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LOS HEROES DEL DIEN BIEN FU

ABC, 24 de abril de 1954

MIENTRAS cabildean los políticos, ya en sus sedes habituales, ya en las dulces orillas del Leman, donde el hermoso tiempo de primavera reúne en un “party”, un tanto escandaloso, a agresores y agredidos, y mientras, más próximos al campo de batalla, deliberan los generales –Navarre, O’Daniel, Cogny- la artillería de la Republica Popular del Vietminh, con la actividad aplastante de cañones y morteros, sigue gastando lo que ya sólo son ruinas de la desde ahora legendaria fortaleza de Dien Bien Fu.

De Castries, el héroe nuevo (otro soldado que en un momento de crisis viene a servir el honor de Francia), reagrupa a sus soldados para un contraataque a vida o a muerte en medio de una situación desesperada, cuando está lejos aún la columna francolaosiana que avanza por la jungla –por añadidura con desesperante lentitud- y cuando es poco probable que se conceda la tregua solicitada por el Gobierno francés para evacuar de la posición el millar de heridos que se asfixin en su pequeño hospital subterráneo.

Ni siquiera es seguro que cuando este artículo se publique –Dios lo quiera- la heroica resistencia no haya sucumbido a la furia y abrumadora superioridad numérica de los asaltantes. En la escena admirable que los defensores están ofreciendo al mundo no falta ni siquiera el episodio ejemplar y conmovedor de la esposa del héroe, instalada en un hospital de sangre, muy próximo al combate, y atenta solamente a hacerse digna del papel que el destino ha querido señalar a su marido.

Mas todo este heroísmo, ¿para qué? Esta es la pregunta que hoy se formulan muchos de los indiferentes habitantes del planeta, sin exclusión de muy amplias zonas de la opinión francesa a las que, independientemente de la ufanía que este heroísmo ofrece, unas veces a su patriotismo, otras a su vanidad, no le resulta igualmente claro su sentido o su razón.

Ya va para dos años –cinco de junio de 1952- escribí en este mismo periódico un artículo sobre la guerra de Indochina titulado “El prestigio es caro”. Señalaba allí la parquedad con que la Prensa francesa se refería a esta guerra, no obstante costarles un precio elevadísimo; mil millones de francos al día y algo mucho más irreparable y valioso: la promoción entera de oficiales que sale anualmente de la vieja e ilustre escuela militar de Saint Cyr. Esa guerra no era –comentaba yo entonces- un asunto exclusivamente francés ni tampoco exclusivamente económico –carbón, caucho, té, café, arroz, intereses del Banco francés de Indochina- como Washington entendiera al principio adoptando, en consecuencia, una actitud de ostensible indiferencia. Era, por el contrario de interés muchos más general –extrafrancés- y tenía que considerarse, ante todo, como un valor común de civilización. La verdad es que no tardaron los Estados Unidos en rectificar su punto de vista y en conceder a la acción de Francia en Indochina un significado de avanzada de la comunidad occidental en el Extremo Oriente, y a sus servicios, allí prestados, la función de baluarte necesario para que el llamado mundo libre mantuviera alguna posibilidad frente a la amenaza de una nueva estructura política –comunista- de Asia, y en apoyo de los intereses esenciales de América en el Pacífico asiático.

Así, pues, aquella pregunta de por qué tanto heroísmo tiene una respuesta. Ni para los franceses puede agotarse la grandeza de ese espectáculo en un mero halago, en un simple alimento de su orgullo, ni para los demás hombres de Occidente puede agotarse en la pura satisfacción estética y moral que la presencia del valor, el honor, la dignidad y la abnegación, produce siempre, aun en los casos en que se empleen al servicio de ideales inciertos. Pero para justificar la administrativa atención que el mundo tiene hoy puesta sobre la heroica grandeza de la defensa de Dien Bien Fu ni siquiera serían necesarios aquellos argumentos de utilidad política, puesto que hay otras razones, más hondas y más nobles, para que la hazaña no pueda ser considerada solamente como espectáculo deportivo.

Tan pobre consideración del gran hecho histórico no importaría demasiado a los defensores de la fortaleza que siempre podrían decir –como dijera nuestro Maeztu en la hora de su sacrificio a sus verdugos- que “ellos sí saben por qué mueren”.

En rigor esta situación no es única sino frecuente y repetida en la vida y en la historia, ya tenga el heroísmo dimensiones de épica notoriedad  -como en este caso- ya revista formas menores disueltas en la vida común. Hay un valor suficiente –superior a la utilidad y de mayor jerarquía que el esteticismo heroico- que es el de la ejemplaridad. Y no importa que el ejercicio de esta virtud, o la creación de ese valor (que todos los días y en todos los pueblos se produce de algún modo) sea generalmente ignorarlo por las gentes insensibles, egoístas o vulgares. La verdad es que tales acciones no se producen para ellos ni por ellos aunque, en fin de cuentas, de la ejemplaridad de unos pocos vivan –sin saberlo- los incapaces de advertirla o de reconocerla. De los días –algo lejanos- en que yo estudiaba Retórica y Poética quedan en mi memoria estos versos neoclásicamente prosaicos de Moratín:

Nunca un pelmazo
Llega a entender
Lo que no cuadra
Con su interés
……………………….

Ahora podríamos corregirlos añadiendo que el “pelmazo” en cuestión –el tonto, el obcecado, el superficial- ni siquiera llega a “entender” el valor de las cosas que, aunque él no lo sepa, sostienen de verdad sus “intereses”.

La ejemplaridad no necesita ser cosa útil (aunque en el caso de Dien Bien Fu hemos visto que, por añadidura, lo es en relación a unos valores de civilización) y ni siquiera necesita ser completamente inteligible. No digamos ya si esa ejemplaridad es heroica. Porque aparte de su valor absoluto –en sí mismo- hay en ella un valor germinal o como de levadura que, cuando no se manifiesta en el presente, queda emplazado como estimulante y motor de acciones humanas para el futuro.

Pueda o no pueda resistir hasta su liberación, sirva o no sirva para mantener la presa occidental frente al peligro comunista, sea o no comprendido todo el valor de su sacrificio, los héroes de Dien Bien Fu no habrán hecho cosa vana resistiendo esforzadamente y sacrificándose por su deber. Porque las grandes acciones son el mejor aliento de la civilización.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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