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Incluido en el libro “Ensayos al viento”

NUEVA POLÍTICA

ABC, 24-5-1953

YA nadie se acuerda de aquella especia de “kermesse” americana –multitudes con pancartas, banderas y serpentinas, “gilrs”, vaqueros, elefantes y cañones atómicos- con que fue celebrada la toma de posesión del Presidente número 34 de los Estados Unidos.

No perdura más el recuerdo de las desabidurias exequias que siguieron inmediatamente a la noticia –ésta sí sensacional e inolvidable- de la gravedad de Stalin, publicada cuando ya estaba muerto sin que sepamos, todavía, de qué muerte. Pero extinguidos los ecos de la gran parada en la Avenida de Pensylvania y de los funerales de Moscú –una y otros pura anécdota ceremonial- lo que queda es una realidad: la realidad de una nueva política que es, en gran parte, necesaria y superior a la voluntad de los hombres. Una nueva política en América y en Rusia, aunque dígase lo que se diga, cada día acusa más claramente su presencia en la segunda que en la primera.

Aunque para una consideración puramente formal y de superficie sea en América donde una política nueva –la de Eisenhower republicano- sustituye a otra –la de Truman demócrata-, lo cierto es que ello lleva consigo menos novedad que la que supone la sustitución del emperador Stalin por otro político del mismo partido y de la misma significación. En el primer caso la sustitución está lograda –Truman por Eisenhower- sólidamente. En el segundo no, pues el dictador ruso está, en realidad, por sustituir. Tanto da en América Truman como Eisenhower y aun da más el segundo que el primero. Pero no da lo mismo en Rusia Malenkof que Stalin: da mucho menos y abre ante sí muchas y peligrosas incógnitas.

Y ésta es –quiérase o no, mírese desde Oriente o desde Occidente- la profunda modificación política acaecida en el mundo. Para que Stalin, aquel hijo de un humilde zapatero georgiano, llegase a ser clave de uno de los mayores imperios de la tierra, fue preciso que se dieran cientos de circunstancias extraordinarias, extrañamente propicias, y no fácilmente repetibles. En cualquier momento del proceso político de su jefatura –aun vencidas ya las grandes dificultades de la primera hora frente al “troskymo” y la resistencia de los más significados camaradas de Lenin- ésta pudo frustrarse o interrumpirse. Con todo, y pese a haber llegado a consolidar un mando tan enérgico y extenso como a pocos hombres ha sido dado alcanzar, Stalin (“el más grande de los capitanes de todos los tiempos”, “el liberador de Europa”, “el protector de las letras y las artes”, el corifeo de la ciencia”, y demás ridículas alabanzas que al estilo de los buenos déspotas de Oriente se dejó llamar, sin ruborizarse, por sus áulicos) desde esa cumbre tan alta de su poder y de su gloria ha vivido –según parece claro- en sus útimos años devorado por los celos y el sobresalto frente al prestigio y la madurez de hombres como el mariscal Zukov, titular de una de las más alta victorias de la historia militar del mundo; una victoria –eso sí- ganada con el concurso de la irresponsable gentiliza de quienes eran entonces sus aliados y que, después de celebrar alegremente a las orillas del Elba la conjunción de los tres ejércitos (allí levantaron sus copas Eisenhower y Montgomery), hiceron detener la marcha de los suyos para que fuera el hermano ruso quien, entrando primero en Berlín, hollara la capital de una vieja cultura y resultara así vencedor oficial del ejército que constituía su principal defensa.

No parece verosímil que ni aquella última rivalidad de los días de Stalin ni otras hayan quedado canceladas, y en su inexorable fatalidad está la causa de esa nueva política rusa de que estamos hablando y que puede imponerse como necesidad aunque pugne con los sentimientos y deseos de quienes han de constituir su instrumento de gobierno y entre los cuales está hoy planteada una difícil batalla.

