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EL PRESTIGIO ES CARO

Publicado en ABC, el día 5 de junio de 1952

La Prensa francesa –sensacionalista y variada-, con sus páginas compuestas con expresiva anarquía, agita y conmueve a un pueblo que ya espontáneamente, tiene mucha opinión. Nunca falta en sus primeras planas algún suceso excitante: los crímenes pasionales alternan con los grandes “affaires”. Durante estas semanas el robo de los bonos de Arrás se mantiene en ellas con gran escándalo de titulares.


Luego, los temas políticos. La insurrección comunista ante la llegada de Ridgway. El “petit traité de paix” firmado en Bonn; la petición de garantías a Estados Unidos e Inglaterra; la cuetión del Ejército europeo el problema de Túnez…

Más tarde, notas y noticias de política interior, no siempre fáciles de coordinar, aún para las personas que la siguen con alguna atención: el M.R.P.; el R.P.F., el R.G.R., S.F.I.O.,… etc. La multiplicidad de siglas utilizadas para la designación de los partidos políticos, marean y confunden a cualquiera.

La actualidad palpitante es ahora la campaña de Mr. Pinay para el abaratamiento de la vida: “No se ha iniciado aún el descenso; pero se ha detenido el alza; lo cual ya es mucho”. Esta es la frase que repíten el periódico el ex ministro o el chófer de “taxi”. Más importante es, en su obre de Gobierno, a mi juicio, el empréstito de oro, que significa la iniciación de una nueva política monetaria encaminada a la estabilización del franco. El señor Pinay está pues, “en forma”, pero nada me extrañaría que antes de que caigan en noviembre las hojas de los árboles lo haya engullido la Democracia francesa.

Al lado de todo ese pulular de noticias varias –grandes, pequeñas, escandalosas constructivas- llama la atención la parquedad de las informaciones que los periódicos franceses ofrecen sobre el más grave problema que hoy tiene planteado Francia: la guerra Indochina.

Esa guerra es, a primera vista, un asunto colonial, puramente francés, y aún de carácter exclusivamente económico. Son los intereses del “Banco de Indochina” –banco francés de emisión y gestión industrial, una de las mayores potencias de Oriente-, el carbón –de tanta calidad como las antracitas escocesas-, el caucho, té, café, arroz… Política de intereses en suma. Pero entender así y plantear así el significado y alcance de aquella guerra es una gravísima equivocación que Washintong cometió al principio, adoptando en consecuencia, una actitud de sostenible indiferencia. Hasta pensó ñeque lo mejor era practicar allí la “política del bienestar” (welfare state); esto es, el Gobierno para los indígenas y… una puerta abierta a los negocios americanos.

Esa visión era un tremendo error, porque la administración indígena es comunista; si se quiere con peculiaridades que la distinguen de la concepción rusa –y más aún de la china-, pero que, fatalmente, se sumaría al poderío soviético. La retirada o la derrota francesas habrían significado, fulminantemente, el aplastamiento de toda la población indígena fiel a nuestra concepción de la vida, concorde con el sentir y pensar occidentales –hay allí más de dos millones de católicos-, la expulsión y la matanza de todos los blancos de cualquier nación y el cierre de sus puertos al comercio europeo o americano. Esto es, el incremento del enemigo potencial.

Todo ello sí se consideran las cosas con criterio europeo –que uno quisiera ver más universalmente compartido y menos mezquinamente subordinado a temores locales en pueblos que se dicen europeos por antonomasia-, hacen del problema de Indochina un problema extrafrancés. Lo que se ventila allí no es, pues, una simple cuestión colonial sino un valor general de civilización. Hoy ya los mismos americanos, rectificando su error (enséñame de la guerra de Corea), reconocen que Francia en Indochina es una posición avanzada del Occidente en el Extremo Oriente; y que significa aún, la presencia del hombre blanco y de la cultura humana superior en las tierras ya casi pérdidas de Asia. (Por virtud de esta reflexión envía América cantidades considerables de armamento, aviones, tanques, etc.

Francia, tan excluyente e incomprensiva en otras cosas, tan pertinaz en sus reservas contra España (debo con todo decir que en las mentes más claras de la política y la vida de Francia he advertido una actitud favorable al diálogo y a la concordia), con tan grande obcecación –sólo en parte explicable –por el problema alemán, es en Indochina un paladín de Europa y de nuestra vieja cultura.

Esta guerra difícil y preocupante cuesta a Francia sumas fabulosas: 1.000.000.000 de francos al día; casi la décima parte de su total presupuesto de gastos, cuya cifra astronómica ya es inexpresable en miles de millones, pues se acerca a los cuatro billones de francos (3.400.000.000.000, presupuesto ordinario 392.000.000.000 presupuesto “des investissements”, que se nutre del emprésito).

Y algo que vale mucho más, todavía, que aquellos trescientos sesenta y cinco mil millones cuesta a Francia la guerra de Indochina, que devora, entera la promoción de oficiales que sale cada año de la vieja e ilustre escuela militar de Saint Cyr.
No sin razón decimos que el prestigio es caro. Pero es irrenunciable.

*   *   *

Si es nada tan criminal como gastar el dinero o la sangre de un pueblo en actos de vanidad o de orgullo, pocos sacrificios son tan legítimos, y pueden tener a la vez la eficacia de tónico salvador, como los que se realizan en servicio de causas de prestigio auténtico. Prestigio que exige unas veces gastar y otras dejar de ganar, porque nunca la ganancia mal adquirida será fuente de aquél. Por prestigio –con sentido de responsabilidad- hay que hacer, alguna vez, cosas cuyas razones puede no entender el pueblo, y otras, aunque sean los propios poderes a quienes se sirve los que no se sientan servidos: sacrificando conveniencias y comodidades. Sólo así se actuará con sentido histórico.

Aunque esta lucha, en la que hoy Francia consume sus mejores energías, fuera un problema exclusivamente francés, sus grandes sacrificios habrían de merecer el respeto de todos.

Sólo las almas viles pueden contemplar con fruición el desmoronamiento de los individuos o de los pueblos que han sido grandes. Grave torpeza, además, porque en esta hora de interdependencias necesarias y de riesgos comunes  a los pueblos de una misma cultura, casi nada de lo que sea malo para unos puede ser bueno para otros. Ya que si hasta la última guerra la pérdida de poder en un fragmento de Europa podía significar correlativo incremento en otro, hoy cualquier pérdida de posiciones europeas es irrecuperable.

La juventud francesa se bate en Indochina por razón de un prestigio ante el que no cabe la insolaridad. Por eso, aun desde el otoño de la vida –cuando ya es grande la carga de escepticismo y desilusión- es difícil sustraerse a la admiración a esa juventud que, en un clima no demasiado amable, sabe enfrentarse, generosamente, con los grandes problemas de la Historia.

Es por esa juventud por la que Francia puede, todavía, estar en su camino.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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