
Incluido en el libro “Ensayos al viento”

ABC, 8-5-1955
HAN pasado diez años ya desde la muerte de Mussolini y las bárbaras profanaciones de Piazzale Loreto, cuando Italia desahogaba la amargura de la derrota en los excesos sangrientos de esa cosa horrible que es siempre la guerra civil. Todo estaba entonces perdido: arrebatadas las colonias, segregado de la metrópoli algún territorio, ocupado todo él, desde el Sur hasta el Norte, por tropas extranjeras, menospreciado el nombre de la nación por las grandes potencias con las que pocos años antes Italia se había igualado en las conferencias internacionales. Apelando a la tutelada espontaneidad de su «demos», mientras se desmoronaban las instituciones unitarias de su patria, agobiado por la pesadilla de la guerra civil, el italiano medio se veía obligado a optar entre la llamada democracia cristiana y una real democracia soviética. En aquel punto agudo y vidrioso de su vida, parecía como si la improvisación de un odio común al ídolo de ayer fuera lo único que pudiera unir a todos los italianos. Y para sacudirse dos o tres años de zozobra y unos meses de tragedia, Italia se sacudía también veinte años de orgullo. Mientras tanto la libertad, bien el más preciado por el que siempre han latido los corazones italianos, aparecía aún como en rehenes ante el empuje masivo de la revolución y del miedo a la revolución.
Así se inventó, entonces, la «guerra de Mussolini» y así, echando todas las culpas –o las ilusiones- de un pueblo entero sobre las espaldas del gran hombre caído, Italia volvía a vivir. Y así resultaba que la guerra era la de Mussolini y no la de Italia, y la derrota había sido sólo de un hombre y no de una nación. Y tengo por seguro que si los hombres que ya no están en este mundo siguen ocupándose desde el otro (con los mismos afectos que en vida tuvieron) de las miserias de este nuestro, Mussolini estará contento, y hasta orgulloso, de haber prestado al pueblo que tanto amó este nuevo servicio de asumir la responsabilidad de todas sus culpas y sus infortunios. Porque él, un hijo del pueblo que puso todo su afán en ser padre del mismo pueblo, hubiera sido enormemente comprensivo para con el egoísmo vital y filial de los suyos y más le hubiera satisfecho esa genial voluntad de continuar la vida a toda costa –que ha sido siempre la más constante capacidad italiana- que un funeral de fidelidades ya inútiles y tardías.
Todo fue con la derrota como era natural que fuera. Mussolini pagaba con su vida -¿Para qué podía quererla ya?- Si en Pizzale Loreto se le fue la zarpa a la fiera de un modo vergonzoso, a Mussolini todo aquello poco podía importarle. Mejor que nadie sabía –lo había escrito- que no iba a ser dejado tranquilo después de muerto, que su nombre había de ser piedra de escándalo y tema de contradicción. Sólo aspiraba a que sus huesos alcanzasen ese mínimo derecho de la ciudadanía a disponer de unos palmos de tierra, donde se detuviera la furia de los hombres. Tengo bien en cuenta que juzgar hoy con sensibilidad y criterio pacíficos –civilizados, objetivos- aquellos sucesos de una hora turbia de la historia que pasó, sería un error de perspectiva; pero han pasado ¡ya diez años! A través de los cuales Italia ha continuado su vida y ha conquistado (aunque con visible precariedad moral) una paz aceptable. Si mucho ha hecho para ello la voluntad de vivir y trabajar de los italianos –pueblo inteligente y laborioso si lo hay-, no menos contribuyeran su tolerancia, su capacidad de olvido, su escaso rencor y su respeto por la vida humana. Por ello, y pese a las grandes tensiones de su política, los italianos han firmado armisticio entre sí y también con los muertos. Para todos hay ya paz en la tierra, para todos menos para Mussolini. No ya su nombre o sus ideas (que ahora no se trata de eso), sino sus restos mortales están todavía proscritos en su propia tierra.
