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SOBRE LA DICTADURA

Publicado en ABC el 29 de enero de 1953

EN torno al tema de la Dictadura –recientemente aludido- se han dicho muchas vulgaridades e inexactitudes que el recrudecimiento de las supersticiones democráticas de la posguerra ha vuelto a poner de actualidad. Y no son sólo los partidarios de la democracia política quienes en ella incurren, pues también gravitan prevenciones y prejuicios sobre hombres de otra significación política, llegando en ocasiones incluso a encender el rubor en las frentes de los mismos dictadores. Parece como si la institución necesitase para su justificación no sólo razones de oportunidad, sino también disculpas y disimulos. Sin duda porque, para unos y otros, dictadura y despotismo son términos sinónimos. La verdad es, por el contrario, que la Dictadura en sí misma no tiene nada que ver con el despotismo ni con la tiranía, los cuales, contrariamente a los que se lee en Montesquieu –“Espíritu de las leyes”-, no son formas de gobierno, sino simplemente maneras abusivas de ejercer el Poder.

Es cierto que las dictaduras pueden ser, lo han sido de hecho la más de las veraces, tiránicas y despóticas –como pueden serlo las repúblicas o las monarquías-; pero ni lo son por principio ni han de serlo necesariamente en la realidad. Los romanos no creyeron que el dictador, por el solo hecho de serlo, fuera tirano, a pesar de sus poderes ilimitados. La Dictadura, también más que una forma de gobierno, es una forma de ejercerse el gobierno. Y en ocasiones, en todas las sociedades y en todos los pueblos, esa forma absoluta (autoridad absoluta y tiránica no constituye fatal equivalencia) de ejerecer el Poder ha sido y es necesaria. Y la prueba está en que la Historia no solo registra las dictaduras de Sila, de César o Napoleón, por solo citar las más destacadas de otras épocas. Más recientemente Castelar, con todo su doctrinarismo democrático, ejerció la dictadura “como un holocausto a su patria” –son sus palabras-. Y en la guerra de 1914-1918 la ejercieron Lloyd George en Inglaterra, Clemenceau en Francia y Wilson en EE.UU., las tres democracias más importantes del mundo. Como fueron dictadores también en la última guerra mudial Churchil y Roosevelt.

Los pudorosos adversarios de toda dictadura olvidan con demasiada frecuencia tanto la sustancia como el origen de ésta. Su concepción original no tiene nada que ver con el hecho de fuerza, tiránico y antijurídico. Por el contrario, fue definida –y siempre puede serlo- como una institución jurídica, una magistratura creada por el pueblo más jurista de la tierra. Cabalmente es en su origen una institución republicana, puesto que fue la República de Roma quién la creó, y no ciertamente como elemento esporádico o extraño a ella, sino para formar parte del conjunto de sus instituciones. El pueblo fue, nos dice Pomponio, quien confirió al dictador la potestad suprema. (Digesto, Libro I, p.2 p.2)

Es, pues, la Dictadura, en su significación propia, una manera temporal de ejercerse el gobierno, excepcional pero no anormal, compatible con la vigencia de cualquier sistema político. Por ello, según hemos visto, ha habido dictaduras tanto de signo absolutista como democrático. Por otra parte, repetiremos que el absolutismo no ha de ser, no ha sido, indefectiblemente, despótico y tiránico. No hay autoridad más absoluta que la del padre ni otra tan generosamente dedicada al servicio del hijo a quien gobierna, decía al tratar el tema en su cátedra de Filosofía del Derecho, el profesor Pérez Bueno, amigo inolvidable. La democracia técnicamente más correcta puede ser prácticamente una tiranía. Pueden serlo la República y la Monarquía; y pude no serlo, ni lo a sido alguna vez, el absolutismo. Pocas situaciones en la historia de España pueden compararse, en lo que al estatuto de los súbditos se refiere, a la alcanzada bajo el mando absoluto de nuestro rey D. Fernando el Católico.

