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Incluido en el libro “Ensayos al viento”

LA MAESTRA DE LA SANTA COMBA

Noviembre 1959, sin poder puntualizar
día por no haber autorizado su publicación la censura.

ENTRE las noticias de grueso calibre ya inevitables –periplos de estadísticas, atenuación de la guerra fría, aunque con incidentes que amenazan con nuevos dramatismos- y las noticias de la pequeña crónica –banales pero estrepitosas como estampido supersónico en un mundo que pierde el gusto por la dignidad y la elegancia-, es seguro que algunos lectores con buena sensibilidad, en cuyos espíritus no se haya extinguido la afición por la medida, la intimidad y el silencio, habrán puesto su atención en una noticia –topográficamente modestísima- despachada con dos líneas en un rincón del periódico del día.

La noticia era la muerte de una sencilla maestra nacional en un pueblecito portugués –Santa Comba-, y su apellido –Oliveira Salazar- es el mismo que el del jefe de Gobierno, al que sus amigos y enemigos vienen reconociendo desde hace treinta años las más sólidas y auténticas virtudes. La vida socialmente fecunda y humilde que acaba de extinguirse es la de la hermana de aquel político todopoderoso de su patria.

Nadie piense, sin embargo, que se trata de una hermana olvidada, de una pariente pobre que el gran hombre haya dejado a trasmano en el momento de su triunfo. Creo que, por el contrario, esta sencilla maestra de Santa Comba era hermana muy querida de Salazar y la compañera temporal de sus soledades de célibe y, con toda posibilidad su confidente íntima y su apoyo. En Santa Comba, sin dejar de ejercer nunca su nobilísima profesión, Elisa Oliveira Salazar, la hermana del jefe del Gobierno portugués, ha vivido y cuidado la casa que ambos heredaron de sus padres y en cuya mejora –modesta mejora de una casa que nunca ha dejado de estar al nivel de la burguesía rural- el gran estadista ha aplicada los únicos recursos privados obtenidos durante tantos años de gobierno: los procedentes de los derechos de autor de sus libros, pues es bien sabido que este hombre escrupuloso ha considerado siempre que no podía en el Poder ceder a trabajos venales, y menos aún a especulaciones fáciles, el poco ocio que pudieran dejarle sus servicios al Estado. El Estado es para él patrono celoso que no admite otros cultos, y la función política, función delicada, incompatible con el beneficio y la preocupación por la hacienda privada.

En los pocos fines de semana libres, y en las vacaciones ocasionales, el estadista volvía a ser en santa comba el modesto profesor de Coimbra, acogido a la sobria placidez de la vida familiar y a los parcos cuidados de la administración de ese patrimonio mínimo que no dispensaría a su hermana de seguir dedicándose, sin interrupción, al humilde y hermoso trabajo de la enseñanza elemental.

Creo que merece la pena glosar estas realidades ejemplares que ilustran –tanto o mejor que sus obras de teórico o sus realizaciones de Gobierno- la personalidad de este extraño, melancólico, irónico, sobrio y orgullosos intelectual gobernante. Sobriedad, melancolía y orgullo se enlazan en esta imagen del célibe, austero y claro, escrupulosamente honrado, que disciplina sus necesidades porque es dueño de sí mismo y porque debe dar ejemplo a un pueblo que las tiene también y que ha de hacer de ellas su virtud. La melancólica sobriedad no sería gran cosa en un hombre vulgar (aunque siempre sería cosa digna y estimable), pero alcanza especial significación como reverso de la otra cara, donde brilla la personalidad de un hombre con una enorme dotación inteligencia y de eficacia y un gran sentido de la responsabilidad.

La personalidad del estadista cuyas virtudes positivas –respecto a las cuales las negativas o de abstención vienen a ser como el «contraste» al metal precioso- tampoco han sido negadas por sus más enconados adversarios. Del equilibrio de las unas y las otras, talento-austeridad, nace con toda legitimidad el orgullo de que hablamos; virtud dura, pero virtud cierta en un hombre que sabe de la estimación justificada del propio valor.