A estas reflexiones, silenciosamente, estaba yo entregado hace unos días en la misa que todos los años se celebra en Madrid por el eterno descanso de su alma. Acto religioso, ya tradicional y familiar entre nosotros, que ha logrado una justeza, a la vez sencilla y solemne, emocionante. Los centenares de personas que a él asisten lo hacen-todas-por devoción y con sinceridad, lo que nos compensa de la falta de algunas otras que debieran estar allí y no lo están. También el que algunas hayan vuelto después de larga ausencia, noblemente, porque lo han hecho en circunstancias que no pueden favorecerles políticamente. Muchas de ellas me expresaron su deseo de que como en otros aniversarios dedicara en éste unas líneas al gran hombre, cosa difícil, pues ¿qué podrá decirse de él que no se haya dicho ya en estos diez años? Su figura y su obra han dejado huella imborrable en la Historia y si no se trata aquí –repito- de anticipar el juicio último de ésta que es patrimonio de las generaciones venideras (espero que éste se parecerá más al que hoy tenemos sus amigos –al menos en orden a su estatura moral- que al que por conveniencias tácticas y oportunistas se apresuraron a improvisar sus detractores), sí considero un deber hacerme eco, desde esta España que tanta amistad le debe, del hecho increíble de la proscripción de sus restos hurtados a la paz de la tierra, a la piedad de sus parientes y a la lealtad de sus fieles.
La facultad de elegir el trozo de tierra bajo el que reposen nuestros huesos es uno de los derechos elementales del ser humano y el respeto a ese derecho constituye obligación sagrada –ineludible- tanto para los herederos como para la sociedad; siendo exigible el máximun de reverencia cuando el testador ordena que su cadáver se inhume en el panteón familiar. Así ha sido siempre. En la antigüedad las costumbres familiares, envueltas en los ritos religiosos, imponían la sepultura del paterfamilias en la propia casa, donde se rendía culto a los lares. El Cristianismo no sólo acogió con especial amparo ese derecho de elección de sepultura, sino que sentó la presunción de que, habiendo sepulcro familiar, en él debería verificarse la inhumación. Y así el “Codex Iuris Canonici” (canon 1.223) dispone que, de no prohibirse expresamente, a todos es lícito elegir cementerio para ser enterrados en él; y que elegido sepultura en otra parte, en aquel se ha de sepultar.
Estas normas de universal vigencia –ante las que, como diría nuestro Rubén, se humedece el áspero hocico de la fiera- nunca se han violado sin escándalo. Por ello resulta difícil de entender que la violación se produzca en un pueblo tan civil y cristiano como Italia, donde la amnistía ha alcanzado ya a todos y en cierto modo –en lo que al nombre se refiere- al mismo Mussolini como lo prueba el gesto elegante del municipio romano que conserva el nombre del Duce en el obelisco del que ahora se llama “foro itálico”.
Ningún informador objetivo, ni siquiera en Italia, y pese a las leyes que persiguen la apología del fascismo, ha dejado de proclamar la grandeza real de la obra musolininana en cuanto atañe a la mejor capacitación del país, de tal manera que sin ella esa recuperación italiana que el mundo considera como ejemplo, no habría sido posible. Hoy, el Mussolini sombrío de las discriminaciones de última hora y de la aventura bélica va cediendo su puesto en Italia al Mussolini de las grandes obras, y al restaurador del orgullo nacional. El pueblo italiano ya no participa en el rencor de una política que llamándose cristiana se obstina en mantener una situación tan falta de piedad como ese secuestro de un despojo que ya no es más que tierra y, sin duda, tierra italiana.
No tenía Mussolini en los últimos días de su vida grandes cuidados por los bienes materiales; en realidad no los tuvo nunca como nunca los tiene el que de verdad se entrega al servicio de una causa y de un pueblo porque no quiere empequeñecer su destino utilizando el Poder como póliza de un seguro. Y si dejó para los suyos poca fortuna, para sí mismo no pidió otra cosa que unos palmos de tierra italiana junto a los suyos en el humilde cementerio de San Casiano, por lo que resulta contradictorio y extraño que un pueblo que un día se lo dio casi entero le niegue ahora tan poca cosa. Poco favor hacen a un pueblo generoso como es el italiano quienes le presentan ante el mundo tan desprovisto de piedad. Como cristianos frente a un Gobierno que se llama cristiano, como amigos invariables frente a aquel gran pueblo, séanos permitido a algunos europeos –para quienes las cuestiones de humanidad no han tenido nuca fronteras- reivindicar la paz y el descanso para lo poco que materialmente queda de un hombre que, por de pronto, fue nada menos que eso –un hombre-, lo que parece en cualquier caso bastante para merecer, sin clandestinidad –cristianamente-, un trozo de tierra, unas flores y una cruz.
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