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Incluido en el libro “Ensayos al viento”

EL PANORAMA ELECTORAL INGLÉS

ABC, 19-10-1951

La amabilidad del ministerio de Información renovando mi carné de periodista en forma delicada, a la que soy muy sensible, me obliga a justificar ese título intensificado, un poco más, mi colaboración periodística.

Querría ahora seguir desarrollando las observaciones e ideas que, apenas esbozadas, bullen en mi artículo anterior sobre la vida política inglesa; seguir hablando sobre “lo ingles”, extraño mundo que –está es la verdad- intuyo mejor que conozco, y que ahí continúa gravitado de alguna manera sobre la política de cinco continentes. Pero no es posible en estos días sustraerse a la tentación de tratar el tema que surge en el primer plano de su actualidad: las elecciones. ¿Quién pensará ahora en nada que no sean las perspectivas de la contienda electoral que se avecina y a cuyo resultado tantos intereses y proyectos quedan subordinados?

No creo que sea fácil para nadie formular un vaticinio sobre ese resultado, pero tampoco podrá negarse el interés de una reflexión sobre lo que pueda ocurrir en la próxima consulta electoral y… luego. Hoy y desde aquí, sin poder apreciar directamente el ambiente electoral y la temperatura política del país, parece razonablemente cauto predecir –con infinitas reservas- una victoria conservadora, modesta, pero suficiente. No faltan indicios ni argumentos importantes contra esta previsión, pero los que la sostienen parecen un poco más convincentes que los que la descartan.

Los “tories” tienen a su favor dos importantes factores, uno interior y otro exterior. EN política interior, los conservadores han sido siempre –técnicamente hablando, en el sentido constructivo del gobierno- mejores administradores que sus adversarios. Y este aspecto de la calidad técnica –tan subestimado en otras latitudes- tiene importancia para los ingleses, especialmente si se considera que la gestión de los laboristas no ha sido brillante y que una serie de errores graves –“groundunts écheme” en África, crisis de combustible, incumplimiento del programa de casas baratas, etc.- cuentan contra ellos.

Aún más fuerte parece la posición conservadora en lo que se refiere a la política internacional. Los conservadores, hechos a la firmeza del Gobierno imperial y habituados a adoptar enérgicas actitudes frente a otras dificultades, parecen ofrecer mayores garantías para la salvación de lo salvable e inspirar, en momentos de inquietud y de zozobra ante el futuro, más confianza que los inciertos laboristas, especialmente cuando la situación internacional, en tensión siempre creciente, pese a momentáneas apariencias, viene producida por una amenaza de la extrema izquierda. Esto ha tenido que causar necesariamente en el país, un cambio de opinión hacia la derecha, es decir, hacia los “tories”.

Tan claramente se percibe esa realidad, que los mismos laboristas han tenido que llevar a cabo un cambio de frente, pasando del pacifismo a ultranza –con una simpatía genérica hacia el experimento ruso- a una política de rearme, prudente, pero decidida. Pese a esta rectificación, los más recientes acontecimientos acusan la presencia de un sector extremista del laborismo nostálgico de las tres tragedias de Inglaterra, en frase de Churchill), mientras la posición del partido conservador es absolutamente inequívoca. Estas consideraciones lógicamente han de pesar en el ánimo de los electores. También el penoso final de la cuestión de Persia podría perjudicar a los laboristas; aunque no cabe exagerar en este punto, porque para todos ha de ser muy difícil señalar qué otro camino “no violento” hubiera dado mejor resultado.

En líneas generales, puede resumirse la situación diciendo que a los conservadores les importa, ante todo, la prosperidad del país y su prestigio en el exterior; mientras los laboristas ponen en primer término el problema de la redención social de las clases menos favorecidas y adoptan ante el espectáculo del cercenamiento del Imperio una actitud resignada, que no incluye ningún arrepentimiento. Y la verdad es que calificarlos de liquidadores del Imperio sería injusto y falso. Porque un Imperio –éste como todos- se desintegra a lo largo de un proceso natural e inexorable de madurez de sus elementos integrantes, sin que nadie pueda impedirlo. Apurando en este orden de cosas la investigación de motivos o razones de censura contra el laborismo, podría reprochársele la prematura emancipación de la India, que no había alcanzado la necesaria madurez, y el no haber agotado todas las posibilidades de maniobra frente a otras desdichas –que, en definitiva, tampoco hubieran evitado los conservadores-, como la del petróleo persa, la cuestión de Egipto y, en general, la insumisión del mundo árabe.

