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Incluido en el libro Ensayos al viento

DEFENSA DE LO PERMANENTE

ABC, 11-2-1961

LOS acontecimientos de cada día no permiten albergar ninguna duda sobre el hecho –denunciado muchos años atrás por pensadores y políticos- de que vivimos tiempos de crisis en los cuales los sistemas sociales y políticos, las instituciones y las mismas ideas que solemos considerar como los fundamentos y como las manifestaciones de la civilización en que hemos nacido, se ablandan y conmueven de tal modo que ya, para acabar con ella, ni siquiera parece indispensable el asalto final, porque es ella misma –o los sistemas en los que débilmente se sostiene- quien va cediendo, para entregarse mansamente y sin resistencia.

Los poderes que, como consecuencia del disparatado desenlace de la última guerra, suplantan la antigua hegemonía europea, no pueden convencernos como fenómeno de sustitución normativa porque se muestran sólo como un elemento ciego de liquidación y desorden. Es precisamente el eclipse de Europa y la competencia demagógica de esos poderes nuevos, lo que va dejando grandes regiones del mundo –impreparadas para el autogobierno- a su propia merced; incubando así una subversión universal de la que sólo el más tenaz de esos poderes, el más hostil a nuestra civilización, puede aprovecharse para sus proyectos de exterminio. Quien con espíritu filosófico contemple –“sub specie aeternitatis”- tan sombrías perspectivas, tal vez pueda resignarse pensando que las civilizaciones a lo largo de la Historia han muerto y han sido sustituidas unas por otras sin que por ello el destino de la Humanidad dejara de cumplirse, renaciendo siempre –a través de los períodos oscuros- en formas de vida más altas. Pero estas meditaciones que tienen como objeto a la Humanidad en abstracto no sirven para nuestras angustias de hombres mortales, que pertenecemos a una época concreta y a un mundo concreto –el de nuestros padres, el de nuestros hijos- y hemos de preguntarnos, antes de entregarnos, si no será posible detener la ejecución de aquel proceso y hacer algo por la salvación de una civilización que –al no ser toda cinismo o podredumbre- no parece digna de desprecio.

Hay que decir que si esta civilización, con los sistemas que la encarnan, está amenazada y en retroceso, lo está porque las fuerzas que la atacan lo hacen con mayor vigor y decisión que las que la defienden; poniendo aquéllas en juego todos sus recursos y vacilando éstas antes de emplear los suyos, ya se trate de resistir en una provincia concreta, de perseguir un acto escandaloso de filibusterismo o de imponer su autoridad en los centros vitales más importantes del mundo. No es esta ocasión de discriminar si ello ocurre por vicios de la inteligencia (escepticismo, agnosticismo, contradicción), por vicios de la voluntad (molicie, materialismo), por culpa de los dirigentes o de las masas, de los jóvenes o de los viejos, de los individuos o de la trágica desunión de los pueblos; lo cierto es que muchos sectores del mundo occidental y particularmente europeos, se ven asaltados por escrúpulos, se ven asaltados por escrúpulos que frenan el propósito de atajar el mal con medidas enérgicas. Conocer el mal y no intentar resistirlo ya es consumar su triunfo. Y en esta disposición están hoy muchos grupos sociales que mientras siguen ponderando las ventajas de la civilización en que viven, y aprovechándose de ellas, no dejan de replegarse allí donde la subversión aparece, limitándose a oponer tópicos y cobardías donde los remedios heroicos han de imponerse como única solución. Uno de esos tópicos es el apoliticismo del ejército. Que el ejército no tercie en las incidencias políticas, en las luchas de los partidos. Cuando la vida de un país se desenvuelve en un ambiente de responsabilidad, esto es, en situaciones normales y ordenadas –presentes los intereses y las ideologías de los grupos- la mera virtud de la disciplina militar, y la no injerencia en la política contingente, es una prueba de civilización, de discreción y de cultura. El ejército debe ser entonces mudo o silencioso. Hay, pues, muchas cosas en la política de los pueblos en las que el ejército no puede intervenir. Es clarísimo que en una sobre todas no podrá nunca emplearse: en perpetrar la mutilación de la patria o en aceptar el deshonroso papel de avalista o encubridor de su desmembración.

Cuando así hablaba yo recientemente con u grupo de compatriotas europeos (gentes conscientes de los deberes que, a la desesperada y frente al conformismo, impone la gravedad de esta hora del mundo) un ilustre soldado francés puntualizó: “Así es, y en un sentido positivo hay que añadir que para lo necesariamente –inexcusablemente- ha de emplearse el ejército es para evitar aquella desmembración. Porque el ejército –añadió-, como dijo vuestro José Antonio, es la salvaguardia de lo permanente.” Confesaré que oímos con emoción esta cita en labios extranjeros, porque con ello se revelaba, una vez más, el valor que para el nuevo patriotismo europeo podrían tener ideas y consignas de tan limpios contornos, libres de la mixtificación y el amaneramiento de sermoneadores aproximativos y confesionarios. Lo permanente-auténtico, sin el contrabando de egoísmos de clase, de ambiciones, de codicias personales, de osadías y turbiedades. Lo permanente es –y no puede ser otra cosa- el acervo que las generaciones han acumulado a través de la historia en forma de civilización, y también el ámbito espacial que esa misma civilización ha logrado. (A la muerte de Stalin publicó Sánchez Mazas un artículo en el que aseguraba que pese a sus grandes crímenes el zar rojo, por haber ensanchado los confines de la patria, tendría un sitio en la gran historia de Rusia, como lo tiene Pedro el Grande, no menos demoníaco ni soberbio que el rudo georgiano.)

En un mundo donde abundan pusilánimes, ingenuos sin ardor, hipócritas habilidosos que se sirven de las brillantes colaboraciones de los que esgrimen la fatalidad de las corrientes históricas para salvar su responsabilidad dentro de un proceso que consideran irreversible, y que ellos con su conformismo pueden hacer irremediable, es preciso recordar estas verdades y denunciar la ilegitimidad de la contribución que se paga a la amenaza de esta hora. Cierto es que cuando los ejércitos son lo único que les queda a las naciones para evitar el caos, ello quiere decir que la crisis es grave y la enfermedad profunda. Pero cuando ésa es la realidad, ante la desesperanza estéril de quienes aman el mundo en que han nacido y a la vez aceptan “a priori” su condena a muerte, o rechazan –prisioneros de su frivolidad acomodaticia- cualquier forma de salvación que no se avenga con sus prejuicios o sus ventajas inmediatas, es saludable oponer la irresignación de quienes creen que sólo luchando y paso a paso se puede evitar el retroceso. Hace treinta años escribía Spengler que la civilización, en último término, puede ser salvada por un pelotón de soldados. Algunos prefieren dejar el campo a los piquetes de resentidos que desean saldar sus cuentas con ella ejecutándola.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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