En realidad, independientemente de su valor intrínseco, doctrinal y sistemático, los regímenes políticos vienen decisivamente determinados en su bondad o en su maldad por las condiciones de los hombres que los crean y desarrollan. Ni la Democracia ni la Dictadura son capaces de encarnar el mal o el bien absolutos. La bondad o maldad de los hombres que administran los sistemas políticos, tiene influencia más positiva en el gobierno que los principios en que aquéllos se inspiran. Es cuestión de suerte.

En el orden de los principios podría decirse que no hay una monarquía mala; pero puede haber un mal monarca. Ni una dictadura tiránica. Pero puede ser tirano un dictador que sustituya la moral del bien y del mal por la de la amistad o la antipatía. (Concepto de la justicia en Trasímaco.) Admito que las posibilidades de abuso de poder sin en ella infinitamente mayores que las que ofrecen otros regímenes en los que el poder se ejerce mediante un sistema de garantías y contrapesos. Pero es que una dictadura no se legitima por los principios que la inspiran, sino por los hechos que la justifican como necesidad. Porque, salvo casos excepcionales, una dictadura es siempre una necesidad; supone la incapacidad del sistema político de un país para afrontar una situación determinada. Surge normalmente de la misma voluntad del pueblo y es casi siempre, acogida y aclamada por él como instrumento de salvación. Que haya habido dictaduras fracasadas que convierten en odio el fervor popular que las asistió en su adventimiento, es evidente; dictaduras destructoras, ignominiosas, envilecedoras. Pero también ha habido democracias abyectas y disolventes.

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Desde un plano político pecaría de ligereza quien, por meros principios teóricos, combatiera la democracia como un mal absoluto desconociendo el éxito de algunas democracias como la norteamericana y la inglesa, nutrida ésta de esencias liberales. Pero sería igualmente precipitado y superficial quien, por el éxito de esas solas democracias, juzgara de la virtualidad universal del sistema sin pararse a considerar ejemplos tan poco ejemplares como el de nuestra pasada democracia. Lo mismo, y a la inversa, cabe decir de la Dictadura: no un buen ejemplo pude acreditarla universalmente ni uno malo puede descalificarla absolutamente. Yo no postulo la dictadura como forma política aconsejable y menos como panacea. Poner el poder en manos de un solo hombre siempre constituirá un claro peligro. Mas en ciertas ocasiones, en ocasiones “criticas” –las propias de la Dictadura- no es probable que resulte más fácil encontrar mil administradores buenos para una democracia que un buen administrador para una dictadura.

Un Gobierno sólo es legítimo cuando emplea honestamente los recursos del Poder en el servicio de los fines generales de la comunidad nacional sin estorbar –además- la armonía general del mundo. Por el contrario, cuando tiene de las funciones públicas un sentido patrimonial y antepone los intereses de su propia conservación o de su secretarismo al servicio de los intereses comunes del país, se desvía y se convierte en ilegítimo y bastardo. ¿Qué este descarrío es más fácil y frecuente en las dictaduras? Seguramente. No será sin embargo, quien pueda decirlo el mundo democrático que hoy conocemos, ya que al servicio de una superstición democrática, y de unas determinadas formas políticas, está cegando para muchas sociedades en descomposición los remedios adecuados, o destruyendo lo que otros ensayaran rectamente. Y todo ello con el más absoluto desdén a los verdaderos intereses de los pueblos. ¡Qué espectáculo de mala dictadura está dando con frecuencia la democracia de hoy! Y es que el fanatismo crece cuando la virtualidad se evapora.

Si hay un problema vivo y palpitante en la política europea de hoy es el de elaborar los sistemas políticos y sociales del porvenir. Grave tarea, brillantemente intentada (pero, al fin, no lograda) por los hombres más ilustres de nuestro tiempo. Pero hasta que no aparezcan esas formas nuevas nadie sería prudente cerrando la puerta a lo que en cualquier momento puede ser recurso necesario.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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