
“Premio Mariano de Cavia”
CON frecuencia se comete exageración o se sufre confusión, al identificar –de un modo demasiado simplista- esa virtud que llamamos consecuencia, con la fidelidad inalterada, a través de los años y las situaciones, a las propias opiniones de un día. Cuando menos habría que distinguir entre la verdadera fe y trama de pereza, vanidad y terquedad que hay –muchas veces- en el fondo de tales obstinaciones; la incapacidad para ensanchar –o depurar- la información, la reflexión y la cultura. Y a la inversa: podemos también distinguir cuando en un cambio de opiniones, hay una limpia y honrada adhesión al proceso de la propia inteligencia, y cuando se trata de una mera o cínica acomodación a nuevas situaciones y a nuevas ocasiones de provecho y granjería. La cosa, que puede ser, pues, confusa en lo que a opiniones o ideas se refiere, me parece clara, por el contrario, en lo que atañe a personas y afectos. El espectáculo de una fidelidad, mantenida contra viento y marea, a nuestros “verdaderos” amigos –no digamos ya a los de nuestra propia sangre- es siempre emocionante y raya en lo ejemplar cuando las conveniencias egoístas desaconsejan tales fidelidades.
Con un espectáculo de esta naturaleza acabo de encontrarme cuando y donde menos lo esperaba. Ha sido ahora, el 13 de este mes de diciembre; pero no pudo ser igual el 13 de cualquier otro mes, porque ese día, todos los meses, se reúnen con la hija los amigos del padre. Allí estaban, en efecto, si no todos, lo más. Digo amigos y no simplemente, ni siquiera principalmente, partidarios. Amigos –muchos de ellos- incluso por encima de una próxima y radical discrepancia ideológica o táctica. Coincidentes todos, no obstante, en la convicción de que el padre fue un francés de intención limpia, de buena fe y de auténtico patriotismo, cualesquiera que fueran sus discrepancias en orden a la manera y forma de servirlo.
Como decía, el día 13 de todos los meses, la casa número 6 bis de la Place du Palais Bourbon –esa plaza, a la vez céntrica y recoleta, donde otro tiempo viviera Luciano Bonaparte, el hermano útil de Napoleón- tiene las puertas abiertas de par en par. Se entra allí libremente, en la medida en que resulta esto posible en una casa abarrotada de gente. Es como una impresionante peregrinación de fidelidad y casi diría que de redentora protesta contra los verdugos que un día lucharon afanosos por librar de la muerte a su víctima para no verse privados del placer de ejecutarla.
Allí, en la planta principal de la casa, está la hija –“Jose” Laval, por matrimonio, condesa de Chambrun- junto a su marido -francés que por ser descendiente de Lafayette tiene el privilegio de poder votar en Francia y en los Estados Unidos-, recibiendo a todos los que llegan, atendiéndolos con seriedad y sin la menor afectación mundana; como cumplimiento un rito. Poco más adentro está la madre. La viuda de Laval parece pedir aún explicaciones por aquella ferocidad surgida en un mundo –el de la política- que a ella no le interesó nunca. Pequeñita, con su figura digna y entera (en su pelo blanco aun se adivina el color rubio de las gentes de la Auvernia), un poco ensimismada, metida en sus recuerdos parece como si dijera: “pero él no vuelve…”
Los que allí están –ya lo he dicho- no son en su mayor parte amigos “políticos” de Laval. Su misma hija –aun cuando ambos se amaron entrañablemente- no era partidaria de su política de colaboración. Su yerno era decididamente un adversario de esa política. Pero ella y él y todos coinciden en la adhesión al hombre que, como fuera, quiso servir a Francia y en la protesta ante una de las más sombrías crueldades que registra la historia del mundo civilizado.
