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Incluido en el libro “Ensayos al viento”

SIR SAMUEL HOARE,
LORD TEMPLEWOOD

ABC, 16-5-1959

A lo largo de treinta páginas he referido, en mi libro “Entre Hendaya y Gibraltar”, los trabajos de Sir Samuel Hoare, Vizconde de Templewood, como Embajador “de guerra” de Su Majestad Británica en Madrid. Ahora, mi sensibilidad no me permitiría transcribirlas, con muchos pasajes polémicos, cuando acaba de morir aquel hombre –ilustre figura de la política europea- al que, más por su decisión que por mi sentimiento, tuve que resignarme a reconocer como enemigo. “Si nunca fue mi amigo –escribía yo entonces- no me avergüenza confesar que en algún momento pensé que dos años de una relación áspera pero inteligente, y con lealtad cada uno a su causa, habría dejado entre nosotros esa huella de estimación parecida a la amistad, que suele quedar de la fricción frecuente entre dos buenos luchadores.”

Poco tiempo después, el libro en que Sir Samuel refirió los lances de su espinosa misión en España venía a desengañarme, sin embargo, sobre lo vano o inocente de mis buenos deseos. Pero no sólo la muerte, que todo lo aplaca, sino el tiempo y los acontecimientos han dejado muy atrás todas esas querellas. Y si en las páginas de mi libro alcancé, como creo, a separar serenamente unas cosas de otras, esto es, los juicios y rectificaciones que merecía el testimonio del memorialista –con frecuencia hostil y apasionado-, de los juicios que merecían el hombre, el político y el embajador, ¡cuánto más fácil me será hacerlo hoy, cuando lo que debía puntualizarse quedó ya puntualizado, y la distancia ha cumplido su acción depuradora!

Cuando avanzada la primavera de 1940 Sir Samuel Hoare fue designado por el Gobierno de Su Majestad Británica para dirigir su Embajada de Madrid, a nadie quedarle duda sobre la importancia que la Gran Bretaña y sus aliados concedían a la posición española. Hoare no era solamente un hábil diplomático, era un verdadero político, una de las grandes figuras del Partido conservador británico, rival en un cierto modo, del mismo Churchill. Llevaba treinta años en la Cámara de los Comunes, había sido varias veces Ministro del Aire, Primer Lord del Almirantazgo, Secretario de Estado para la India, Secretario de Asuntos Exteriores e Interiores, Lord del Sello Privado en el Gabinete de Guerra y, por lo que a la actividad diplomática se refiere, encargado de una Misión especial en Rusia en vísperas de la Revolución. ¡Veinte años de gobierno!

Su política de amistad con Laval y con Mussolini para lograr una mayor inteligencia entre los tres países, no lo recomendaba, por añadidura, como europeo muy en la línea de las preocupaciones dominantes ya entonces entre nosotros. Su primera aparición pública no desmintió esa sensación de acontecimiento que con razón se atribuía a su designación. Me refiero a su presentación de credenciales de la que transcribiré mi recuerdo: “La ceremonia resultó impresionante. Eran las horas críticas. Con curiosidad levemente hostil, escaso público presenciaba desde la plaza de la Armería, junto al Palacio Real, el paso del coche que conducía al Embajador inglés. El cielo estaba cubierto de nubes y caía intermitente una lluvia pequeña. Era un día gris, casi frío, desapacible. (¿También al servicio de Goebbels, loca primavera de Madrid?) En el gran patio del Palacio, majestuosamente enrejado, la compañía de honores con su banda militar interpretaba con solemnidad impresionante y casi lúgubre el “Dios salve al Rey”. A poca sensibilidad que se tuviera emocionaba oír las notas de aquel himno de un gran Imperio que en aquellos días se alejaba del Continente, quebrantando y casi en derrota. Todo el acto tenía el ambiente de una estampa funeral. Arriba, en la sala del Trono, la cortesía había adoptado un matiz de profunda seriedad. El Jefe del Estado, el Gobierno, el Consejo Nacional, los altos cargos militares, civiles y eclesiásticos, en breves hileras de figuras silenciosas. Más grave aún, más seria, casi rígida, con una dignidad que hasta los atuendos un poco militares –impecables- revelaban, entró la Misión británica. Al frente de ella la figura de Sir Samuel Hoare, de continente distinguido, con rostro sanguíneo y levantado. En la mano derecha las cartas credenciales, en la izquierda un espadín ceñido a la cintura. El mundo, en aquellos días, los creía vencidos y ello daba una entonación especialmente dramática a su arrogancia bien medida.”

