
“MUNDO HISPÁNICO”, Nº56 ENERO 1952
Con la primavera de 1941 llegó la única decisión de España, en materia de política exterior, que pudo por alguien ser considerada como una infracción en el camino de su neutralidad frente a la útima guerra mundial. sobre las muchas razones de índole política, interior y exterior, que nos movieron a tomar aquella medida prevaleció una de índole sentimental: devolver, no ya a Rusia, sino al consumismo, representado por Rusia, el daño que con su intensa y decisiva intervención en la guerra civil española nos había causado. Y la primera de las verdades que aquí diré es que la réplica, esa replica, era desproporcionadamente pequeña con relación al agravio. Quince mil hombres, sin armas ni equipos, añadidos a la gigantesca máquina militar del III Reich, no era cosa que prácticamente, y en relación con un resultado final, valiera la pena. Si luego la participación de esos hombres -pese a su escasa importancia numérica- fué de considerable valía en trances bien críticos, ello se debió, exclusivamente, a la excepcional capacidad del combatiente español y al espíritu de auténtica cruzada con que el temerario valor de nuestros voluntarios pisó la marca oriental.
Con todo, aquella presencia militar nuestra no podía compararse, como ayuda a la cruzada anticomunista, con la importancia y la dimensión que alcanzó la ayuda rusocominista prestada años antes a nuestros enemigos, tanto en personal como en material, cuya considerabe cuantía hizo posible la larga resistencia que durante tres años asoló a nuestra patria.
Fue este móvil de “devolución” -llámese si se quiere venganza- el que determinó el grito de aquellos días: “¡Rusia es culpable!”, que yo lancé ante el pueblo español desde un balcón de la calle de Alcalá. Culpable no sólo de aquella resistencia roja antinacional, sino también y concretamente del asesinato de nuestros hermanos, de nuestros hombres mejores y del fundador de la Falange Española, José Antonio Primo de Rivera. Por ello se trataba para nosotros d euna cuestión de lealtad y de honor. Desde el punto de vista interior, una inhibición nuestra en aquel momento hubiera sido considerada como traición a nuestros deberes, a nuestros ideales, a nuestros muertos y al espíritu entero de nuestra causa. Las manifestaciones que en torno a aquel grito se produjeron reclamando una presencia militar de España en el frente del Este no fueron organizados -ni una sola-, sino espontáneas, y miente o yerra quien otra cosa diga.
Tan pronto como se autorizó la formación de una unidad de voluntarios la formación de una unidad de voluntarios y el reclutamiento para constituírla, miles y miles de personas, jóvenes y menos jóvennes, hubieron de ser rechazadas porque sobrepasaban con mucho el contingente previsto. Y si en alguna provincia el reclutamiento alcanzó un tono menos espontáneo y más oficial, ello fue debido a un exceso de celo profesional; el hecho es que también en ellas cientos y miles de auténticos voluntarios quedaron sin poderse incorporar a la unidad en formación, y sobre los mandos militares y políticos de toda España llovieron demandas y recomnedaciones de los voluntarios para ser admitidos. Para lograr entrar a formar parte de la División Azul se utilizaron ardides de todas clases, se eludieron por los medios más ingeniosos los reconocimientos médicos y los obstáculos que pudieran eliminarlos, y todo ello sucedió a la vista de todos. Nadie de buena fe habrá podido dar otra versión de aquel ejemplo de generosidad y entusiasmo.
Recuerdo todo esto porque había entonces, más allá de nuestras fronteras, un explicable interés político por desfigurar la calidad del suceso y presentar la División Azul como un conglomerado de aventureros, indeseables o forzados, a quienes el gobierno daba ese destino como oportinidad de redención o simplemente obligándoles a su aceptación. Tengo el convencimiento de que todos los que propalaron esa versión sabían de sobra que era falsa. Porque es bien notorio que la división no sólo estuvo integrada por auténticos voluntarios, sino en buena parte por voluntarios distinguidos procedentes de la Universidad, de las Escuelas Especiales, de las profesiones liberales y de las clases más altas del país y menos expuestas a la presión oficial. Su excepcional condcata como combatientes, reconocida incluso -ello le honra- por un hombre tan parcial como Hoare, acredita la verdad de aquel reclutamiento espontáneo y autoseleccionado.
Aparte de la razón sentimental a que me he referido, fue la División Azul un instrumento de excepcional valor en la política española. Porque es cierto que la mayoría del pueblo español, aun simpatizando con uno de los bandos beligerantes, no deseaba verse mezclado en la guerra y quería la neutralidad. Pero junto a esa mayoría había una minoría (que fue creciendo a lo largo del tiempo) simpatizante con los anglosajones, y otra, constituída por amplios y resonantes sectores de la juventud, significaba una tendencia francamente intervencionista en favor de los países que en hora crítica fueron nuestros amigos. El gobierno, en horas dificiles, hubo de luchar mucho para contener esa opinión dentro de los límites convenientes. La División ofrecía cauce y desahogo a aquella pasión intervencionista.
