
Incluido en el libro “Ensayos al viento”

Zarauz, 22-8-1960
YA han pasado meses desde su muerte, pero no se debilita su recuerdo. Su muerte habrá dejado de ser tema de aquella actualidad periodística que produjo una verdadera congestión de necrologías de urgencia, alguna excelente; pero la dolorosa impresión que nos causara no ha podido fundirse –en el transcurso de ese tiempo- con las otras pruebas y decepciones que sin cesar depara la vida.
Muchos españoles que veranean a lo largo de esta costa cantábrica –en la que su presencia era habitual por estos días- evocarán, sin duda, la figura de Marañón, médico y amigo. Fina, delicada, irreemplazable, es la compañía de un médico amigo si –como sucedía con Marañón- une a esa doble condición alentadora otras muchas de inteligencia y generosidad. Una compañía, una relación de tal naturaleza son descanso y consoladora excepción entre la mayor parte de las otras relaciones –las más frecuentes y forzosas –casi siempre enturbiadas por asperezas, antipatías y rencores, incomprensiones y egoísmos.
Desde hace muchos años le recuerdo ahora en nuestra coincidencia veraniega en San Sebastián, cuando él venía de su descanso en San Juan de Luz solicitado casi siempre por alguna consulta difícil. Nuestro común amigo el donostiarra Bergareche (famoso especialista tanto en la medicina como en la cirugía de la gastroenterología, insaciable lector lo mismo de las obras de Claudio Bernald –y de otros libros clásicos y modernos de su profesión- que del teatro de Molière o del arte militar -«De la guerra»- de Clausewitz) solía decir que a Marañón le tocaba casi siempre en esos viajes encargarse de casos desesperados para los que la ciencia carecía de remedio, pero que tan amargo lote profesional constituía un sagrado deber del médico auténticamente ilustre que cumplía una función social actuando en esa última instancia, tantas veces inútil. Porque no todo ni sólo en la misión de un médico consiste en curar.
En realidad, Marañón ha hecho –incluso con sus enfermos- mucho más que curar. Y no me refiero ahora a sus escritos científicos, históricos y literarios, que éstas ya son cosas muy sabidas, sino a su capacidad para procurar la salvación de las gentes en los más diversos aspectos y situaciones de la vida. De manera singular pudo Marañón –esto no fue recordado con motivo de su muerte- ejercer esa vocación de proximidad solícita y abnegada en la ocasión –singularísima también- de nuestra guerra civil. Aquellos dramáticos acontecimientos le sorprendieron en Madrid y, desde el primer momento, consagró la mayor parte de su actividad a procurar la salvación de innumerables perseguidos cuya situación de peligro alcanzaba a conocer. Se sirvió para ello, principalmente, de las amistades que tenía en el sector más nacional –y menos violento o cruel- del partido socialista y de algún grupo romántico de la F.A.I., y no cesó en su tarea hasta que públicamente denunciado como fascista, por el ala adversaria y más radical de aquel mismo partido, hubo de tomar precipitadamente el camino de la emigración.
Se estableció en París y permaneció allí durante largo tiempo. Esta ausencia no fue estéril. Desde el punto de vista de la obra literaria de Marañón incluso resultó beneficioso (la vida del emigrado es una vida de patética profundidad, como él mismo escribía), porque a ella debemos el más primoroso de sus libros -«Elogio y nostalgia de Toledo»-, así como los «motivos» de otro, al parecer no terminado, sobre los españoles en el destierro en las distintas épocas de la historia de España, y la admirable evocación de la figura de una mujer: la del gran humanista Luis Vives, por un tiempo maestro en Oxford y que, por el amor de su España, vivía voluntariamente desterrado en Brujas, privado de contemplar la tierra infinita de Castilla y las alboradas luminosas del Mediterráneo. (Esta mujer, culta y prudente, graciosa y abnegada, es Margarita de Valladaura, que, compañera de su vida de emigrado, fue para Vives, como Marañón nos dice, «como parte de la patria remota y creación de otra nueva» y modelo en el que se inspiró el filósofo al escribir la «Institución de la mujer cristiana», uno de sus libros más famosos.)
Un día en la biblioteca de su casa, que con su gran colección de libros de viajes, era como estar en medio del mundo, hablamos de nuestros errores. De Marañón se ha dicho repetidamente que los cometió grandes. Dejando el adjetivo a parte, es evidente que cometió algunos –sirva de muestra el de la República-, como todos los hombres (discúlpenme las personas infalibles) cometemos. Aquí no estoy escribiendo una apología y a las personas inteligentes pocas veces puede gustar el elogio absoluto. Pero compensó sus errores con esa generosidad de que ya hemos hablado, que iba en los momentos graves más allá de las palabras y de las formas corrientes de asistencia. Y es preciso decir que, acertando o equivocándose, tuvo siempre la virtud de no ocultar su pensamiento en relación con los problemas del país, ni deformarlo con indignos oportunismos. Pese a su amabilidad, casi profesional, que muchas veces desorientaba, fue leal a su propia convicción.
Lo decisivo en la personalidad de Marañón es que ésta se apoyaba en sí misma, en sus propias cualidades, valores o méritos y no sobre elementos confusos, ni en las circunstancias adjetivas del privilegio, la dignidad o la sinecura otorgados, ni en cualquiera otra forma de préstamo obtenido en alguna situación contingente. Sólo así es como se talla con solidez una personalidad, como es auténtica y duradera –inseparable de la persona misma- y como adquiere legítima libertad en la acción. Así, si se equivoca en la valoración o en el apoyo de aspiraciones privadas yerra con lo suyo, juega con su propia autoridad y no con la recibida. Las gentes suelen ser poco cartesianas, poco partidarias de las «ideas claras y distintas», sin pararse a pensar que l que en una determinada situación es simplemente error, en otra puede ser constitutivo de ilegitimidad. Estaríamos, por ejemplo, en el primer caso cuando se ponen influencia o autoridad privadas al servicio de una parte en un litigio privado; en el segundo, si la autoridad que se empleara con el mismo fin fuera pública.
Desde su independencia de hombre que todo lo debía a sí mismo, creando la propia ley de su conducta, Marañón pudo equivocarse, o ser parcial, por exceso de generosidad, lo que no sería permitido hacer a quienes han de vivir sometidos a la ley que dio figura y destino concretos a la autoridad o representación que ejercen.
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