El ambiente que un hombre de esta talla había de encontrarse en Madrid no sería, al menos en los primeros tiempos de su misión, demasiado fácil. La política española tenía una dirección bien clara y justificada por razones que nadie podía desconocer: los recuerdos recientes de la guerra civil y del partido que, en relación con ella, habían tomado las potencias; la creencia muy extendida de que los resultados de nuestra guerra podían quedar remitidos al desenlace de la guerra mundial, siendo previsible una revisión de aquéllos en el caso de una victoria aliada; la remota probabilidad que para la mayoría de los españoles –equivocándonos, sin duda, como luego quedó demostrado- ofrecía esta victoria; el interés que España, como “pueblo preterido”, creía tener en un cambio en el reparto del poder político en Europa, etc., etc. Mas, por encima de todas estas razones de simpatía, había otra: la de impedir a las mismas potencias del Eje –ya en aquella sazón fronterizas- que forzasen a España, mediante una invasión o una conminación irresistible, a abandonar su posición de no beligerante, lanzándola a un conflicto que, apenas convaleciente de sus heridas internas, nadie deseaba ni podía afrontar sin riesgos gravísimos. Y aún me atrevo afirmar que no era sólo la política oficial la que se manifestaba de ese modo, sino también la mayoría del país, cuya adhesión al régimen había de ser tanto más compacta cuanto más en peligro sentía, por virtud del conflicto internacional, la victoria y la paz ante las esperanzas de desquite de los adversarios.

Es indudable que Hoare comprendió la situación con mucha claridad, y ante ella su elevada posición en la vida pública, su gran personalidad y el grado de “imperialismo personal” que estas cosas engendran, hizo que se sintiese más inclinado a la acción política que a la estricta acción diplomática. Para ambas tenía –y lo demostró- grandes condiciones, pero la imagen de una España partida, y por tanto reversible, le llevó a realizar su misión en términos esencialmente oposicionistas: si de una parte la España Nacional se dejaba regir por la opinión del Gobierno y también pesaba sobre ella la propaganda alemana, él quería dirigir los sectores insatisfechos del país, no sólo el de los derrotados, sino también el constituido por todos aquellos (tal era el caso de las minorías más conservadoras del país y tradicionalmente anglófilas) que no aceptaban de buen grado el tono del régimen. Quiso convertirse aquí en España en centro de la oposición política y lo hizo con decisión y con inteligente eficacia. Fue sin duda todo ello lo que hizo más áspera de lo normal y de lo necesario su misión diplomática, siempre demasiado polémica, bajo la presión de temores, sobresaltos y esperanzas que son propios de todo conspirador. (Nunca comprendió que el verdadero objetivo de la política del régimen fue evitar la beligerancia, y le sobraron ilusiones y esperanzas sobre lo que la oposición política podía dar de sí cuando el recuerdo de la guerra civil era tan reciente, tan vivo y aleccionador.)
Con su inteligencia, su gran caudal de experiencia, su habilidad, su energía y su patriotismo, Sir Samuel Hoare tuvo ocasión de rendir de rendir en España su último gran servicio a la causa de la Gran Bretaña. Puedo transcribir en su honor –me enorgullezco de haberlo formulado aun en horas de una tremenda tensión polémica- este juicio sobre su misión: “Fue un eficaz servidor del Imperio Británico y ninguna otra misión diplomática aliada en España resultó tan valiosa, tan eficaz y tan notoria como la suya. El tuvo presencia y gravedad evidentes sobre el área de la política española y consiguió, en medida apreciable, nivelar la influencia alemana y hasta desviar a muchos sectores de la fe en la victoria del eje o en la conveniencia de esa victoria.”

Durante dos años me correspondió el honor –y hasta la fatiga- de discutir con este hombre sobre los temas más delicados y difíciles. (Dos excelentes diplomáticos españoles, en plena sazón y actividad uno, muerto, por desgracia, el otro, me asintieron especialmente en la dura tarea.) Si bien tanto él como yo defendimos siempre con gran energía nuestras respectivas posiciones, salvo en dos ocasiones el tono de nuestras entrevistas fue cortés y también estimulante, incluso en alguna, nuestra altivez no pudo evitar que fuera afectuosa.

Detrás de su dureza de luchador había un hombre sensible con mucha curiosidad por nuestros valores espirituales: leía con gran admiración a nuestra Santa Teresa, especialmente “Las Fundaciones”, y conocía muy bien a Gracián y a Menéndez Pelayo.

Terminada, con éxito, su misión en España, Sir Samuel Hoare marchó a Inglaterra para convertirse en Lord Templewood y cosechar algunos laureles y también algunas amarguras y melancolías, como es destino común de los políticos.

Hoy todo está lejano. Cedieron unas tensiones y se crearon otras. Aquel gran Imperio cuya crítica dignidad parecía personificarse en la figura arrogante de Sir Samuel Hoare, en la fría mañana de presentación de credenciales a que me he referido, es ya otra cosa. Todo es distinto. El viejo luchador descansa ya, y seguramente nos comprende. Como todos, algún día hemos de comprender. Como es de justa subrayar hoy –al margen de su gestión en España- el gran acierto de su política en el plano europeo, la gran visión de su política de acercamiento con las potencias mediterráneas; de una política que pudo cambiar el destino del mundo.

 

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