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Con todo, la situación no es enteramente clara para los conservadores, pues quedan aún otros factores que no les son tan favorables. Es cierto que los conservadores tienen aún el prestigio de una casta política que ha desempeñado la función directiva egregiamente durante dos siglos, afirmando el Imperio en sus fronteras ultramarinas, fortaleciendo la economía, manteniendo a Inglaterra en la cima del poder mundial y constituyendo así una aristocracia rectora que en Europa hace ya muchos años se desconoce. Pero también  lo es que el tiempo no transcurre en vano, y con él pasan unos problemas, llegan otros y cambia la mentalidad de las gentes. El problema del siglo, que es el problema de las reivindicaciones sociales, no ha sido considerado atentamente por los conservadores. Y ese cambio, producido por el empuje de unas realidades sociales ignoradas por los “tories”, fue causa del auge del laborismo, cuya pequeña minoría de veinticinco diputados del año 1910 se convirtió en el aplastante alud de 1945, que ni aun hoy está nadie enteramente seguro de poder contener.

La cuestión está aquí, y ya son muchos los síntomas reveladores de que los conservadores despiertan ante la acuciante realidad de la masa y el problema de la justicia social. En el seno del partido conservador, un grupo de diputados jóvenes ha publicado un folleto –escandaloso para la definitiva cristalización reaccionaria de muchos viejos “tories”- en el que esbozan las condiciones de adaptación a los nuevos tiempos si no quiere renunciar a pervivir como fuerza política activa. Será decisiva para el futuro político la medida en que los conservadores ingleses sepan adaptarse a estas realidades sociales de hoy. Si saben hacerlo –y todo puede esperarse de su astuto realismo-, podría lograrse otra larga etapa de gobierno conservador absorbiendo una buena parte de las razones del adversario, dándole el tratamiento que años atrás dieran al partido liberal –Asquith, Lloyd George-, pese a su mayor modernidad, mezcla de tradición y de radicalismo, y a su distinción intelectual.

Claro está que esta operación de absorción y desplazamiento no es ahora tan fácil como lo que fue entonces. En primer término, porque las masas obreras y grandes sectores de las clases medias se han sentido positivamente favorecidas por la política laborista –seguros sociales y otras muchas formas de protección-, en las que han encontrado una situación económica digna y relativamente desahogada. Frente a ellas, en vano tratará el partido conservador de aprovechar para su política la extrema gravedad de la situación económica del país. Esa verdad es innegable (aunque relativa en una época como la actual de países mendicantes que viven de la caridad americana y en la que Inglaterra ha renunciado voluntariamente al Plan Marshall antes de su fin), pero es sentida, principalmente, en el “Stock Exchange” y en las clases altas, en el gran comercio y en la gran industria, que los laboristas bien claramente han manifestado su propósito de recortar. En cambio, esas lamentaciones económicas y las consideraciones que sobre la gravedad económica pueda hacer el partido conservador –y las hará despiadadamente.- al hombre medio, que ha conseguido, gracias al subsidio oficial, sueldos aceptables y alimentos y vestidos baratos, no le interesan. Aparte de que, con ánimo imparcial y con un enjuiciamiento objetivo, hay que decir que culpar de modo exclusivo de esa situación a la política laborista es una exageración de la propaganda “tory”, puesto que la grave crisis del país es principalmente una consecuencia de la enorme sangría que ha significado la última guerra; de los gastos que ocasiona el mantenimiento de tropas de ocupación, que aumentan cada día; de la pérdida de inmensas inversiones en el extranjero, de las cuales el petróleo persa hoy, como antes los ferrocarriles argentinos, son sólo una pequeña parte: la que ha llegado al gran público.

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Y esto sucede en un país superpoblado, que tiene que importar el 40 por 100 de los alimentos y el 60 por 100 de las materias primas. No hace falta ser un economista para comprender los ingentes problemas que todo esto plantea y cuya realidad poco pueden modificar los credos políticos.

Por ello parece seguro que si los conservadores vuelven al poder el 25 de octubre, sólo podrán permanecer en él largo tiempo aceptando en gran parte la herencia laborista. Señales hay de que así lo comprenden y de que van a “conservar” gran parte de los avances realizados por sus adversarios en el Gobierno. Churchill así lo ha prometido a ocho millones de afiliados a los Sindicatos. Es casi seguro que los “tories”, en su futura etapa de gobierno, aceptarían casi todo lo de “Health Insurance”, más pensiones, el subsidio para alimentos y vestidos, las nacionalizaciones del Bank of England y los ferrocarriles, el programa de viviendas, etc.; pero suprimirían, en cambio, las nacionalizaciones del acero y del transporte por carretera, entre otras cosas. Mas esa rectificación hacia posiciones sociales avanzadas, ¿no habría de enajenarles una parte de su propia clientela, que quiere “conservatismo” a todo trance?

Por último queda otra cuestión, que puede ser decisiva: la guerra. Tanto como a favor de los conservadores su tradición de “dignidad y de poder” puede en este caso pesar en contra. Porque no se puede dudar de que una gran masa, en Inglaterra como en toda Europa –aún siendo anticomunista y temerosa de Rusia-, está por la paz. Y para esa masa –yo no estoy demasiado seguro de que sea así-, los conservadores son la paz menos seguramente, menos incondicionalmente que los laboristas. Cuestión esta última que da a las próximas elecciones inglesas su perfil más interesante y más peligroso también.

 

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