Tenemos todos experiencia bastante para estar seguros de que allí, aparte de otras posibles, la rivalidad entre el Ejército y el Partido ha encontrado su hora decisiva. Si hay allí en uno y otro bando, hombres con responsabilidad, es seguro que la gigantesca extensión y complejidad de problemas que la sustitución en el gobierno de aquella organización plantea, ha de librarles del deseo de añadir los peligros que una aventura bélica traería consigo. Pues si es cierto que la empresa exterior ha constituido siemrpe un aconsejable aglutinante para superar las crisis interiores de un pueblo, esa ley general no tiene aplicación en un caso en que concurren circunstancias tan especialmente difíciles, ni en una situación tan inestable y frente a la que cierra su hostilidad el resto del mundo.

Esto no quiere decir –ello es obvio- que los dirigentes comunistas sean pacifistas convencidos. Pero, hoy por hoy, su interés nacional ha de moverles a serlo. Por ello, y aunque parezca paradójico en el momento presente, que podría ser la hora de la paz ésta depende en buena parte, a mi juicio, de los occidentales. Mas también es aquí –en nuestra incongruencia- donde radica la mayor dificultad. América y Europa –por culpa de ambas- se están alejando: los pequeños pleitos, los egoísmos oscuros, la política internacional de camarillas…

América quiso armar a los pueblos de Europa contra el peligro de la agresión usa, y la política inglesa no vio con agrado la unidad del continente. Francia, por miedo al rearme alemán, se opuso y propuso en su lugar la creación del Ejército europeo –“el plan Pleven”-, para luego resistirse a integrarlo presentándolo como una odisea exigencia americana. Ahora Inglaterra desea el diálogo con Rusia percibiendo con exactitud la necesidad en que Rusia se encuentra de aquella nueva política de que venimos hablando; pero Churchill peca de optimismo e incondicionalidad, al apreciar aquellas posibilidades, probablemente espoleado por el rabioso nacionalismo del dictador Naguib, en el que –por muy legítimo que sea- no resulta difícil descubrir, en tan grave hora del mundo facetas de rudo oportunismo. (Esta misma puede ser la razón –aparte otras sustantivas- de la solidaridad de Attle con el político conservador.)

Y por su parte la reacción americana es otra incongruencia: de un lado alienta la rebeldía egipcia contra Inglaterra (Dios sabe a favor de qué en este momento) y de otra parte censura la posición inglesa calificando de puramente táctica la actitud rusa, lo cual no es rigurosamente exacto. En todo caso, táctica o no, y aun admitiendo que esconda cuantas segundas intenciones se quieran, esa actitud, repetimos, tiene el respaldo de una efectiva necesidad de alejar el peligro bélico y conseguir un respiro para solventar los problemas internos sin que, claro está renuncie a conseguir, de paso, cuantos objetivos le sean útiles.

Por ello podrá ser tachada de vehemente y precipitada la posición de Churchill, pero no cabe duda de que sus esperanzas en la posibilidad de mejorar el clima de los asuntos mundiales no pueden ser desechadas. En ocioso decir que ello no significa que nosotros creamos ni en la rectitud ni en la sinceridad de los hombres del Kremlin (en esto tenemos los españoles más autoridad que ingleses y americanos), pero creemos, en cambio, que no están en condiciones de hacer otra cosa. Admitimos que –salvo segura resistencia y complicaciones imprevisibles- Rusia podría llevar rápidamente sus tropas hasta el Atlántico, pero sabe que con ello no evitaría la destrucción de sus ciudades, de sus centros industriales y de sus comunicaciones. Y ésta es la zona de coincidencia entre Oriente y Occidente que urge aprovechar: para unos evitar la invasión, para otros la destrucción en masa. A la hora de sacar provecho de esa mínima coincidencia ni la política de camarillas ni el perezoso comodín de la insinceridad rusa resultarán eficaces. Europa tiene ahora más que nunca a la vista la gran utilidad de su propia organización militar y política como único medio para disponer de fuerza y de congruencia con las cuales hacerse respetar de unos y de otros e imponerse en servicio de la paz.

 

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