¿Quiénes somos?BiografiasLibros sobre Don Ramón La tragedia del 36HendayaLibros PolíticosLibros JurídicosPrólogosMinistro del GobiernoLa ruptura con FrancoLas conferenciasArtículos de prensaFotosAudio y VídeoPregones

RAFAEL Y JOSÉ

(ABC,  12 de agosto de 1952)

Soy un mal aficionado a los toros. Los buenos y antiguos aficionados junto a los que tengo el privilegio de ver las corridas en el burladero de la empresa de la plaza de toros de Madrid, que amablemente me acoge, me dieron una vez (al verme llegar, tras de larga ausencia en tarde de gran expectación) que yo “era un mal aficionado, porque sólo iba a las corridas buenas”. La afirmación, pese a su apariencia paradójica, es exactísima. Un buen aficionado es el que va a todas las corridas, tanto si se anuncian excepcionales como si se anuncian malas. En cambio, los aficionados que sólo vamos a la plaza cuando hay un gran cartel –los malos- podemos estar seguros de perdernos lo mejor: los primeros pasos, la espontaneidad original y la faena “monstruo”, que revelan una gran figura antes de serlo. Aunque parezca paradójico, no es, pues, en las “corridas buenas” donde se ven las mejores cosas. Cierto que alguna vez los aficionados del cartel grande participamos de todo aquello de la revelación del fenómeno y de la faena del siglo. Pero ni aun entonces podemos evitar que el aficionado de ley nos diga: “¡Ah!, pero si usted le hubiera visto aquella tarde…”

En todo caso, nosotros somos más susceptibles que ellos a la desilusión y al aburrimiento –ese aburrimiento no comparable a ningún otro de las corridas desgraciadas-, sin llegar, en cambio, a ser más sensibles al entusiasmo, inconfundible,único, que desencadenan las tardes buenas y que convierten a los toros en un espectáculo superior a todos; en el espectáculo por antonomasia.

Sin embargo, el hecho de ser un mal aficionado no me impide sentir ciertas curiosidades y aun devociones, del mismo modo que las siente todavía el pueblo, en cuya sensibilidad el heroísmo del toreo cala tan hondamente. No pretendo con este artículo enriquecer la ya copiosa y afiligranada literatura taurina; otro es el motivo por el que lo escribo. Hace unas semanas, un quehacer profesional me llevó a Sevilla, ya envuelta en la calurosa luz del verano. (Hay en Sevilla una Audiencia con plantas y flores y rumor de fuentes.) Terminando mi trabajo, dos jóvenes y distinguidos letrados, que conmigo habían colaborado, me invitaron a cenar en la Venta Nueva de Antequera, y para garantizar mi descanso y asegurar que no nos seguirían hasta allí los temas judiciales (”laus Deo”), me proporcionaron la grata compañía de mi amigo Joaquín Miranda y de Rafael Gómez “el Gallo”.

La presencia de Rafael –a quien yo había visto torear muchas veces- venía a colmar un antiguo deseo mío: el de aproximarme a los recuerdos, a la intimidad psicológica, al reflejo vivo, en fin, de aquel gran torero, héroe de nuestra infancia, que fue Joselito, al que –por desgracia- había visto torear muy poco. Claro es que también me inspiraban curiosidad las legendarias genialidades y la singular personalidad de Rafael y saber cómo se manifestaba y cómo se conducían con él los demás. Pensé que le dirían de ti y le llamarían simplemente Rafael, pero me equivocaba; le llamaban “maestro” y de usted. ¡No valían bromas!

La elección del lugar fue un acierto. Frente a la terraza donde comíamos estén los corrales blancos –aquella noche plateados de luna – donde exponen las corridas de la feria sevillana. Acaso aquél horizonte sirvió de estímulo a la imaginación del torero, que habló sin tregua, con un estilo digno, elegante y sentencioso, contando muy bien –arte difícil- sus recuerdos apasionantes o pintorescos. Me interesó sobre todo el fervor y el amor con que contaba todo lo referente a José; el culto casi religioso que guarda por la memoria del hermano. Cosas llenas de interés, y a distancia conocidas, para quienes vimos crecer nuestra infancia y primera juventud en medio de un ambiente general de admiración por aquella figura mítica. La muerte de Joselito fue seguramente la primera gran emoción para las gentes de mi tiempo. Hay que pensar en qué cosa era entonces un torero –un ser aparte y en su mundo- y qué cosa era entre los toreros Joselito. Para su bien o su mal se le creía invulnerable. Sus enormes facultades, su valor, su saber , su gracia, su afición, lo presentaban como a un inmortal. (Ha sido su grande y noble rival, Juan Belmonte, el que nos ha dicho en este mismo diario, después de enumerar aquellas y otras cualidades suyas, que estando con él en la arena se tenía siempre la sensación de encontrarse junto a un dios pagano.)

