
Incluído en el libro “Ensayos al viento”

Si el bien y el mal no anduvieran casi siempre mezclados en las cosas de este mundo y no aparecieran con tanta frecuencia como anverso y reverso de una misma moneda, todo sería mucho más fácil de lo que es. Pero sucede como sucede y hay que tratar de no ser demasiado pesimistas y pensar que el hombre tiende a hacer lo mejor cuando hace lo peor; y que en toda aberración hay un bello ideal tergiversado o un noble propósito que perdió la ruta. Si pensamos en lo que el hombre ha querido se en su vivir social a lo largo del tiempo, la cosa me parece clara. Casi nunca ha elegido como camino de perfección el armonioso cultivo de todas sus virtudes posibles sino que ha preferido orientarse cardinalmente hacia una sola virtud avasalladora que, con frecuencia y en total desarmonía, se ha convertido en vicio o en caricatura. Un día quiso el hombre ser esforzado o heroico, ante todo; otro día digno; otro, distinguido y personal –diferente- y otro, en fin, en nuestros días- simpático, sobre todas las cosas. Doy por supuesto (con perdón de los historicistas) que tales ideales de hombre ha correspondido a otros tantos ideales o tipos de sociedad: la feudal fraguaría el hombre valor; la cortesana el hombre-etiqueta, la liberal o ilustrada el hombre-distinción y la democrática el hombre-simpatía. El mal no está en la elección de ésta o la otra virtud sino en la corrupción de la misma por la exclusividad de su culto y por la inhumana desarmonía de su ejercicio, a costa de las otras.
Ahí están en nuestro teatro clásico los tipos de hombre que orientados hacía un altísimo ideal –la dignidad y el honor-, se corrompen inhumanamente en el momento en que esa virtud, al hacerse única –exclusiva, excluyente-, se convierte en tiránica y monstruosa; y aquellos hombres terminan por ser espantajos sin alma, cerrados a toda piedad, incapaces de toda efusión. Ahí están los personajes románticos hambrientos de personalidad –como diría D´Ors- que, afanosos de ser diversos –impares, distinguidos- acaban siendo sólo seres gesticulantes y grotescamente vacíos. Aquí está, en nuestro tiempo el simpático profesional, modo de ser tan frecuentemente ambicionado por el hombre de mundo. Este como es –en el tiempo- el más próximo a nosotros es el que mejor conocemos y también el que más nos debe preocupar. Llevado a una extremosidad morbosa –éste-, amén de ser un fantoche, es todavía más que los otros, un destructor de formas, de jerarquías, de conductas y aun de la misma armonía de la virtud humana.
Claro está que es bueno ser valiente, ser digno, distinguido y simpático, cuando el valor es conciencia de subordinación del egoísmo al ideal, cuando la dignidad es culto a la jerarquía moral que al ser humano –espejo de Dios- corresponde en el seno de la creación, cuando la distinción es una suma de destrezas, limpio y correcto de caridad, un deseo de comprender y ser comprendidos, de hacer más amable, más dulce, la vida del prójimo y menos seca la propia. Pero en cuanto el valor o la dignidad destruyan o suplanten a la espontaneidad o a la caridad, en cuanto sea árida y licenciosa la distinción, y en cuanto la simpatía sea indigna, desleal, o vulgar, esas virtudes se habrán anulado. ¡Abominable sujeto es ese simpático!
Y no es que yo esté dispuesto a repetir aquí ningún canto a la antipatía, en ocasiones muy digna de respeto. La simpatía como don natural que nos congracia con honrada facilidad con nuestros semejantes es un privilegio inestimable y como disciplina de amor al prójimo una virtud excelsa. Pero buscada y aceptada como ideal único y suficiente, devorador encarnizado de todos los otros más serios, más hondos, más valiosamente humanos, resulta una especie de canibalismo moral. En él incurre ese simpático a toda costa para quien divertir, agradar, tener fortuna o brillantez momentánea –vanidosa y trivial- es algo que puede pagarse al precio de lo que sea; el buen gusto, el decoro, la verdad, la justicia, la amistad o cualquiera otro de los grandes valores por los que somos diferencialmente hombres. Y no hay fuerza disolvente y subversiva comparable a la de este juglar o bufón trasnochado, para quien –en su triste oficio- una gracia o una ventaja indigna puede ser compensación bastante al crimen de haber traicionado un afecto, una lealtad o una fe. Y lo peor es que mientras en aquellos otros ideales cuando su hipertrofia los hacía enojosos para los demás encontraba en ellos –en los demás- su corrección éste de la simpatía a todo trance tiende a ser aceptado y fomentado por todos.
Al viejo estiramiento atenazado de perjuicios que rechazaba tantas cosas dignas y honradas sucede –en un mundo roto y sin equilibro moral- un envilecimiento que lo acepta todo, lo subvierte y se allana al escaso esfuerzo espiritual de la chabacanería. Si ese tipo corruptor cundiera indefinidamente acabarían los hombres en una campechanía de borrachos descompensados, dados a una alegría que ni es suya ni es verdadera y en la que se disuelve toda conciencia humana.
En estos tiempos en que la pirueta de cínico o la insolencia del logrero se agrietan sobre un volcán, bueno será detenerse alguna vez en estas reflexiones. Buena norma para nuestra conducta nos ofrecen las conocidas palabras de fray Luis de Granada: “Defiéndeme, Señor así de la viciosa tristeza como de la vana alegría.” Y aún habría que pedirle la simpatía correcta, decorosa, armoniosa y caritativa, que nos librara del simpático oficial quien para hacernos afines –esta es simpáticos- tiene que empezar por rebajarnos al último grado de la vulgaridad y de la desvergüenza.
Ramón SERRANO SUÑER.
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