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Incluido en el libro “Ensayos al viento”

PUNTUALIZACIONES A UN HISTORIADOR

ABC, 2-12-1960

DESPUES del desenlace de nuestra guerra –y a lo largo de muchos años- he tenido que enfrentarme con innumerables versiones falsas y comentarios tendenciosos sobre hechos históricos de los que fui testigo y, en ocasiones, participante o protagonista. Nunca he rehuido la verdad ni esquivado mis responsabilidades; pero tampoco he soportado con paciencia ser un personaje inventado por la fantasía de unos, el rencor de otros o la complacida comodidad de no pocos. Con sinceridad, e incluso con vehemencia, procuré reponer la verdad donde estaba suplantada; pero llegaron a ser tantas las tergiversaciones, que, aburrido, hube de replegarme a un desdeñoso silencio, ya que ni era cosa de abandonar mi trabajo para responder a todos, ni en ocasiones hubiera sido fácil superar obstáculos, ni, en definitiva, a nadie parecía importar demasiado la verdad. La hora de escribir la Historia con imparcialidad y exactitud no había llegado.

Si ahora interrumpo aquel hábito de inhibición y de espera es porque me encuentro ante un trabajo en el que la voluntad de hacer Historia (aunque con poca fortuna y sobrados prejuicios) parece manifiesta, y también por la relevante personalidad de su autor, pues no quiero que el silencio pudiera parecer menosprecio. Me estoy refiriendo al señor Wladimir D´Ormesson, «de l´Academie française», escritor y conferenciante distinguido, embajador de Francia en la Santa Sede durante la última guerra, quien en la «Revue des Deux Mondes» -de la que soy habitual-, en número llegado ahora a mis manos, escribe un artículo (reproduciendo recientemente en algún periódico de Centroamérica) donde nos cuenta la indignación que causó al cardenal secretario de Estado que yo no pidiera audiencia al Santo Padre en septiembre de 1940 cuando pasé, en viaje particular, por Roma, terminada una visita oficial al Gobierno del III Reich en Berlín.

Las inexactitudes de hecho, y otras manifestaciones del referido artículo, exigen algunas puntualizaciones. Las haré más como una contribución a la verdad histórica que como un desahogo polémico, y me abstendré de todo malhumor irónico, no sin confesar que he debido reprimir mi primer impulso, pues bien comprendo que no es cosa de exagerar –por el error de alguno- como hiciera Rubén Darío en aquellas imprecaciones de su letanía a nuestro señor Don Quijote –rey de los hidalgos, señor de los tristes-:

… de dolores tantos,
de los superhombres de Nietzsche, de cantos
áfono, recetas que firma un doctor,
de las epidemias, de horribles blasfemias
de las Academias,
¡líbranos, Señor!

Concediendo al académico el honor que se le deba –no, desde luego, el de la inhabilidad ni la memoria segura-, entraré, sin más rodeos, en el tema. Tres objeciones he de hacer al señor D´Ormesson. La primera se refiere a la inexactitud que comete cuando dice que yo era en septiembre de 1940 ministro de Asuntos Exteriores; inexactitud que reitera –y agrava- al atribuirla también al secretario de Estado del Vaticano, quien siendo persona informadísima, no pudo cometerla nunca. La segunda objeción afecta a la conversación que nos dice sostuvo con el secretario de Estado, cardenal Maglione, y en cuya descripción y trascripción me parece que los prejuicios y emociones -¡aquel trágico mes de septiembre!- del diplomático francés ha traicionado a su memoria, pues es sumamente improbable un cardenal Maglione que –al ser interrogado sobre la visita que yo “debería haber hecho a Su santidad”, y que efectivamente no hice- responda “estallando en cólera y arrojando fuego por los ojos” al manifestar que ni había visto ni vería ya al Santo Padre porque me marchaba al día siguiente. Ese cardenal que D´Ormesson ha visto “éclater de colère” está tan alejado del recuerdo que yo guardo del Cardenal Maglione, que me cuesta trabajo aceptarlo, sobre todo teniendo en cuenta que yo lo conocí en situación mucho más susceptible de provocar esas reacciones y, sin embargo, no se produjeron.

Recordaré que pocos meses después de nuestra guerra civil fui a Roma como enviado especial del Gobierno para agradecer al Rey y al Gobierno italiano su simpatía por nuestro país y su ayuda. Llevaba –entonces- el encargo de visitar al Santo Padre, con quien la conversación fue al principio difícil y finalmente conmovedora, como con detalle he referido en mi libro “Entre Hendaya y Gibraltar”. Cuando el clima de plena confianza quedó establecido volqué en la presencia –casi sobrenatural- de Pío XII toda mi sinceridad –la sinceridad de aquellas horas, más entusiastas que reflexivas- exponiéndole la sospecha, muy extendida entonces entre nosotros, de que mientras nuestros jóvenes caían en los frentes de guerra creyéndose apóstoles armados de la Fe de Cristo, en los círculos vaticanos, y tal vez en la Secretaría del Estado, hubiese tanta solicitud para el ilustrado y espiritualismo catolicismo francés como incomprensión para el duro, combativo y menos culto, pero firmísimo, catolicismo español. El Papa no sólo quiso disuadirme de que nuestras sospechas eran infundadas, sino que me pidió que hablase detenidamente con el cardenal Maglione y con la misma cruda sinceridad con que acababa de hacerlo. Y cuando así lo hice me encontré con un cardenal lleno de dulzura y benevolencia, que lloró apesadumbrado y conmovido ante la idea de que pudiéramos considerarlo desafecto a los españoles hijos de la Iglesia. (Así lo vieron, cuando me acompañó hasta la puerta, las personas que me esperaban.)

