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EISENHOWER Y STEVENSON

ABC, 18-10-1952

Dentro de unos días se decide en Norteamérica una contienda electoral que a ningún ciudadano consciente de cualquier país del mundo, sea cual sea su situación geográfica o política, puede serle indiferente.

Si yo hubiera sido ciudadano americano habría votado por Taft en la Convención de Chicago (donde el partido republicano designaba a su candidato) para que así hubiera tenido posibilidad de ser elegido presidente de los Estados Unidos el día 4 de noviembre próximo. En el panorama político americano Taft es el hombre más importante; el más seriamente preparado para las responsabilidades públicas. Pues bien, ese hombre superior a los otros, que, en alguna medida, parece participar del equilibrio y de la “gravitas” de un antiguo romano, ha sido derrotado –achaques de la democracia representativa- por su propio partido. Es él quien, a mi juicio, tiene “americanamente” razón en su postura frente a la amenaza que pesa sobre el mundo. Y si, en este terreno, se me objetara con criterios de autoridad, yo replicaría, con los mismos, invocando el nombre del primer soldado americano –Mac Arthur- que se pronunció a su favor. (Si es claro que América se defiende “también” en Europa y en el Atlántico, no lo es menos que donde necesariamente ha de defenderse es en el Pacífico y en sus fronteras marítimas, terrestres y celestes; y que después de una posible aventura militar de los rusos en Europa, tras de su extensión en nuestro continente, y antes de atacar “allí”, pudieran ocurrir “aquí” –y en Rusia- muchas cosas.)

Pero como no soy ciudadano americano sino europeo –o “preeuropeo”- mi deseo –y mi esperanza- es el triunfo de Eisenhower, comandante supremo de la NATO hasta la víspera de presentar su candidatura para la presidencia de EEUU y, por consiguiente, más ligado a nuestros problemas europeos y más próximo conocedor de los de la URSS.

Derrotado Taft, el duelo electoral americano tiene lugar entre Eisenhower, republicano, y Stevenson, demócrata. De Eisenhower sabemos –sabíamos ya- que es un general con el prestigio de ser titular de una victoria ganada por muchos. Sabemos que goza reputación de hombre honrado, lo que ya es algo en estos tiempos. Por lo demás, parece un tanto simplista, sin demasiadas cosas en la cabeza, pero no ingenuo; al contrario, astuto y maniobrero. Seguramente es un hombre modesto, auténticamente, sin esas falsas modestias que otros tienen para la propaganda.

De Stevenson, hasta hace unas semanas, no sabíamos absolutamente nada ni aun los que seguimos atentos el acontecer de la política mundial. Con motivo de su candidatura supimos que se llamaba Adlai y que era gobernador del Estado de Illinois. A juzgar por una gran fotografía suya que tengo a la vista –alto, desgalichado, con las suelas de los zapatos rotas- es un hombre extraño, con aire evaporado. También se supo de él, entonces, que en su juventud, en accidente desgraciado, manejando un arma de fuego, causó la muerte a una prima suya de quince años; lo que le produjo un choque psicológico tan profundo, que le anuló totalmente durante mucho tiempo. Asimismo nos informó la Prensa de que su mujer le abandonó. Esto, políticamente no constituye inconveniente, antes la contrario; pues si el influjo directo de las mujeres en la política, esto es, cuando son pieza institucional de un régimen suele ser saludable –sean ejemplo las grandes reinas españolas e inglesas-, es, casi siempre –basta recordar a Mrs. Roosevelt-, funesto, si se produce de un modo indirecto y sin responsabilidad. (Es, en todo caso, el primer candidato divorciado que ofrece la historia electoral norteamericana.)

Stevenson resulta ser rico y avaro. Felizmente para sus administrados, su espíritu de economía no se manifiesta sólo en sus finanzas privadas, pues ha sabido mantener el presupuesto de gastos de su Estado en las mimas cifras que antes de la guerra de Corea; y, si se viste mal, habla, en cambio, al parecer, un inglés tan elegante que casi ha tenido que jurar ante sus electores –lingüísticamente menos refinados- no haberlo aprendido ni en Oxford ni en Eton.

Al fin, algo más interesante que todas estas pequeñas historias, hemos ido sabiendo de él. Hombre de salud endeble, tiene sensibilidad y elevación espiritual. Se resistió enérgicamente a ser designado candidato. Requerido por Truman, rechazó el ofrecimiento diciendo que en el partido había hombres más cualificados y más capaces que él. Esto indica, en un mundo lleno de gentes cargadas de, mesiánica suficiencia, que no se trata de un hombre vulgar. Está abrumado por la situación del mundo, que juzga muy grave, y teme ser el presidente de la guerra. Se asegura que es un excelente orador; y, desde luego, sus discursos son mucho más inteligentes que los de su rival, están mejor matizados y tienen una buena arquitectura formal de que carecen lo de aquél. En su oratoria hay cierta tendencia al empleo de expresiones “cultas”. Sin que yo pueda en este momento precisar dónde fue, aseguro haber leído que en su primer discurso, como candidato, dijo que el partido republicano era un caso de esquizofrenia y uno de los directivos de la confederación obrera que le escuchaba exclamó: “Este hombre habla tan bien que yo me pregunto si el pueblo llegará a comprenderle…”

