado en su vida interior. Sólo otro pueblo de Europa –el pueblo alemán, invencible por sus virtudes de ingenio, heroísmo, disciplina y trabajo- es capaz de superar ese ejemplo colectivo, enfrentado con un destino mucho más adverso todavía. Pero hoy no basta la ejemplaridad interior por grande que sea. La distancia, el recelo, la incomprensión entre ingleses, alemanes y franceses, ha sido –está siendo- para Europa una inmensa catástrofe; y es evidente que la astucia aislacionista de Inglaterra, su habilidoso «ten con ten» en pos del equilibrio europeo. No está ya en la hora del mundo cuando ese equilibrio ha sido roto, de un golpe, por el peso enorme que en la otra orilla del continente supone el bloque eslavo-comunista, frente al cual todos los otros pueblos de Europa, los grandes, los históricos, aparecen –en su aislamiento nacional- como alfeñiques o inválidos, sin excluir la Gran Bretaña y los restos maltrechos del Imperio.
No. Hoy por hoy –pese al utilísimo «tío de América», que cada uno quiere explotar celosamente para sí solo- no existe, ni en Inglaterra ni fuera de ella, más que una política posible: la de resucitar la voluntad y poner en línea el honor de los grandes pueblos históricos, europeos, cristianos; civilizados y amantes de una libertad más esencial que la del mero juego parlamentario. Uno de esos pueblos que es necesario alinear se llama España, y es una de las mayores torpezas del mundo que el antiguo «patrono» británico se resista a aceptar el juego realista –tan de su tradición- de convertirse en amigo.
Artículo anterior - Volver al índice de artículos de la década de los años 50 - Siguiente artículo