Es verdad que esa opinión intervencionista no era exclusivamente antibolchevique, pero si lo era principal y especialmente. Ya durante la lucha de Rusia con Finlandia la presión intervencionista espontánea, popular, juvenil, fue notoria, y llegó a pensarse en la conveniencia de darle curso por medio de un cuerpo expedicionario de voluntarios. Pero la idea era impracticable y la ofensiva soñada hubo de limitarse a realizarse a través de la Prensa. Tan firme era aquella actitud moral nuestra, que ni el pacto germanorruso pudo alterarla ni reducirla en lo más mínimo. Llegada la hora de la guerra con Rusia, la idea y la actitud moral se hacían realidad y con acierto pensamos que, dada nuestra singular posición en Europa, aquella intervención de la División Azul nos evitaría otras participaciones más extensas, cruentas y peligrosas. Dirigirnos contra los aliados occidentales no entraba en nuestros cálculos. Lo que principalmente nos separaba de ellos era su apoyo a la gran potencia euroasiática, que constituía la gran amenaza. Dirigirnos sola y separadamente contra Rusia servía a nuestros ideales y nuestros fines sin comprometernos demasiado. Era la teoría de las dos guerras (no sé si es correcta, no sé si quimérica): una, la interna de Europa, y otra, la de Europa contra el comunismo. Lo que no cabe duda es que, de facto, fue aceptada por las democracias, que, prácticamente, recibieron nuestras explicaciones sin oponer serio reparo al envío de la División.
Abiertas las hostilidades en el Este, todo se produjo aquí rápidamente, como he contado. La idea de formar la división de voluntarios no tropezó con oposición ni objeción de ninguna clase. Hubo, sí, viva la discusión sobre la forma de llevarla a cabo. El ministro de la Guerra era de opinión que lo procedente era enviar una división regular del Ejército, algo meramente militar y sin color político; yo defendía el criterio contrario. Rápidamente el Generalísimo resolvió: se trataría de una unidad de voluntarios con carácter político, soldados de una cruzada contra el comunismo. Desde este punto la discusión quedó reducida a detalles subalternos: nombre, uniforme, etc. Del reclutamiento se encargaron los mandos políticos y el Ejército asumió la organización, provisión de excelentes mandos profesionales, instrucción y todo lo demás. Creo que fué un conjunto de consideraciones de tipo políticomilitar el que determinó al Caudillo al nombramiento de jefe de la División a favor de un gran soldado que a la vez había sido secretario general del partido. La experiencia demostró el gran acierto de auqel nombramiento. No obstante el nombre oficial y burocrático de la unidad -”División Española de Voluntarios”-, el que arraigó y quedó consagrado fue el nombre de División Azul que los falangistas combatientes le pusieron.
Durante un par de años o algo más, la División Azul combatió brillantemente en la zona del río Volchov, frente a la dureza del ejército ruso, y conquistó el respeto del enemigo y la distinción de los amigos. Durante este tiempo -como testigo de mayor expeción puedo afirmarlo- nuestras relaciones con lo poderosos vecinos (España lindaba con Alemania por el Pirineo) fueron efectivamente más fáciles y más cordiales; pudimos hablar, exigir y, sobre todo, defendernos con mayor holgura y comodidad. Por mi parte, he tenido y mantenido siempre el convencimiento de que aquella heroica unidad, aparte de aumentar la gloria de España, libró al país de muchas fatigas y contrariedades. Acaso de la guerra misma. El pueblo, con certero instinto, demostró en muchas ocasiones entenderlo así. Creo firmente que, pese a hipocresías y convencionalismos, igualmente lo entendieron otros pueblos, al menos sus políticos más sagaces.
En el desenlace de la guerra mundial -penúltimo acto, a mi juicio, del drama del mundo- muchos se olvidaron de su heroísmo y su utilidad, y algunos hasta el nombre de la División Azul hubieran querido borrar. Los españoles inteligentes y con emoción nunca olvidaron ni su heroísmo ni sus servicios y recordarán siempre con gratitud su sacrificio.
Llegará un día en que el mundo civilizado, reconstruído en su unidad y en su honor, querrá ser también titular de su gloria.
Había salido yo del Gobierno y no había pasado aún mucho tiempo, cuando las cosas empezaron a tomar un cariz muy distinto. Imaginar la División Azul en Alemania era ya difícil. Al fin se decidió su retirada; lo cual era prudente aunque quizá no fuera menestar hacerlo de manera tan sigilosa y desvanecida, la gestión que precedió y fue causa de la decisión definitiva de retirarla ha sido contada de varias maneras. La que a mí me constar como más cierta es esta:
En el verano del 43 Hoare visitó a Franco en el Pazo de Meirás para plantearle la retirada de la División Azul. Hoare le hacía esta petición con el mayor encarecimiento de orden de Churchill, haciéndole noatar que para sus discusiones con Rusia la retirada de nuestra División tenía un gran valor opuesto que en cada momento en que los anglosajones protestaban ante Rusia por alguna inconsecuencia, Rusia contestaba con el caso de nuestra División Azul. Concretamente cuando ocurrieron las matanzas de Katin el Gobierno polaco de Londres protestó y entonces Stalin rompió relaciones con ese Gobierno; Churchill tenia un gran interés en que se reanudaran aquellas relaciones entre Stalin y el Gobierno polaco de Londres y se lo pedía con insistencia a Stalin y este le replicaba con el argumento de que cómo iba a hacerlo manteniendo relaciones los ingleses con España que tenía una División en guerra contra él. Si España la retiraba, Churchill podría trabajar mejor en defensa del Gobierno lo Polonia en Londres. Entonces el Gobierno español se decidió a retirar la División comunicando al Embajador Vidal y Saura que así lo hiciera saber al Gobierno de Berlín y autorizando para ofrecerle compensaciones económicas.
Ramón SERRANO SUÑER
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