
Ante el peligro de una situacón mundial que ni siquiera los más optimistas dejarán de apreciar como crítica y confusa rica en subversiones y conflictos, en la que sin duda se preparan grandes transformaciones que nadie parece aún capaz de orientar, alarma la simplicidad con que incluso los poderes más responsables utilizan la “libre decisión de la voluntad general! como panacea para resolver los más graves problemas.
Estando donde estábamos, siguiendo los conceptos expresados por José Antoio en el teatro de la Comedia (releer ahora su primoroso discurso juvenil, después de tantos años, nos produce como una tierna admiración de padre, porque si su vida terrenal se paró en un punto ascendente de la mañana, la nuestra discurre ya por los caminos en declive del atardecer), los caminos en declive del atardecer), creemos en la validez de las “categorías permanentes de la razón”, por si, con independencia del número de sufragios que alcancen en cada caso. Lo cual no me alcancen en cada caso. Lo cual no me dispensa de precisar -porque otra cosa sería negarme a las lecciones de la propia experiencia -que así como la validez de aquellas categorías de razón está por encima del asentimiento pipular que merezcn, tampoco el solo hecho de cualquier proclamación autoritaria o minoritaria de las mismas nos garantiza su autenticidad. Debemos admitir, ncluso ante la verdad y la razón, especialmente en cuestiones corrientes, ordinarias y no de principio, el asentimiento e los más, la coincidencia de muchos suele constituir mayor garantía de acierto que el dictado de uno solo o de unos pocos por aquello que decía Eugenio d´Ors de que “el Espíritu Sanrto acostumbraba a descender sobre las asambleas”. Y es seguro que el triunfo de la demagogia en los comicios no es más frecuente, y frecuente, y puede, en cambio, ser menos temible que la demagogia de los autócratas, como cada día tenemos ocasión de comprobar en el mundo. Proclamada, pues, nuestra antigua y no rectificada convicción, diremos que lo principal y sustantivo es el respeto a la verdad que la razón impone, y lo adjetivo, el modo de proclamarla.Pero es indudable que antes de acudir al expediente fácil de las consultas populares habría que preguntarse, por una parte, qué grado de madurez o capacidad para el uso de su razón tienen las muchedumbres consultadas, y, por otra, si no hay ciertas cosas que por su naturaleza no son susceptibles de consulta ni de decisión arbitraria. Una de ellas, para entrar ya en ele tema que me preocupa, es la integridad territorial de la Patria. Si un autócrata, cerecenando el patrimonio nacional que es una elaboración de la Historia, entregase un torozo de su territorio vital para sus intereses, sería seguramente considerado como un traidor. Pues ¿por qué lo sería menos una mayoría que tomase la misma decisión? Esta es la cuestión que, a mi juicio, plantean los patriotas franceses en Argelia y en la metropoli- recuérdese la conferencia de Prensa del general Salan y el comunicado de ayer del mariscal Juin en el Museo Foch -cuando se niegan a aceptar el albur de la consulta electoral sobre si Argelia ha de ser francesa o argelina, por tratarse de un trozo de territorio que es de derecho una provincia francesa y no una colonia ni un protectorado; un trozo de Francia y no un pueblo sometido a la tutela o a la explotación de una minoría de franceses.
Si Argelia es consultada es un momento de irresponsable agitación demagógica, de grave excitación pasional, es muy probable que se produzca la separación definitiva, aunque ello no signifique ni la convivencia ni la voluntad auténtica de la mayoría de los argelinos. Y será un resultado irrevocable por el que Francia y Argelia habrán perdido una obra de secular elaboración, y Europa una provincia -no una colonia. en un lugar del mundo que es vital para su seguridad, y donde con toda probabilidad será sustituida por otros poderes, y más concretamente por el poder que más gravemente la amenaza.
