¿Quiénes somos?BiografiasLibros sobre Don Ramón La tragedia del 36HendayaLibros PolíticosLibros JurídicosPrólogosMinistro del GobiernoLa ruptura con FrancoLas conferenciasArtículos de prensaFotosAudio y VídeoPregones

LA CUNA DE CAJAL

Publicado en ABC, el 28 de mayo de 1952

En la parte más alta de las Cinco Villas de Aragón, en la cuenca del río de este nombre cuna del antiguo reino en la misma comarca en que naciera nuestro rey don Fernando el católico, cerca de Sos y de un castillo, hay una humilde aldea llamada Petilla de Aragón que pertenece a la jurisdicción administrativa de Navarra pero que está totalmente enclavada en la provincia de Zaragoza. Tiene una población de derecho de 397 habitantes y de 341 de hecho; y, al menos hasta hace unos años, sólo era accesible, desde el pueblo más próximo, por un camino de herradura de tres leguas. En esa pobre aldea, geográficamente aragonesa, administrativamente Navarra, nació Cajal hace ahora cien años.

La explicación de esta anómala situación, que Cajal califica de singular capricho geográfico está, en realidad, en el siguiente azar histórico: el pueblo de Petilla pertenecía a la Corona de Aragón, pero en el año 1209 el rey aragonés Pedro II la cedió –probablemente en venta con pacto de retro- a Sancho el Fuerte de Navarra y no pudiendo veintidós años más tarde, Jaime I ejercitar el retracto –seguramente por falta de dinero- pasó, definitivamente, el pueblo a ser propiedad del rey de Navarra. Eran tiempos en que la propiedad estaba unida, oficialmente, a la soberanía.

Algo de esto dice Madoz en su “diccionario geográfico” tan citado en la prosa azoriniana. Por lo demás el caso no es único en España; otro tanto ocurre con el condado de Treviño, entre las provincias de Burgos y Álava, con el rincón de Ademuz entre las de Valencia y Teruel, y sin llegar a constituir como en esos casos un enclave completo (pues queda unido a Puigcerda por una carretera), Llivia, españolismo pueblo de la provincia de Gerona, se interna, como testigo o vestigio de antigua soberanía, en el territorio francés de la Cerdaña.

No obstante la condición administrativamente Navarra del pueblo de su nacimiento, el aragonesismo de Cajal es indiscutible.
Porque no tanto se es de donde se nace –puro azar muchas veces- como de donde uno se forma y toma el color ambiental de su existencia entre afanes, trabajos, ilusiones y esperanzas. Y Cajal, aragonés por su linaje –aragoneses de pura cepa, en frase suya, fueron sus padres y sus abuelos- vive desde la edad de dos años en localidades aragonesas. Primero en el pequeño pueblo de Larrés cerca de Jaca, luego en Luna y Valpalmas –pueblos de la provincia de Zaragoza-, en Ayerbe y en Huesca donde estudia el Bachillerato, en la capital de Aragón donde cursa la carrera de medicina, donde pronto es profesor auxiliar de aquella Facultad y director del Museo Anatómico. Es allí en donde una tarde (según el mismo nos cuenta), de vuelta de un paseo por “Torrero” se cruza con una jóven rubia de suaves facciones y ojos verdes, con aire de infantil inocencia, parecida a las madonas de Rafael. Esa mujer de quien se enamora y con quien se casa; que hizo posible, con su abnegación y su modestia la obra del sabio, según propia proclamación.

Alejado más tarde Cajal de las tierras que fueron teatro de su juventud no dejó de sentir su querencia y volvió a ellas de cuando en cuando. Con frecuencia veraneaba en Jaca, al menos en los últimos años de su vida. Allí, centro magnífico de excursiones por los valles del Pirineo Central, tuve yo entonces la fortuna de conocerle. Mediada la tarde, cuando el correo había llegado a la ciudad, paraba puntualmente ante la puerta del casino –que se llamaba, si mal no recuerdo la “Unión jaquesa”- un automóvil “Buick”, alto de suspensión, ya un poco anticuado, pero conservado con esmero. De él, medio aceptando medio esquivando la ayuda del chófer, se apeaba don Santiago y pasaba entre nosotros vestido de negro, con su barba puntiaguda ya enteramente blanca y su aire abstracto. Le saludábamos con respeto y, solo se sentaba siempre en la misma butaca de mimbres y junto al mismo velador de mármol donde un camarero –sin necesidad de previo requerimiento- le servía café con leche en un vaso de crital y un poco de pan tostado. Mientras merendaba se entretenía atentamente en la lectura del ABC, y en aquella doble tarea consumía todas las tardes más de hora y media. Un día comprábamos que se leía entera la sección de anuncios por palabras. No faltaba algún joven iconoclasta, junto los que a mi observaban con curiosidad los hábitos y rarezas del glorioso español, que quisiera ver en aquellas lecturas y actitud algo que disminuía la espiritualidad del sabio. Sobre todo que fuera asiduo lector de este periódico en el que ahora escribo parecía cosa extraña en aquel lugar y en aquel ambiente pre-revolucionario donde, precisamente entonces, se estaba fraguando un alzamiento militar contra la Monarquía.

