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Incluido en el libro Ensayos al viento

HACIA UN PATRIOTISMO
EUROPEO II

ABC, 29-9-1959

NO se puede negar que a partir de la declaración de guerra a la Unión Soviética la propaganda alemana fue muy hábil; la guerra con Rusia le permitía intentar una reagrupación de la conciencia europea y, para lograrla, Alemania provocaría colaboraciones parecidas a la que España le brindaba voluntariamente, en casi todos los países a los que acababa de humillar con la ocupación. Y sin duda pensó en reparar con el “slogan” de “la joven Europa” los daños morales de la primera fase del conflicto. La verdad es que era difícil que en los países sometidos y ocupados cundiera esa ilusión de la que, en definitiva, sería administradora principal Alemania y más propiamente su racismo imperialista. Pero entre los españoles que no estaban humillados, que, por el contrario estaban agradecidos y confiados, esa emoción cundió fácilmente, aunque no sin tropezar también con zonas de resistencia.

Transformado ya en su aspecto positivo –como hemos dicho-, el sentimiento europeísta seguiría creciendo muchos años después y justo es consignar hoy, cuando el europeísmo e al fin la más extendida de nuestras ilusiones (de las ilusiones de nuestro tiempo), que los precursores de ese sentimiento fueron los divisionarios españoles combatientes en Rusia. Y esto que digo resultará inequívoco para quien haya leído los diversos testimonios escritos por algunos de esos divisionarios en forma de crónicas, relatos, novelas o poesías, no sólo ahora, sino ya en el primer momento. Es un de esos testimonios el que ha motivado estas reflexiones. Cuando al capitán Gerardo Oroquieta –prisionero en Rusia- le preguntan los jueces soviéticos por qué razón fue voluntariamente a luchar contra la Unión Soviética, responde con ironía: “Para devolverles la visita que ustedes nos hicieron en España.” En esa contestación está expresada la continuidad de propósitos y sentimientos que convierten aquella intervención de la División Azul en un episodio o prórroga de nuestra guerra civil. Pero en otras muchas páginas, cuando es el capitán quien se pregunta a sí mismo, la circunstancia española pasa a segundo término para dejar paso, en primer plano, al patriotismo europeo; el capitán y sus compañeros están allí porque quisieron luchar por una Europa libre de la pesadilla y de la enemistad comunista.

El hoy comandante Oroquieta Arbiol –un típico ex combatiente de la guerra de España y de la División Azul- no era más que un teniente recién salido de la Academia –después de haber sido en las trincheras alférez provisional- cuando en 1941 solicitó su incorporación voluntaria a la División Azul. Durante un año hubo de refrenar su impaciencia y sólo el día 23 de abril de 1942 transponía la frontera con la nueva División que marchaba a relevar a las tropas gastadas por el invierno cruel de 1941-42. Pero su impaciencia había de ser larga y dolorosamente compensada, pues sólo doce años después volvería a pisar tierra española. Entretanto, transcurrieron horas, días, años, de duro combate y de trabajo extenuante; días y años en hospitales desatendidos, campos de concentración inhumanos, tribunales hostiles, cárceles abarrotadas, viajes interminables, hambre, miseria y humillación… Unos años más tarde de su regreso a la Patria, aquel pequeño alférez provisional de la guerra de España –ahora comandante- buscaría la colaboración de otro militar, el comandante García Sánchez, escritor de pluma fácil, para redactar sus memorias de combatiente y de cautivo. El libro sorprende por su desapasionamiento, su comprensión y su objetividad. Y hay que añadir en su elogio que aun cuando los sentimientos no pueden expresarse sino mediante un cierto grado de retórica, ésta no va, en este libro, más allá de lo indispensable y no deforma, ni envuelve, ni abulta los hechos –ya bastante duros en su desnudez-, que sólo un juicio depurado y una prosa fría a la fuerza de sencillez alcanzan a expresar adecuadamente. En la recomposición de los recuerdos, en la exposición de las situaciones, no se buscan efectos sorprendentes. Se alude de la caricatura en la presentación de los caracteres y son siempre naturales los diálogos. No sólo al leerlo se tiene la sensación de encontrarse frente a un documento veraz, sino que con frecuencia hay en él un punto de pudor que elimina el énfasis usual en el relato de sucesos extraordinarios.