En última instancia, el favor internacional y particularmente americano, de que goza la causa de la “Argelia argelina” está fundado sobre la idea de que para que una patria tenga realidad deban darse ciertas condiciones naturales, como son la continuidad territorial, la unidad de razas, de lenguas, etc. Con ese criterio absurdo habría que negar que las Islas Hawai sean un estado de la Unión Americana, Canarias, una provincia española, Azores y Goa trozos del Estado portugués, etc., y lo mismo cabría decir de los Estados “plurirraciarilingües” (EE.UU., sin ir más lejos) o plurilingües que hay en el mundo. No, las cosas no son así. El Estado es una empresa política, un hecho político, que admite las mayores complejidades en su composición, ¿o será que no es un Estado la “pluscuamnacional” Unión Soviética?
Lo que hoy discuten los franceses -con el mundo y entre sí- no es la cuestión general, del derecho de los pueblos a consagrar su mayor edad con la independencia, sino la de si Argelia es o no es parte de Francia; esto es, si su madurez es la de una provincia francesa o la de una colonia. Porque también por madurez, por mayoría de edad, se alcanza la condición de provincia de un Estado civilizado.
Personalmente, nuestras convicciones y sentimientos de europeos están con los patriotas franceses que quieren conservar la Argelia francesa y hacer honor al sacrificio generoso de la juventud que rinde su vida por salvar la causa de la seguridad de Europa y de su civilización, y no podemos ciertamente sentir la menor consideración ante la monstruosa subversión de un grupo de intelectuales al que Jean Paul Sartre ha calificado, con pedantería harto de ridícula, de “individualidades pensantes”, que admira la paciencia de los terroristas del F.N.L. por no haber hecho matanzas todavía mayores.
En realidad, esta confusa situación, en la que una minoría violenta puede tomar el nombre de todo un pueblo y de un conglomerado tribal para sentar en el banquillo de los acusados a una antigua y gloriosa potencia de Europa- “le vieux pays” de Charles de Gaulle-, es el resultado de la alta tensión de poderes que de Oriente a Occidente pasa peligrosamente sobre nuestras cabezas.
Ese derecho de autodeterminación de los pueblos que así da paso a la inmadura irrupción de los nacionalismos africanos y asiáticos, fue bandera agitada por NOrteamérica duratne la segunda guerra mundial, como la habñia sido en el 98, de acuerdo, sin duda, con los ideales del pueblo americano, y con su política de expansión hacia nuevos mercados. Pero no tardó el redentor asiático en hacer presencia dispuesto a discutir con su antagonista, no ya sólo el aprovisionamiento de los mercados, sino la utilización política y militar de los nuevos pueblos, que no habian logrado otra cosa que el cambio de dueño. En este dramático forcejeo, cuando el viento arrecia, lo más grave es la claudicación de Europa. Como excepción, tanto más valiosa cuanto que se produce en un país relativamente inerme, se levanta la figura del presidente Salazar, que, con motivo de la cuestión de Goa, se ha enfrentado con el mundo, manteniendo en discurso memorable -modelo de equilibrio entre el valor intelectual y el temple moral- los derechos de su pueblo. Después de sentar la afirmación de que nunca la geografía legitimó derechos soberanos, recordó como la nación portuguesa se formó compleja en su estructura dispersa en sus territorios, diversificada en los pueblos que la constituyen, pero afirmando una unidad nacional que el esfuerzo de muchas generaciones ha consolidado. Los goeses dejaron hace siglos de ser súbditos de una potencia colonial -como luego los musulmanes de Argelia- para convertirse en ciudadanos de un Estado soberano. Por ello él no admitia negociación sobre la materia; ni donaba, ni vendía, ni por esto, ni por lo otro, ni por nada, a los portugueses de la India, los Santos de la Iglesia, los mártires de la patria o las tierras de Alfonso de Alburquerque. Y este hombre físicamente endeble, de frágil salud con voz y ademanes suaves, no necesitó poseer ni un alto grado militar ni talla física relevante para -con clara conciencia de su responsabilidad ante la Historia, y apoyado en la rectitud de su corazón valiente- ordenar a las pequeñas guarniciones de los territorios de la India portuguesa, que si un día la codicia de alguien quisiera arrebatárselos llevando allí la guerra, el deber de cada uno sería batirse contra diez o contra mil, más allá de lo imposible, para cumplir un deber, no sólo con su patria, sino incluso con un mundo que tal vez se sonriera compasivo ante su esfuerzo.
Ramón SERRANO SUÑER
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