Lo recuerdo como si fuera ahora. Era un 16 de mayo, con calor anticipado de verano. Ese verano que muchas veces se superpone a la voluble y tornadiza primavera de Madrid. Tenía yo abiertos los balcones de mi habitación, en la calle de Claudio Coello, y me paseaba de un extremo a otro con el “Codex Iuris Canonici” –entonces recién promulgado- en la mano, repasando cánones y decretales para un próximo examen. De pronto hubo un estremecimiento de voces ahogando los rumores habituales de la calle y el ruido de los tranvías. Atropelladament, los vendedores de periódicos gritaban: “Joselito, cogido y muerto por un toro en Talavera de la Reina.” “Edición extraordinaria de la Corres” etc. no pude continuar el estudio, ni nadie seguir en lo que estaba, ni pudo continuar la vida normal de Madrid. Sólo había atención para comunicar y apurar la gran emoción. Esta fue tan grande que no se limitó al pueblo ni a las peñas de aficionados. Había entonces en España una no escasa corriente de opinión –o de sensibilidad- “muy generación del 98″, que atribuía a los toros un influjo social pernicioso y no poca culpa en la decadencia de España. Recuerdo que mi padre, ingeniero, matemático, hombre de grandes rectitudes y ejemplaridades, participaba de aquellas convicciones, pero recuerdo también haberle visto participar en el estupor general, en el dolor y el respeto que a todos los españoles produjo la muerte del héroe joven, abatido por un toro sin casta en una pequeña plaza. Por mucho tiempo, aun, cantaron los niños en las calles y en las plazas las coplas de Joselito:

Al salir el quinto toro que “Bailaor” se llamaba

……………………………………….

Rafael recuerda que era él quien aquella tarde debía torear en Talavera, mientras José estaba anunciado en Madrid, y que ésta, disgustado con el público, arregló la permuta, tras de anunciar, de modo por desgracia profético, que no volvería a torear en la capital.

———————–

Rafael habla ahora de las cualidades toreras de José. “Ha sido el torero más largo y más fácil, y además, tenía un valor temerario que le llevaba a ocupar constantemente el sitio del toro.” Su saber y su valor rayaban a la misma altura. Una tarde, en la plaza de Madrid, sigue diciendo Rafael, le salió uno de los toros más bravos y peligrosos que he visto en mi vida. Era un toro de Saltillo que se volvía con tanta rapidez que no dejaba espacio ni tiempo para nada. José cogió la muleta y lo recibió con cinco pases seguidos de rodillas, escalofriantes. Nunca, añadió (yo, que sé bien lo que es eso) he pasado tanto miedo en la plaza como ese día. Cuando se levantó me fui para él y le dije: “Eso ha estado muy mal, José; te ha podido matar.” José, sin alterarse, contestó: “Si me levanto es cuando me lo da.” El toro bravo de verdad, comentó graciosamente Rafael, el que se vuelve  y se revuelve con ímpetu, será siempre el mayor peligro para un torero. Y nos contó que acababa de encontrarse con unos torerillos y que al preguntarles cómo les habían ido la temporada, dijeron: “Muy mal, maestro; no nos ha salido ni un toro bravo.” Pues que siga la racha, contestó Rafael.

Siguen anécdotas sobre el amor propio, el pundonor, el sentido del deber y de la responsabilidad profesional de Joselito. Era un niño en muchas cosas, pero torero.

Ramón SERRANO SUÑER

 

Artículo anterior - Volver al índice de artículos de la década de los años 50 - Siguiente artículo

 

Foro Fundación Serrano Suñer - Teléfonos: 669 35 91 36 / 609 70 26 19 - email: info@forofundacionserranosuñer.es