

ABC, 13 de diciembre de 1951
ASI se llama un libro de “Azorín” de tema puramente literario, sin alusiones concrétas de tipo personal; la insaciable curiosidad de Marañón, en trabajo prometedor, lo tratará históricamente, con referencia a españoles en el destierro que ha tenido en Francia, y más concretamente en París, su sede mas frecuente.
Está en los recuerdos de nuestros días. Unamuno, desterrado por Primo de Rivera, pasea junto al Sena su nostálgico recuerdo del Tormes. Poco tiempo después, es el propio gerneral, terminada su liberal Dictadura, quien se encuentra allí prácticamente desterrado, y donde una mañana -como dijo con acento emocionado su hijo y defensor- con los periódicos de España en la mano, inclinó la cabeza para no alzarla más. Allí vive los últimos años de su vida, y allí muere, la popular infanta Isabel. En el pequeño hotel Mont Thabor vive y trabaja Calvo Sotelo, preparándose afanosamente para dar el salto a la Patria y reintegrarse a la lucha, en la que sucumbirá pronto, gloriosamente, en su servicio. Marañón, en apretada vida familiar, estudia, ejerce su profesión de médico y arrasta su nostalgia de Toledo. Baroja deja errar por los barrios de París su implacable y áspera sinceridad.
“Azorín” mismo, perdido por las calles de París -materialmente allí, espiritualmente aquí-, suspira por España: su biblioteca de Madrid, la mesa humilde en que escribe… Le atraen las iglesias de París, y sobre todas, la de San Julián el Pobre, pequeña iglesia del siglo XII. Pero si está en la Magdalena, vuela su pensamiento hacia las iglesitas desnudas, franciscanas, blancas, de su patria; y si compara miel en el despacho de la Unión de los Apicultores franceses, “como la miel le lleva a la abeja y la abeja al paisaje”, sueña en su tierra alicantina, clara y luminosa. (Ahora suspira por volver temporalmente y como huésped a la capital de Francia, lo que pronto podrá hacer, gracias a la compresión de un ministro, que ha oído la voz de quienes le queremos y admiramos, y así tendrá otra vez ocasión de… suspirar de nuevo por España.)
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Estos son algunos de los exilados más recientes; los hubo allí, com es sabido, en todos los tiempos (Goya, Godoy, Serrano…), y en cualquier lugar de París, en el centro o en sus rincones, surgen para un español con sensibilidad recuerdos viejos llenos de emoción. Uno ha traído particularmente mi atención en estos días. No lejos del maravilloso palacete de la Legión de Honor, todavía más próximo a la “maison” Beauharnais, sobre el Quai Anatole France, un edificio de muy claro entronque con las villas del Renacimiento italiano, obra del arquitecto Visconti, se mira con gracia en el espejo gris del Sena. Sólo la fachada de su primera planta está alineada con las demás edificadores del “Quai”- ya que la de las otras queda retranqueada con respecto a aquella línea- y consiste en un almohadillado de piedra agrisada, en el que se abre a ambos extremos- dos oblicuos que le sirven de ligadura; al fondo se levanta la fachada de las otras plantas, trazada en dos órdenes superpuestos de columnas y pilastras con tambores y sillares estriados que rematan siples dados de piedra. Y en los lienzos que se extienden entre esos elementos verticales, grandes balcones, rematados con frontones triangulares y curvilíneos, abren sus hojas sobre el jardín de las Tullerias y la asombrosa, armoniosa, “place de la Concorde”, tan francesa, qeu sólo en francés puede citarse, por muy partidarios que seamos de escribir solo palabras castellanas. (lo que ya no entiende uno -claro está que el campo de la propia ignorancia es ilimitado- es por qué se llamará de la “concordia” ese prodigio urbano, obra de Hittorf y de Gabriel donde fueron guillotinados Luis XVI, Marie Antoinette -también hay que citarla necesariamente en francés- Danton, Felipe Igualdad, Carlota Corday, Roberspierre y tres mil personas más.)
En ese edificio, cuyo encanto premiosamente acabo de describir, estuvo la Embajada española durante el II Imperio, siendo embajador el duque de Rivas -y príncipe del romanticismo español-, que en él vivío y trabajó, también con el constante recuerdo de la patria, entonces lejana. (He sido conducido allí por personas de su estirpe que hablan familiarmente de Corina, romántico nombre que diera el duque-poeta a su hija y compañera de sus estancias parisienses, en recuerdo de la poetisa griega, de Píndaro discípula, rival y vencedora.) Don Angel de Saavedra, entonces no “oficialemente” destarrado, pero ya conocedor de las amarguras y penalidades del exilio, obligado por razón de su misión diplómatica a permanecer en la capital grancesa en los días de Navidad, se siente “realmente” en el destierro y escrube desde aquella casa su nostálgico -y humorístico- romance “La Nochebuena en París y en Madrid el año 1857″, dedicado a la tertulia literaria de los marqueses de Molíns:
Esta noche yo trocara
los encantos de París
por la sociedad querida
y el suculento festín.
A caballo de la imaginación, se traslada a la casa de la calle del Prado, y allí saluda a Bretón, Ventura de la Vega, Pedro Madrazo -”facha linda y pudibunda”-, Ochoa -”el de la melena hirsuta”-, Campoamor, “con sus doloras”; Galiano, “con cara de quinta angustia”; Nicomedes Pastor Díaz, Hartzeribuscg… Valerita, “el de la inmensa lectura y de vena tan graciosa, tan fácil, tan andaluza”. Martínez de la Rosa no está en la tertulia, porque es ministro; ésto es, dice don Ángel exagerando un poco, persona difunta,
que en vez de tratar amigos
y gozarse con las musas,
con enemigos combate
y perece entre las furias.
(Y luego, la cena: pavo con trufas, salmón y truchas, sopa de almendra, “que es sopa de antigua alcurnia…”)
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Y es que ni el encanto de una morada ejemplar, ni la amenidad del río, ni la maravilla de sus avenidas, ni todo el repertorio de incitaciones que París ofrece lo mismo al alma frívola que al alma honda y curiosa, han podido impedir nunca que el desterrado se sienta desterrado. Por eso, hasta los que allí mejor se acomodaron -ayer como hoy- han deltado alguna vez esa punzada de la melancolía y la nostalgía, en la que habrá siempre ese algo de aversión a la mundanidad que, en última instancia y pese a todo, yace en el fondo del carácter español, aún sin necesidad de llegar a los extremos patéticos del arisco rector de Salamanca, a quien sólo gustaba la ascética desnudez de Gredos.
Pero esa nostalgia es reversible y con frecuencia, de alguna forma o en laguna medida, se vive a la nversa: tal ocurre cuando París se aleja, ese París se aleja, ese París -he aquí, franceses, un nuevo irredentismo- que no es para nadie una ciudad enteramente extranjera, que es algo así como un condominio de la cultura universal, a cuya formación, vida y carácter todos los pueblos han contribuido, y contribuyen, de alguna manera. Gran asimilador y depurador de todo lo ajeno, nada, por ello, puede ser a nadie enteramente extraño en el espíritu universalista de París.
Ramón SERRANO SUÑER
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