Si de la personalidad de los candidatos pasamos a las circunstancias de la contienda anotaremos que ésta se desarrolla en términos de gran confusión, y, al menos para quienes no conocemos de cerca la intimidad de las “realidades” de la política americana –la teoría institucional no cuenta-, aquello es un embrollo difícil de entender. Un día parece que gana Eisenhower, otro que el triunfo será de Stevenson. Al terminar la Convención de Chicago parecía que Eisenhower, más que elegido, iba a ser promovido a la primera magistratura de la Unión por una especie de aclamación nacional. En una semana las cosas cambiaron radicalmente. En su primer discurso –demasiado oportunista- a la Legión Americana, el general, queriendo alagar los sentimientos anticomunistas de los legionarios, y mal aconsejado por su inexperto colaborador Foster Dulles, prometió liberar a los pueblos de Europa y Asia esclavizados por Rusia. Y aunque días más tarde tratara, en Filadelfia, de atenuar sus manifestaciones, sembró la alarma en el país, que le consideró prisionero de las fuerzas de extrema derecha del partido republicano. Fue aquél un grave tropiezo, ya que en las masas americanas alienta un pacifismo instintivo que conoce bien el viejo zorro Truman cuando quiere presentarse ante ellos como el hombre de la paz. (La masa independiente, o neutra, del país puede jugar un papel decisivo.) Stevenson supo aprovechar el desliz del general y acentuó el tono de moderación y responsabilidad en sus discursos. Todo ello, unido a la falta de cooperación de Taft –ahora por fortuna superada en un gesto de responsabilidad del prestigioso senador por Ohío-, comprometía gravemente su candidatura. (La unidad interna del partido republicano, dicho sea de paso, no parece demasiado segura.)

Las notas políticas diferenciales de los partidos en pugna no son fáciles de establecer mediante un contorno enérgico, preciso y seguro. En líneas generales puede decirse que los demócratas son socializantes y los republicanos liberales. (Aunque también es socializante un sector del partido republicano y son conservadores, profundamente antisocialistas, todos los demócratas del Sur.) Que los republicanos cuentan con el apoyo de la alta Banca (sin olvidar que ésta juega con dos naipes) y de la gran industria, y los demócratas con el de los Sindicatos obreros de izquierda, gran fuerza política. (De ahí, precisamente, es de donde viene la enemistad a España; creo puede afirmarse con certeza que la oposición a España en América no es política, sino sindical.) Los republicanos hacen especial hincapié en la reducción de los gastos federales y en la limitación de los impuestos, mientras Truman sostiene que todavía son insuficientes (Stevenson discrepa de él en este punto y coincide con el adversario). Para un europeo, habituado a los mayores radicalismos en la oposición ideológica entre los partidos de cualquier régimen, esta tenue caracterización de los grandes partidos americanos es casi imperceptible.

Factor decisivo en la lucha, o al menos muy importante, ha de ser la larga permanencia del partido demócrata en el Poder. Sus veinte años de Gobierno, con abundancia de errores, corrupciones, injusticias, nepotismos, etc., han tenido que ocasionar necesariamente un desgaste en su crédito ante el país llamado a producir desfavorables consecuencias en los próximos comicios. Claro está que, a la vez, esa larga instalación de los clanes políticos en la Administración pública les brinda oportunidad –empleando poco escrupulosamente los recursos que el pueblo les otorgara para más altos fines- de crear intereses y amparar negocios con los que (soborno, compra y alquiler de por medio) siembran el país de taifas y tahurerías llamadas también a tener su eficacia. Por los resultados conoceremos cuál de los dos efectos pesará, en definitiva, con más fuerza.

Dejando a un lado chismes y ataques personales, que tanto abundan en los discursos de propaganda de los dos equipos en lucha, puede señalarse que en el fondo hay coincidencias importantes; como no podía menos de ocurrir frente a tan graves responsabilidades como aguardan al vencedor: las mismas, cualquiera que éste sea.

Hay entre los contendientes una última afinidad ideológica, que está fundada en el pleno asentimiento a una Constitución política y a un sistema económico-social, que, sustancialmente, consideran inmejorables- y hasta universal panacea- los dos partidos. Esto hace que el americano tenga que elegir entre dos “equipos” más bien que entre dos “sistemas de juego”. Por eso si cualquier incidente emocional o cualquier interés empírico pueden inclinar la balanza, con tanta facilidad, a un lado o a otro, el resultado final no se altera esencialmente. Mas ello, por desgracia, no basta para impedir que cosas muy graves –ahora más graves que una ideología- queden entre tanto en suspenso, y que temas muy delicados sean sometidos a juicios, irresponsables y a publicidades imprudentes. Y así, mientras el mundo occidental pone en trepidación su inmenso aparato publicitario, en Rusia un hombre joven y duro encamina sus pasos, con callada resolución, aunque atento a posibles emboscadas, hacia las puertas del Kremlin; sin que sepamos qué otros caminos se abrirán mañana tras el misterio de aquellas puertas.

 

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