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OTRA VEZ TANGER

Reproducimos el siguiente artículo original de don Ramón Serrano Súñer, publicado en el número primero de “Revista”, de Barcelona

Sería difícil escribir, precisamente hoy, un artículo sobre política internacional, en una revista española, sin afrontar el tema candente: Tánger.
Puede haber –y hay- muchas cosas en la política de un país –actitudes, direcciones, intereses- meramente contingentes u ocasionales; rectificables de hoy o mañana. En la política interior de un país cabe la anécdota con gran amplitud. Muy especialmente en el nuestro, y de ahí el espectáculo de revisionismo continuo –endémico- que trajina y sobresalta a tantas de nuestras realidades políticas y sociales.
En la Monarquía restaurada, durante el viejo sistema liberal de los partidos turnantes y antes de que fueran promulgando estatutos jurídicos –como el de 1918- que dieran estabilidad a muy diversas situaciones, el revisionismo de cada turno afectaba incluso a los servidores de la Administración Pública. Es la España de los cesantes –un dramático balancín de hambre y semihombre- retratada por Galdós.
La II República, apenas instaurada y (hasta el fragmento agónico de régimen que la precedió) consideró su primera tarea la de revisar la obra legislativa de la Dictadura. Cada bienio fue, más tarde, revisionista a fondo de la obra del bienio precedente; y así dentro de una unidad de régimen, los españoles no cejan en su afición, al enfrentarse con una tarea de gobierno, de considerar el revisionismo de la obra antecedente como la más decisiva y apremiante de sus empresas.
Bien. Hay que aceptar las cosas como son.
Pero este “genio” no puede afectar del mismo modo a las cosas que se refieren a la política exterior, cuyas direcciones o compromisos pueden sufrir variaciones tácticas, pero cuyos intereses se mantienen esencialmente idénticos. Los regimenes pueden cambiar, pero los Estados permanecen. Los Ministerios puede cambiar de hombre y hasta de nombre, pero la política es siempre y fatalmente la política de los intereses nacionales, difícilmente variable. Frente a la “anécdota” múltiple de la poítica de un Estado en el mundo.
Nuestra tenacidad reivindicatoria de la posesión de Gibraltar, por ejemplo, se remonta buscando justificación y origen hasta la recomendación testamentaria de Isabel la Católica y –perdida la plaza- está presente en los afanes de nuestra política, sin cesar jamás, a través del absolutismo, de las luces, de la Monarquía constitucional, de la Dictadura, de las dos Repúblicas y del actual Régimen Nacional, sin que nadie pueda tacharla de capricho improvisado ni dejarla a un lado como embarazosa contingencia.
Con el problema de Tánger sucede otro tanto. Problema unido a la tradición y a la necesidad –jamás renunciada- del Estado español, sea cual fuere su encarnación institucional o su caracterización política.
Apenas se produce por imposición del juego diplomático de las grandes potencias, el atropello que supone un enclavado comanditario –el de Tánger- en la zona de nuestro Protectorado marroquí, alternado lo establecido en 1912, España clamó por su derecho, que es también su seguridad y la seguridad de una zona de su pacificación y de su mantenimiento en orden para lo que esa espina –que rompe su integridad- constituye inconveniente indudable porque lleva consigo el veneno y la polvora de todas las perturbaciones.
Por eso muy pronto don Antonio Maura –uno de los políticos de este siglo que ha tenido más firme sentido de la dignidad y el derecho de los españoles- pide la administración entera de Tánger para España. Desde entonces esa pretensión ha sido mantenida inalterablemente por todas las voces españolas responsables, sin exceptuar siquiera la de la II República.
El Movimiento Nacional, nacido para potenciar la posibilidad de una España auténticamente libre, no ha hecho en este sentido sino continuar sus tradiciones y mantener vivo el mismo glamour de los regimenes antecedentes. Y por eso, en el amanecer del día 14 de junio de 1940, en medio de la tempestad del mundo, el Estado español decidió la ocupación de la ciudad y zona de Tánger –cuyo destino no podía sernos ajeno –para mantener allí la neutralidad, la seguridad y el orden. La ocupación se hizo por las mehalas jalfianas. Un poco más tarde hubo que dar fuerza liberatoria a nuestra moneda nacional, nombrar Gobernador General de la ciudad y zona de Tánger y finalmente mediante un acto que no fue rapiña oportunista –como los que, en todo tiempo, han sido origen de tantas posesiones imperiales-, sino de solvencia política y de sentido histórico, se incorporó aquel enclavado a nuestra zona, sometiéndolo al régimen jurídico de la misma. (Decreto de 9 de noviembre de 1940.)
Recordar hoy que en la historia de Tánger aquella época breve de nuestra ocupación quedó acreditada como una era singular de buen gobierno y de prosperidad será siempre para nosotros motivo de legítimo orgullo.
Justo y lógico es que ahora, ante perturbaciones e inquietudes africanas y extrafricanas, quiera el Gobierno español volver al régimen de 1923 y 1928 y hacer posible la Conferencia diplomática que haya de proceder a la definitiva y total reorganización del sistema alterado en 1945 por el heterogéneo bloque de naciones vencedoras en la última contienda, sin contar con la nación más sólidamente legitimada para intervenir en todos los problemas del proceso tangerino.
Podrán las naciones concurrentes –con razones que son solo encubrimiento de intereses- negar el derecho de España a unificar aquella zona en el conjunto del territorio jalifiano; pero difícilmente podrán oponer nada al moderado y oportuno deseo español de intervenir, con las debidas facultades, en los destinos de esa zona, cuyos movimientos, por tenues que sean, tienen como la más inmediata caja de resonancia a su Protectorado, en cuyo ambiente de orden y satisfacción un foco excepcional de subversión –o de infelicidad- es un peligro y una incongruencia.
Con esa nota que comentamos el Gobierno no hace sino mantenerse en la constante de la política exterior de España y la línea constante de la política exterior de un pueblo será siempre la manifestación más expresiva de que su conciencia nacional está clara y viva.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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