
También podemos ver este artículo en el libro “Ensayos al viento”

15 de febrero de 1960
En los días pasados se planteó al Ejército francés una opción dramática: disparar correcta o incorrectamente, luchaban por defender en Argelia el honor y los intereses de Francia -y, con ello; los de Europa- o sacrificar el orgullo, el prestigio y quizá el poder del hombre que, por sus méritos, representa, sin fácil sustitución, la unidad de los franceses y la misma posibilidad actual del Estado.
Más útil que discurrir durante la insurrección sobre cuál sería su evolución, cuando los hechos podían en cada momento desmentir las conjeturas, será reflexionar ahora sobre las circunstancias y motivos por los cuales aquella opción ha podido plantearse o pueda aún plantearse después de una solución puramente fática del recientísimo conflicto. Digamos por lo pronto que el Ejército ante tan grave caso de conciencia, ha sido factor decisivo para que las cosas no hayan llegado a sus peores extremos. La forma concreta en que se han producido los “ultras” después de la destitución de Massu,que era indudablemente el más auténtico intérprete del “mandato” del 13 de mayo, puede ser discutida. Sus razones, en cambio, no pueden ignorarse: ellos, y la multitud de musulmanes ganados por la civilización europea, quieren seguir siendo franceses. ¿No sería demasiado sorprendente que la misma Francia les discutiera a tiros ese derecho? ¿Representaría a la verdadera Francia el hombre que diera la orden de fuego?
El 13 de mayo marca la fecha de una de las operaciones políticas más admirables -por su racionalidad y su medida- que hemos contemplado en muchos años. La mejor Francia volvió a aparecer a través de ella como paladín de la causa europea. La guerra civil fue conjurada. El patriotismo se impuso sobre toda cuestión partidista. La reforma constitucional se llevó a cabo con inteligencia y rapidez para abrir una nueva etapa política que hacía compatible las exigencias de la tradición liberal de la República con las necesidades de una hora crítica abierta hacia graves problemas, que exigían frialdad de juicio y seguridad ejecutiva. El más grave de todos -el promotor de la crisis- era sin duda el priblema argelino, que a la luz de los acontecimientos del 13 de mayo no podía tener más que una solución: salvar -bajo una u otra fórmula- Argelia para Francia y para Europa, subordinando a este interés principal y legítimo las consideraciones retóricas sobre la libre determinación postulada por demócratas “pro domo sua”, buscadores de negocios, demagogos internacionales y “redentores” decididos a ampliar sus posiciones estratégicas.
En aquel aspecto el mandato recibido por De Gaulle -el mandato del Ejército de Argel refrenando por la nación francesa- parecía inequívoco. Lo más difícil, que era restaurar la unidad del país y constituir un Gobierno fuerte, estaba conseguido. El camino parecía claro, pero a los pocos meses, igual que la solución, volvía a oscurecerse y se creaba una situación complicada y confusa. El conflicto entre quienes se consideraban mandantes (o exégetas del mandato) y el mandatario, a su juicio desviado, tenía que producirse más tarde o más temprano. Los que llevaron al poder al jefe de la nación se llamaron a engaño, mientras los que de mala gana lo aceptaron -resignados a lo inevitable-, incluso los que abiertamente se opusieron a su caudillaje -comunistas y parte de los socialistas-, adquieren ahora el derecho a inspirar la marcha de los acontecimientos postulando el aplastamiento de los patriotas insurrectos, pero no el de los rebeldes del F.L.N., enemigos jurados de Francia. Para conseguir sus fines no dudan en halagar -por el momento- al elegido; pero cuando el orgullo anda suelto todo se agrava, incluso en situaciones menos dramáticas, porque el orgullo convence al orgulloso de que está en posesión de la verdad (sin reparar que sólo Dios la posee), incita a objetivar lo que sólo es subjetivo, a convertir en verdad las propias pasiones y en norma moral las propias conveniencias.
En la prisión del orgullo no es difícil aceptar, utilizar y encumbrar a quienes siendo, en el fondo enemigos se muestran dóciles y lisonjeros, mientras se rechaza, se bloquea o se esteriliza -con crueldad brutal o refinada- al amigo probado (incluso heroico) de la causa o del ideal, a pretexto de una discrepancia formal o de una resistencia honrada dentro de la fe y la fidelidad y muchas veces exigida por las mismas. ya lo hechos demuestran que es así, pues ayer mismo los “nuevos amigos de De Gaulle” -un grupo de comunistas, antes sus enemigos más encarnizados y con la IV República derrocados- no ha votado la concesión de plenos poderes “porque pueden ser utilizados para continuar o intensficar la guerra en Argel”. Con demasiada frecuencia en las empresas politicas cuando con intrepidez y fortuna se ha conseguido lo más difícil, el orgullo malogra el conducirlas a su perfección y a sus últimas consecuencias. Tarea ésta en esencia más fácil y sencilla, unos perjuicios o unas habilidades, orgullosamente concebidas como valores indiscutibles y aciertos seguros; pueden muy bien producir hoy en Francia, una catástrofe y destrozar el prestigio y las posibilidades de un hombre que los ha conseguido en buena lid y en ocasión más complicada.
En realidad, lo que se pesa en la balanza de Argelia son dos cosas de peso muy desigual. De un lado, una provincia europea -no una colonia explotada- incrementada por masas indígenas orgullosas de haberse incorporado a una civilización superior. De otro lado, un fantasma ideológico o emocional pasajero y encarnado por unas minorías violentas, inmaduras para cualquier tarea ordenada fomentado por imperialismos codiciosos de barrer a la vieja Europa y sustituirla en todas sus posiciones. Oportunos o inoportunos en su acción, no cabe duda de que los colonos franceses están sobre el platillo de más peso. Una presión de intereses turbios, de vacuidades y resentimientos, gravita sobre el otro. En esta hora de crisis, cuando el problema sigue vivo, los españoles, olvidando viejas querellas -sólo en las almas muy viles es imprescriptible el rencor-, deseamos que el hombre que representa a Francia -y en este pleito a Europa- no se satisfaga en su orgullo con la gloria de oropel de ser el mero sostenedor de esa balanza que no es ciertamente, la balanza de la Justicia.
Ramón SERRANO SUÑER
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