La idea de que aquel hombre, a quien vi reaccionar con tan emotiva mansedumbre frente a una acusación injusta y grave, pudiera encolerizarse ante una abstención política, cuya significación, como acto de prudencia, no podía escapársele, me parece difícil de entender. Creo que el señor D´Ormesson exagera. Pero en cualquier caso, entre la imagen del purpurado de mirada iracunda –que dejo a su responsabilidad- o esa otra mía del cardenal en cuyos ojos sólo vi brillar una luz de bondad, me quedo con ésta.

En fin –y es la tercera objeción-, al articulista emplea en su relato expresiones que reflejan su extrañeza y su incomprensión sobre el pretendido desaire que hiciera al Vicario de Cristo en la Tierra un ministro español que venía a hablar con Hitler en señalada y grave ocasión. Y ello a pesar de que, según él mismo nos cuenta, el padre Ledochowsky, general de los jesuitas, le había dicho estas sagacísimas palabras: “Yo pienso que el secretario de Estado hace mal en tomar por una falta de consideración hacía el Santo Padre ese silencio del ministro español…, que a mí me parece como un subterfugio lleno de indicaciones.” Estas y otras palabras del sutil jesuita, que también figuran en el artículo del señor D´Ormesson, podían habérselo aclarado todo. Sin embargo, las equívocas interpretaciones que hace el académico francés me aconsejan completar la narración de aquel episodio: En septiembre de 1940 era yo ministro de la Gobernación, puesto que de Asuntos Exteriores no lo fui hasta el día 18 de octubre. Pasábamos por un momento difícil y peligroso. Nuestra comunicación diplomática con Alemania era deficiente, y no conocíamos sus intenciones después de que, ocupado el occidente de Europa, sus ejércitos habían llegado hasta Hendaya. Se hacía necesario un esclarecimiento de la situación. Un ministro de inequívoca significación política –como yo era- tal vez tuviera las mejores posibilidades, y quizá por ésta, y por alguna otra razón, se me designó para esa tarea. Las negociaciones en Berlín estuvieron llenas de escollos y asperezas. La Alemania que había simpatizado con nuestra causa vivía entonces en el cenit de su orgullo y de su gloria militar, y no era interlocutor fácil de abordar, ni tratar de tú, por el representante de un país deudor y, aunque heroico, no bien armado y peor abastecido. Después de mis entrevistas de los dos primeros días con Hitler y sus ministros, Ribbentrop, con estilo directo y rudo, me dijo que el Ejército alemán necesitaba instalarse en una de las islas Canarias. Sobrecogido –por no haber pensado nunca en la posibilidad de este planteamiento-, mi primer pensamiento fue, en señal de protesta, dar por terminada mi estancia allí y volverme a España. Mas como con ello no hubiera mejorado la situación, me dominé y le dije: “Señor ministro, eso es absolutamente imposible, porque se trata de un territorio de soberanía española idéntico al de la Península, que jamás cederemos.” Con suavidad –antes no usada- me aclaró que sólo se refería a una cesión temporal, y yo le manifesté la misma irreductible oposición, haciéndole notar, por otra parte, que los aliados considerarían aquello como un acto de beligerancia y nos precipitáramos en una guerra que no podíamos afrontar; como tampoco podríamos aceptar su idea de que ellos la hicieran por nosotros, ocupando nuestro país, porque eso sería humillante y deshonroso.

En aquel estado de ánimo, dominado por la inquietud y la irritación, yo necesitaba, política y humanamente, compartir mis preocupaciones, oír una voz amiga, en la que encontrara compañía y asistencia. Me acordé de que en Roma teníamos un amigo verdadero que se llamaba Benito Mussolini, en cuya busca fui y en quien encontré lo que esperaba. Cualquier persona discreta comprenderá que esta gestión que podía hacer con Mussolini, aliado de Hitler, no podía hacerla –sin riesgo de irritar hasta el límite de la represalia al Gobierno alemán- con el Vaticano, con quien Alemania vivía ya en inquietante tensión. La sola sospecha de que acudíamos, como niños asustados, a contar nuestras cuitas políticas al Papa y a ponernos bajo su amparo, hubiera sido para Berlín cosa tan ridícula como peligrosa para todos.

Tanto era así que apenas llegué a Roma, el padre Ledochowsky, hombre de finísima inteligencia, que me distinguió siempre con muy afectuosa amistad, y a quien guardo vitalicia gratitud, me llamó por teléfono a la “Villa Madama” (mi delicada, inolvidable, privilegiada, residencia romana) y convivimos una entrevista inmediata. El insigne jesuita comprendió la razón de mis preocupaciones y abundó en ellas del modo más explícito; por lo que, contando con sus buenos oficios, que nunca me faltaron, descarté desde entonces toda interpretación equívoca del Vaticano, y me cuesta trabajo pensar que el cardenal secretario de Estado no estuviera en secreto cuando –con discreción obligada- informó al embajador francés de que la visita al Santo Padre no se celebraría.

Más tarde, el padre Ledochowsky practicaría con el mismo embajador una discreción  aún más intencionada, presentando como conjeturas suyas las razones mías que conocía de un modo directo –por sí mismo-, y procurando –aunque al parecer sin conseguirlo- que el celoso católico francés no se rasgase las vestiduras ante un acto de prudencia elemental que él estaba especialmente obligado a comprender por la experiencia que su país tenía de que el poder militar alemán era, entonces, irresistible.

 

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