Para entender aquella atención del sabio a la lectura de los pequeños anuncios sobraba entonces a algunos toda la pedantería que a él le faltaba. Recordada por mí aquella escena a través de los años, y de su acción depuradora, he pensado muchas veces cuanta humanidad, cuanto solicita curiosidad por las cosas y los problemas de la vida humana de cada día; podía haber en aquella lectura a la que no escatimaba su tiempo un hombre que, como Cajal, fue muy aváro de él y solía decir que en este país el hombre ocupado tenía que ser ogro o hacerse pasar por tal porque si se mostraba amable con las gentes le robaban su tiempo como podían robarle la cartera.

Caída ya la tarde y con las últimas luces, don Santiago dejaba su silla para dar un paseo, casi siempre solo, por el camino que bordea el río Aragón y deja ver, al otro lado del valle la mole de “la Collarada” con sus nieves perpetuas y las últimas estribaciones del gran macizo pirenáico; aquel paseo que, no se si era cosa de jaqueases o veraneantes, llamaban irónicamente “el rompeolas”. Tengo detenida la imagen del sabio en mi recuerdo mezclado, en el mismo lugar, con otras figuras de notables reciedumbre. Su hermano don Pedro Ramón –la gente del país nunca le llamaba Cajal- profesor eminente de la facultad de medicina de Zaragoza. Miral, profesor de griego y decano de letras, “cheso” de nacimiento, espíritu y textura, que en todos sus discursos nos hablaba de un pino solitario y corpulento de su valle nativo al que atribuía no se qué míticos y ejemplares valores. A Rocasolano y Savirón, químicos ilusteres. A Giménez Soler, profundo conocedor de la historia y geografía de Aragón…

La Universidad de verano atraía allí personas de relieve en la región –Sancho, Camón Aznar, Pabón, Lorente Sanz, del Arco…- y también valores extraregionales entre los que recordare por su afinidad somática y moral con aquellos recios homes” de Aragón a nuestro gran don Ramiro –Maeztu- vitoriano, profeta apocalíptico de la revolución, español y católico ejemplar en la conversión y en el martirio.

Entre los excelentes trabajo que en este mismo periódico dedicaron al maestro sus discípulos hace unas semanas, se apuntaba el de Pedro Laín –también aragonés, firme en su necesaria campaña por la vocación y la dedicación intelectual frente a la vanalidad, el oportunismo, y la sed de lucro que todo lo invaden y corrompen- este tema, pequeño y grande de cual fuera la cuna española de Cajal. Español sobre todas las cosas (eso es también muy aragonés), decía Cajal que él no tenía, por lo que hemos expuesto, una patria chica bien definida, y, graciosa y gravemente a la vez añadía “contariedad, desagradable de haberme dado el naipe por la política; pero ventaja para mis sentimientos patrióticos que han podido correr más libremente por el ancho y generoso cauce de la España plena”.
Explicada la curiosa anomalía por esa colisión entre geografía y jurisdicción, interpretada auténticamente por Cajal en los términos expuestos, hemos de convenir en que poco importa sea aragonés o navarro. En cualquier caso su título de gloria no se reduciría jamás ni a la comarca ni a la ciudad, porque nadie le discutirá su condición de príncipe de la ciencia española.

De su obra científica, que es su señorío verdadero, solo podría decir, desde mi profanidad, cosas que tendrían que apoyarse en criterios de autoridad. Su vida, en cambio es en sí misma, tan gloriosa y ejemplar, que para estimarla en todo su valor basta estar abierto a la verdad y a la evidencia.

Ramón SERRANO SUÑER

 

Artículo anterior - Volver al índice de artículos de la década de los años 50 - Siguiente artículo

Foro Fundación Serrano Suñer - Teléfonos: 669 35 91 36 / 609 70 26 19 - email: info@forofundacionserranosuñer.es