Los escritores existencialistas nos tienen acostumbrados a la descripción de esas “situaciones límite”, en las que la “condición humana” se revela en sus aspectos más acusados o esenciales. Pues bien, aquí estamos en una de esas situaciones límite, prolongada durante doce años, y los hombres expresan en los momentos más tensos de esa situación lo que son en realidad: algunos ceden y se disuelven, otros dudan y sufren agónicamente, pero la mayor parte de ellos siguen siendo hombres enteros, regidos por la voluntad, la moral y el honor, y conservan –como el mismo capitán Oroquieta- una capacidad o curiosidad, de espectadores imparciales casi milagrosa. El testimonio de esta resistencia (o persistencia) en la dignidad humana ofrecida por la mayoría de los prisioneros españoles en Rusia (al borde de una prolongada o constantemente reproducida “situación límite”) es, por supuesto, el “motivo” central de este libro y su enseñanza más confortante. Pero el valor histórico del documento empieza donde termina este heroico testimonio. Estos nuestros hombres de Rusia, este capitán Oroquieta que habla por ellos tanto como por sí mismo, están realizando una experiencia excepcional, que e la de vivir el fenómeno soviético desde su subsuelo más doloroso. Los invitados, turistas y observadores que han pasado por la Unión Soviética, han visto la superficie de aquel fenómeno: unas veces brillante; otras, mediocre, y otras, depresiva; pero su imagen no es completa, como tampoco es completa la visión del viajero que transita por las vías principales de una ciudad, se alija en sus hoteles más confortables, visita sus museos y sus salas de espectáculos, pero no puede asomarse sus suburbios, a sus cárceles ni a sus hospitales. Cuando sólo se ha visto esto último, la visión, naturalmente, tampoco es completa: pero sin ver esto, la otra visión –la de superficie- no es nada. El testimonio de un hombre que ha habilitado en las cárceles, hospitales, campos de concentración y aldeas miserables de Rusia no nos dice todo lo que hay en la sociedad comunista, pero nos permite completar la visión que nos ofrecen los que solamente han visitado las oficinas, las fábricas y los hoteles; pues es precisamente aquí, en esta visión de subsuelo o de arrabal, donde tendremos la idea justa del precio que se paga por todo lo otro. Y ese precio se llama dolor, terror, miseria, crueldad, inhumanidad. Todo esto es lo que aparece en el libro que comentamos con la fuerza extraordinaria de representación que sólo puede darse de las cosas vividas. No sería, sin embargo, tan grande el valor del documento si su autor no pusiera de manifiesto a cada momento estas cualidades de su espíritu: la imparcialidad, la moderación, la comprensión y la caridad.

Realmente en el modo de ver la vida misma que manifiesta el libro de Oroquieta hay una nota que no nos sorprende, porque ha sido común en casi todos los divisionarios españoles, tanto si han escrito sus impresiones y juicios como si nos los han comunicado verbalmente; esta nota común es la simpatía compasiva por el pueblo ruso. Cosa fácil de explicar si se tiene en cuenta que buena parte de los divisionarios fueron gentes idealistas, de elevada moral y educación suficiente. Y por ello, si iban dispuestos a debelar al enemigo ideológico, al mito amenazador, consideraban, sin embargo, individualmente a los enemigos con los que iban a enfrentarse como víctimas de aquel enemigo ideológico más que como sus encarnaciones vivientes. De otra parte, el contacto de los divisionarios con los rusos –cuando no eran el enemigo armado mientras duraba el fuego- se produjo por las capas más humilladas de aquel pueblo desventurado. Fueron primero los míseros campesinos del norte de Rusia; luego, los prisioneros atemorizados y vencidos; más tarde –ya en el cautiverio-, los indígenas en desgracia o los aldeanos y trabajadores sometidos a privaciones o faenas tan duras como las de nuestros propios prisioneros. Incluso entre los soldados y guardianes rusos abundarían –como el propio Oroquieta nos cuenta- pobres gentes mal pagadas, atemorizadas, temerosas de su responsabilidad, pero de inclinación bondadosa y poco afectos al sistema, como suele suceder con los subalternos de todos los poderes políticos muy centralizados e inflexibles. Claro está que no podían tampoco faltar entre ellos tipos crueles, duros, odiosos en su celo servil. Pero en la distinción entre pueblo y aparato político –y aun mejor policiaco- que desde el principio se impuso a la visión de los españoles (y que tal vez era ya, incluso, un prejuicio), estos ejemplares más desagradables, quedarían cargados a la cuenta del régimen soviético, mientras que el pueblo ruso estaría para ellos representado por lo más castigados, humillados y humanos.

Lo que no cabe duda es que, fuera cual fuera el juicio que a la consideración más imparcial pudiera merecer el balance actual de la situación soviética, su “haber” estará duramente compensado por el “debe” de sufrimiento a que el pueblo ruso está sometido desde años y que constituye el precio real de un paraíso que todavía espera en las gráficas de las estadísticas a convertirse en vida real para los 180 millones de hombres que lo tiene prometido. (Amén de los 24 millones anexionados y los 87 “satelizados”). Hay de ese dolor un testimonio compasivo, fraternal, conmovedor, en el libro que comentamos y tal vez sea lo más emocionante del relato la manera como se funde el dolor en dignidad de los soldados españoles con el dolor en humillación de los proscritos soviéticos o de los pobres aldeanos.

De esta experiencia larga y profunda, unos hombres enteros como el capitán Oroquieta y sus compañeros, no podían sacar otra cosa que fuerza para preservar en su ideal y en su dignidad. (Cuanto más escasean en el mundo el honor, la decencia, la delicadeza y la dignidad, más valen la decadencia, la dignidad, la delicadeza y el honor.)

Y quiero, finalmente, decir una cosa: considero probable que las gentes aficionadas a objetarlo todo quizá califiquen de elemental y simple el anticomunismo de este libro, pero ya sabemos a qué atenernos. El comunismo –pese a todas las conferencias- sigue siendo aquello que negativamente define el mundo que numerosos Oroquietas españoles fueron a defender aquí o en la estepa ruso. Que la negación no baste, que la beligerancia no baste, eso ya es otra cosa. Estamos de acuerdo; y también en que en este punto sí que serían –y son- funestas las recetas demasiado simples.

¿Qué es lo que puede –y debe- oponerse al inconfundible enemigo comunista? Por de pronto –sin entrar hoy de lleno en tan grave cuestión- me parece que al terminar la lectura del libro que comentamos podríamos contestar: No faramallas retóricas ni libelistas profesionales, sino un mundo de hombres capaces de sostenerse auténticamente en su dignidad. Esta es la lección que –sin énfasis alguno- nos explicaron un día los soldados de España.

 

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