
Comenzaré repitiendo algo que es ya archisabido, pero que de ninguna manera es tópico: el choque violento de las grandes potencias europeas solo ha servido para dar a los grandes poderes extraeuropeos medida y conciencia de su magnitud; para señalarles el camino de su intervención en Europa. Y sí todo ello pudo ser más o menos previsible antes de que estallara la última contienda, hoy es un hecho. Como también es un hecho que uno de esos grandes poderes extraeuropeos haya quedado configurado como agresor y otro como defensor de Europa, mientras Europa misma parece quedar reducida a la simple y pasiva condición de objeto disputado. Ahora bien, ¿todo esto será fatal e irremediable? Sí así fuera no valdría la pena de ocuparse del problema en el orden político que es siempre una previsión del porvenir. Se trataría de un tema puramente histórico o literario. Pero somos muchos los que aún pensamos que Europa sea una empresa política viviente que pueda labrarse su propio porvenir, y ejercer aún larga influencia sobre sus enemigos y tutores de hoy. Mas para ello es necesario tener la idea de que exista una voluntad europea de ser, surgida del escarmiento de aquella catástrofe pasada.
Quienes hemos tenido –y pese a todo, que es mucho, seguimos teniendo- pasión, atención y preocupación europeas, hemos albergado la esperanza de que los viejos pleitos regionales de Europa hubieran cedido paso a un nuevo y responsable espíritu de concordia y de unidad. Y, ante todo, que los dos pueblos mayores del continente –Francia y Alemania- hubieran sido capaces de reconciliación y entendimiento, condición sin la cual no hay cosa real a la que pueda llamarse propiamente Europa.
Esa esperanza, hoy, parece haber sido, cuando menos, prematura. El recelo francés hacía el enemigo de ayer –que ha franqueado en 80 años tres veces sus fronteras- se entiende bien; pero por mucho que lo entendamos no podremos dejar de deplorarlo, ni considerarlo políticamente desastroso para la causa que como europeos mas nos interesa. Otro tanto cabe decir, en la medida en que quepa contrastarla, de la reserva alemana a que aquel recelo sirve de alimento.
Lo cierto es que sin inteligencia entre París y Bonn, inteligencia que hoy vuelve a estar en crisis –esperemos que pueda superarse- no hay ni posibilidad de defensa ni mucho menos de reacción por parte de este viejo continente que –pese a todas sus interiores contiendas- a regido hasta ayer el mundo civilizado.
Y puesto que de defensa se trata ahora, y muy concretamente de defensa militar, bueno será añadir que sin la aportación militar alemana, plena y libre, no hay conferencias ni reuniones del Consejo de Europa que sirvan para nada. La densidad de la población alemana, los recursos de su suelo y su trabajo, la heroica y austera tradición de sus castas militares, su competencia técnica el adiestramiento y el valor de sus soldados, y, más aún que todo esto, su emplazamiento en la zona más próxima a la posible agresión hacen del ejército alemán un elemento integrante, no ya valioso sino decisivo, cuya ausencia o presencia condiciona la efectividad de todo el dispositivo de la defensa armada de Europa.
Se pierde ahora, otra vez, mucho tiempo en Francia con la preocupación de que el Sarre no vuelva a Alemania y de que esta no pueda revalorizar del todo sus recursos industriales, ¿pero para qué servirá ese Sarre y toda la riqueza de las zonas en litigio si entre ellas y el presunto enemigo no hay una fuerte muralla defensiva?
No. No hay Europa ni fuerza europea sin el concierto de todos; sin la ayuda británica y sin la inclusión en el sistema defensivo de España e Italia, las dos grandes penínsulas meridionales. Y aún todo eso tiene una condición previa: que Francia entierre su temor o su rencor, y Alemania sus reservas. Una Europa armada que no llegue por de pronto a las proximidades del Oder –ya que aún no sea posible alianzar el Vistula- no puede seguir viviendo más que de circunstancias y factores extrínsecos y negativos: el miedo de su agresor a su aliados
Ramón SERRANO SUÑER
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