
Incluido en el libro “Ensayos al viento”

ABC, 13-1-1955
EN prosa limpia y generosa, desde estas mismas columnas, José María Pemán se ha ocupado de un libro -«Almas ardiendo»- que acaba de aparecer. Fuera de ellas un rumor de crítica u censura destempladas, incluso en ambientes liberales –más doctrinal que temperamentalmente liberales, claro es-, se dirige contra Marañón –hombre de significación política bien distinta a la del autor del libro- por haberlo traducido y prologado. Y es esto, más todavía que el libro mismo, lo que me decide a escribir este artículo difícil.
Digamos primero que la literatura de los políticos suele ser más bien mediocre, como lo son casi siempre los frutos de las vocaciones forzadas, improvisadas o subsidiarias. Hay de ello muestras abundantes y no pocas veces ridículas. (Claro que también se produce abundante literatura mediocre extramuros de la política.) Escribir es una de las grandes tentaciones del hombre. El hombre que triunfa, o que se cree triunfante –el vanidoso-, el que alcanza los halagos del poder público o económico, la fama, una situación social o profesional, se siente atraído por la literatura.
Normalmente cuando el político escribe en situación de actividad, o en vacación temporal desde que prepara su regreso, lo hace interesadamente y con frecuencia –porque entre los políticos como entre todo grupo humano lo vulgar abunda más que lo eminente-, su literatura es convencional (de manera más directa diríamos mentirosa), retórica, confusionaria o, cuando más, aproximativa. Pero, claro es, que tampoco faltan ni el caso del escritor nato subyacente en el político –en este caso nos encontramos ante un escritor verdadero, como fue José Antonio, y como son siempre poetas los grandes creadores-, ni motivaciones más puras y elevadas para que un político se convierta en escritor, porque es legítimo 8y en determinadas circunstancias inexcusable y obligado) que el hombre aspira a dar testimonio de sí, y ello sólo puede lograrse actuando o escribiendo.
El destierro, en todos los tiempos, ha sido situación inspiradora de actividades literarias, si bien sus frutos no tengan siempre el mismo valor humano. Descartada para el político desterrado aquella primera posibilidad de dar testimonio de sí a través de sus actos, sólo queda, para el que fue hombre de acción, el refugio en la segunda: escribir. Y si entonces el testimonio no se refiere ya a la personalidad superficial y llamativa de un día, sino al hombre con conciencia y sensibilidad depuradas que sabe que únicamente se es de verdad en la vida del espíritu 8trátase ya sólo del hombre profundo y verdadero), entonces aquel testimonio puede alcanzar un valor ejemplar y extraordinario.
El libro que ahora comento es, como anota Pemán, obra –y aun obra expresiva- de la situación de un desterrado político. Tema humano del que ya se había ocupado muchas veces quien, como Marañón, es un sobresaliente explorador de humanidades y –por oficio y vocación- de humanidades doloridas. Creo que ha sido el descubrimiento de este caso típico y extrañamiento y la adversidad a encontrarse a sí mismo en lo más esencial de su humanidad, lo que ante todo ha movida a Marañón a traducir el libro y a presentarlo al público con unas palabras liminares que son ejemplo de solidaridad cordial –del corazón- y de inteligente, como pocas veces nos ofrece el áspero clima en que vivimos. Y aún añadiré que ello, por parte de Marañón, es acto de pura consecuencia; porque al encontrar un testimonio más del dolor humano y de la vibración que el dolor puede comunicar al alma que sufre, lo acoge y lo presenta sin preguntar a ésta –al alma- a qué partido o a qué pasado político pertenece. Estro es lo normal, y lo anómalo, lo otro.
Sería ilusorio pensar que la relación casual –de causa a efecto- entre la ideología y la actitud se produce siempre. Las críticas liberales a Marañón nos descubren una vez más que así como nunca faltaron algunos «fascistas» partidarios de la crítica de su propio acción, considerándola, incluso, como útil y necesaria y dispuestos admitir los méritos del adversario, no faltarán nunca tampoco liberales fanáticos e intolerantes dispuestos a escandalizarse de una actitud liberal pura e ingenua; con lo que cada vez resulta más claro que éstas no tanto son cuestiones de ideas como de temperamento. Hay quien siente la necesidad de considerar, reconocer, y proclamar valores personales y objetivos con la flexibilidad e independencia que son propias de la inteligencia leal a sí misma. Y hay, por el contrario, quien cree que la inteligencia es un instrumento granítico cuyo único uso posible consiste en el servicio de los propios prejuicios, de las propias pasiones o, cínicamente, de las propias conveniencias. Para los primeros la ideología –incluso la autoritaria- será siempre «una propuesta» a la inteligencia; para los segundos, la idea –incluso la liberal- será siempre un arma con que aporrear la cabeza del adversario.
Para un liberal de temperamento como es Marañón (así deberían entenderlo, si lo fueran, esos correligionarios suyos de mal talante), o para un autoritario inteligente y de buena fe, hacer justicia a «una obra concreta» de un hombre- que de esto es lo que ahora se trata- no supone declararse identificado con su pensamiento, ni solidario de su acción o de su personalidad políticas. Ni siquiera supone darle la absolución ni aceptar su conducta total. Yo mismo, si de juzgar ésta o la totalidad de sus opiniones se tratase, probablemente no dejaría de hacer muchas salvedades; pero el reconocimiento de las bellezas de una obra literaria, su traducción o su presentación, no significa hacer propias, sin más, todas las ideas y actuaciones del autor. (Tan elemental es todo esto que casi avergüenza tener que repetirlo.)
Lo que Marañón hace al traducir este libro –y lo que ya en cierto modo había hecho el autor mismo al escribirlo- es separar, no sin algún desgarramiento, el corazón del hombre probado por la desgracia de la biografía del político que tuvo un día una acción afortunada o desdichada (que eso no importa a los efectos de este artículo), un corazón en el que las pavesas de aquella acción política trasmutadas en experiencia profunda y dolorida, vuelven a encenderse ahora, con bien distinta significación espiritual. Porque lo que no se encontrará en este libro es el retrato íntimo del hombre que fue quemado por aquella aventura y que ahora, solitariamente, ha de encontrar una nueva vida en su simple humanidad.
Leyendo algunas de estas páginas con la nostalgia del hogar perdido, que llevan al frente esta dedicatoria escuetamente estremecedora: «A Chantal, Anne, Godelieve, Leon-Marie y Marie-Christine» -los nombres y el recuerdo de unos niños arrancados a su padre hace ya muchos años y acaso para siempre-, páginas de un libro vibrante, ardiendo, como su título dice, yo comprendo muy bien que un humanista genuino, un hombre habituado a situar lo humano sobre las otras cosas de este mundo, se deje ganar por el sentimiento y por aquella clase de valores en los que todos los hombres –los hombres no «entigrecidos» por el odio- son naturalmente solidarios por encima de diferencias circunstanciales y contingentes.
No perder nunca de vista al hombre, ni siquiera cuando ese hombre es el enemigo, me parece una consigna moral mucho más noble y elevada, y desde luego más positivamente liberal, que todas las declamaciones de los doctrinarios. Lo que justifica al hombre no es lo que declama, sino lo que practica. Y saber escuchar con respeto, con atención y compresión humanas, los latidos de un corazón que llama al nuestro desde el dolor de su destierro, es harto más importante que fabricar teorías y privilegios dedicados a una humanidad abstracta para luego regatearlos o negarlos al hombre concreto.
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