Ahora bien, en el acuñado de esa moneda, grabado por un lado con la virtud ascética  por el otro con la conciencia responsable de la propia valía y de la dedicación íntegra de esa valía a una empresa abnegada, ¿no habrá tenido alguna parte la ejemplar maestra de Santa Comba? Ella ha resistido con discreción a todas las tentaciones de la vida cómoda y de la vida influyente o brillante. Ha seguido siendo la buena maestra, la modesta administradora, que tenía su casa limpia y acogedora para dar al hermano –seguramente con todo silencio y discreción- ese poco de seguridad, de arraigo y de paz, sin los cuales ninguna vida humana puede soportar las grandes tensiones que comporta el vivir haciendo historia o, más modestamente, política. Con toda probabilidad, los diálogos de Santa Comba -¡cuánto interés humano no tendrían!- han sido siempre diálogos serenos, confortantes, confirmadores. No habrán sido los diálogos del presidente y la hermana (ni aún del presidente y «su abnegada hermana»), sino los del profesor y la maestra, los del hombre y la mujer unidos por el vínculo más sereno y desinteresado, más acompasado –vidas que crecen paralelas y se apoyan en los mismos recuerdos y afectos de siempre- que entre hombre y mujer puede darse.

Cabe imaginar ahora la soledad de este hombre, cuyo relativo defecto (a juicio de los que le han visto con más proximidad) ha sido siempre aquel de la inasequibilidad, de vivir sin iguales, rodeado de personas que aun en los casos de mayor brillantez no han podido superar moralmente la condición de subordinados. Su soledad será ahora mayor, casi completa, sin atenuaciones ni descansos.

Desde hace algunos años, la figura de Salazar, por largo tiempo indiscutida, salvo en núcleos reducidísimos de una oposición doctrinal que venía del pasado y no tenía porvenir, comienza a aparecer ante algunos grupos de portugueses con caracteres menos seguros. Nadie le niega aún el haber sido el adecentador de Portugal, el hombre que restauró su economía, ordenó su administración y su vida, elevó su prestigio en el mundo y creó un sistema de instituciones útiles. Pero han pasado los años y, de una parte la conocida ingratitud de los pueblos, y de otra, su instinto natural, hacen que muchas gentes se pregunten por el porvenir. Salazar calla. Ya no tiene junto a sí la sombra tutelar de aquel discretísimo y fidelísimo jefe –el general Carmona- a quien él convirtiera en una especie de rey «fáctico». Los principios de una economía que él aplicó severamente al país, concebida sobre el principio del ahorro y la nivelación, están en discusión y se afirma que a ellos y a la estabilidad de la moneda sacrificó las transformaciones sociales y económicas del país o no les imprimió un ritmo acelerado. El régimen que Salazar creo, el Estado que restauró y puso en orden, parecen cosas excesivamente idénticas a su propia persona y parece aumentar el número de los que no están persuadidos de una vigencia institucional independiente de la inteligencia y la acción del jefe. Salazar es, sin duda, dicho sea con todo el reconocimiento que es debido a su valor y a su genio singulares, un caso extremo de paternalismo político. Admirable y legitimado por una conducta extraordinaria. Los que le reprochan que no dialoga con su pueblo (pero por el que tanto ha trabajado y trabaja, quiero añadir yo, todavía, una vez más), se preguntan si Salazar no está llegando a ese punto difícil de esquivar en que la valoración de sí mismo pueda llevarle a encerrarse en el círculo vicioso que pudiéramos llamar la «conciencia del insustituible». Yo no lo creo así, pues un hombre de tanta responsabilidad (probablemente el que con mayor objetividad haya ejercicio el poder personal en Europa) no es posible que deje de estar atento al gran problema del desenlace. Por de pronto, a la muerte de Carmona no quiso sucederle en la Jefatura del Estado, sin duda porque quería que cuando llegara la suya quedara sobre él –y sobre todos- una pieza institucional de autoridad superior.

El retiro de Santa Comba, que el viejo profesor de Coimbra se ha prometido a sí mismo más de una vez, como término de su ilustre tarea pública, se ve hoy privado del elemento de estabilidad que, sin duda, era la humilde maestra desaparecida. ¿Servirá esta «muerte tan escondida para acelerar o para retrasar una decisión en todo caso grave. Delicada y difícil? Porque del carácter grave y trascendente de esta medida, sobre que no es tema ni materia para un juego alegro, no podrá caber duda en la conciencia de ninguna persona responsable. Tratar el tema con más amplitud no sería discreto. Nuestra intención queda cumplida al evocar este aspecto de la vida del insigne estadista, que, sea cual fuere su destino final, quedará en la Historia en lugar preferente entre los hombres atentos a la responsabilidad como ejemplo, pocas veces superado, de entrega plenaria a su pueblo, de acrisolada honradez y de elegante discreción.

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