La hija, pendiente de una sola idea, me va presentando a los amigos de su padre. Entre ellos algunos son políticos –diputados, Consejeros de Estado, ex ministros- Pietro, Bonnet, Rousselier, Marchandeau,Marquet, Montigny, Taittinger, Isorni (abogado del Mariscal), Pebelier … son todos estos –más o menos- del centro o derecha, alianza democrática, radicales, etc.; pero hay también socialistas como Paul Faure y Chateau, o ex diputados comunistas como Bretón y Clamamos. Hay otros que son militares, como el almirante Richard; industriales como Monnier, o economistas como Legueu; grandes nombres de Francia como los condes d´La Rochefoucauld, marqueses de Pomereu… Intelectuales y escritores de primer rango como Fabre Luce y Bardèche, tan unido este nombre al de su cuñado el gran poeta Brasillach, traductor de la poesía griega, autor de un libro inolvidable sobre Toledo, figura tan considerable en la vida intelectual francesa que el mismo Mauriac –el flamante Premio Nóbel de hoy, por aquellos días devorado de rencores y activo en la venganza- se vió obligado a pedir para él un indulto que la insensibilidad y la pequeñez inhumanas de De Gaulle habían de negarle; periodistas como Malliavin director de “Ecrits de Paris”; George Rougier de “Rivarol”; Leon Bailly, ex director de “Jour”, Mallet, etc… y luego Pusiere y otros ex-prefectos de Policía y hasta –no todo en el liberalismo es pecado- un señor Mércherz, actual prefecto agregado a la Presidencia de la República…
Esto es, hay allí mucho de lo que Maurras, oponiéndolo a la Francia oficial, llamaba el país real. (¡pobre y admirable Maurras cuya vida acaba de extinguirse –intacta la entereza de su espíritu- entre una conspiración de silencio que ha deshonrado a una Europa y a un mundo que tanto necesitan de hombres de su talento y su carácter! Otro Carlos, muy otro -Chaplin-, tenía entre tanto acaparadas voces y plumas de homenaje que le rendían jefes de Estado y princesas, ministros y periodistas.)
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Este plebiscito de los leales en casa de Laval quiere decir que hay todavía una Francia capaz de reconocer la lealtad de los que en unos días recientes e inicuos fueron sus victimas. Seguramente todos esos nombres que dejo escritos –no insignificantes por cierto- piensan, o saben, que todos aquellos “traidores”, que gobernaron su país cuando por culpa de otros estaba ocupado y casi borrado de las mapas políticos, defendieron con uñas y dientes el patrimonio metropolitano y colonial de Francia. Yo puedo –y debo- dar de ello testimonio. En mis conversaciones con el Mariscal Petain, con el presidente Laval, o con el embajador Pietri, me encontré siempre con la misma, constante, preocupación: salvar la obra colonizadora de Francia invocando para ello los grandes méritos de Lyautey, la misión admirable del Padre de Foucauld y de los Padres Blancos, la obra de Paul Cambon… Y ante todo esto que estaba, con legítimo orgullo, en la base de su justificación, nosotros, por espíritu de justicia –pese a las muchas injusticias que, en punto a Marruecos, la política francesa cometiera con España y que tratábamos de reparar- nos inclinábamos con respeto.
Hoy, la propia Asamblea Nacional francesa, en voto reciente, ha rehabilitado a los que se pronunciaron -¡constitucionalmente!- por la jefatura del Mariscal. Lo que, a mi juicio, significa nada menos que la continuidad en la “política francesa”, superando la discontinuidad impuesta por una política Thorez –desviación a una “política no francesa”- y, de paso, el reconocimiento del patriotismo del vencedor de Verdún.
Nadie, sin embargo, en casa de la hija de Laval necesitaba esperar este voto exculpatorio por el cual vuelven los verdugos a llamarse por su nombre y las víctimas por el suyo, aunque estuvieran sujetas a error; que éste es achaque humano de todo tiempo y circunstancia. Pero sirve ese voto para poner más de relieve el sacrificio y la incomodidad de los que en medio del peligro han mantenido sin tibieza, en la fidelidad y el amor, el buen nombre de sus amigos. A la defensa del buen nombre de su mejor amigo, de su padre, parece haber dedicado la vida esta mujer de modo tenaz y casi implacable. Sin rencor, pero sin la debilidad del olvido. Tan preocupada en atender a los amigos leales como valerosamente decidida a negar la mono a los que con él mostraron mala voluntad. Cuando días antes de esta reunión, por puro azar, una amiga –francesa con sangre española, princesa rubia y auténticamente “resistente”, pero con la admiración por la condesa de Chambrun, que siempre produce en las almas nobles un espectáculo de lealtad y valor- me la había presentado la hija de un modo directo y como condicionando su saludo a mi respuesta, me preguntó: “¿Cómo se portó usted con mi padre?” Y debo decir que aquella pregunta no me pareció de ningún modo inconveniente. Por el contrario sentí ante esta mujer ese respeto seguro que pocas personas son capaces de inspirar en la claudicante confusión de nuestro tiempo.
Ramón SERRANO SUÑER
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