
Incluido en el libro “Ensayos al viento”
En 1916, en sus tierras de oro, moría Rubén Darío, el más universal de los poetas del mundo hispánico. “Esta nueva os vino atravesando el mar”, escribió, entonces, Antonio Machado, con lo que no se refería sólo a la noticia de su muerte, sino al misterio entero de la vida, de la existencia, del hecho singular que significa el gran poeta. Porque había sido “atravesando el mar” (me lo hacía notar, hablando de estos temas, otro poeta de gran pensamiento) como le había llegado la nueva de la poesía, el secreto perdido, el aire vivificador, a la vieja lira española que, con la excepción de los tenues acordes becquerianos, venía sonando pobremente, reiterativa, como cansada y sin esperanza, desde hacía casi dos siglos.
Pocas veces en los medios intelectuales –y más allá de ellos, pues el eco no se limitó a los cenáculos reducidos de donde no suele pasar cuando desaparece un valor literario- se ha experimentado una sacudida emocional tan honda. Las juventudes de España y América se sintieron profundamente emocionadas. Y es que, además de un gran maestro y un gran renovador –de él arrancan los gigantes de nuestra poesía moderna Juan Ramón Jiménez y los Machado, alcanzando también su influencia a otros más jóvenes discípulos de aquéllos-, Rubén Darío había sido el poeta en el más alto sentido de la palabra; esto es, el que hace sentir tanto a los hombres vulgares como a los hombres cultos que la poesía es cosa necesaria que sirve para engrandecer la vida, y no es solamente su adorno o solo un placer para espíritus sensibles y escogidos. La palabra tuvo en él la fuerza casi divina que alguna vez llega a alcanzar. Rubén Darío nos devolvió –devolvió a la gente hispánica- esa profunda emoción de vivir que la palabra nos comunica cuando acierta a manifestarnos de un modo nuevo la realidad.
Por eso, no sólo las gentes con formación intelectual y gusto estético refinado, sino todos los españoles de nuestra generación dotados de alguna sensibilidad, conocían, leían, recitaban, sabían de memoria versos de Rubén. Creo que es a esto a lo que debe llamarse –ahora que tanto se habla de ello y tan pocos poetas se leen y recuerdan- un poeta popular: un poeta que presta sus palabras a un pueblo para que las use viviendo con ellas. Darío las prestó a más de un pueblo y fue el primero que hizo efectiva y viviente, por encima de las naciones, la gran extensión del idioma español.
He oído cantar, y creo que el hecho es cierto, que aquel gran don Ramón del Valle Inclán, “el de las barbas de chivo” –como dice Rubén en su retrato-, pontificaba un día, como habitualmente lo hacía en su tertulia de la Granja del Henar, cuando alguien se acercó a darle la noticia de la muerte del genial poeta nicaragüense, y don Ramón lívido, emocionado, se puso en pie, pidió a todos silencio y dijo: “Ha muerto el más grande de los nuestros, Rubén Darío, padre y maestro mágico, liróforo celeste, que al instrumento olímpico y a la siringa agreste…” y así, en medio del silencio que nadie interrumpió, recitó en su integridad y sin rozar palabra, el famosísimo “Responso” que Rubén escribiera a la muerte de Verlaine. Comentando la de Rubén, escribe Sainz de Robles: “El alba, que traía orla de luto, la desgarraron veintiún cañonazos, que son de rigor cuando fallece un príncipe de alguna rancia monarquía. Se cerraron los talleres, las fábricas, las escuelas, los espectáculos, el comercio, el Parlamento. El teléfono y el telégrafo vibraron sin reposo… Cientos de plumas movidas por cientos de espíritus selectos… Durante cinco días el cadáver del poeta fue Meca de emocionadas peregrinaciones…”
El culto de Rubén fue extensísimo y, naturalmente, no siempre sus imitadores y segundones estuvieron a la altura de su magisterio. Si el “modernismo” se fue depurando a través de los grandes poetas que tenían personalidad propia –perdiendo ornamentación y ganando sobriedad y belleza- produciéndose el que un ilustre crítico español ha llamado “medio siglo de Oro” de la poesía española, hubo innumerables modernistas que se quedaron con los aspectos más superficiales del maestro, haciendo una poesía empalagosa y de oropel. En manos de los cursis –sean poetas, recitadores o lectores- todo peligra, y su obra genial no pudo librarse de sus heridas. Pero de todo salió vencedor el coloso, y aún ahora, casi medio siglo después de su muerte, he podido hacer una y otra vez la experiencia de ver como los jóvenes descubren y hacen suyo a Rubén Darío al que tienen presente y al que todavía vuelven porque tiene no poco que enseñarles como escritores y mucho que decirles como hombres.
Pues bien, y ésta es la razón de mi artículo, este gran sinfónico, innovador de la poesía castellana, creador de tanta belleza y armonía, descubridor de España –de una nueva España, como un Colón que volviera de allá- cantor incansable de sus glorias y, más aún, de sus esperanzas –“ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda”-; este español de la otra orilla, ambicioso que pide a todos los pueblos de América la unión, que junten y secunden tantos vigores dispersos en un solo haz de energía ecuménica para volver al antiguo entusiasmo, al espíritu ardiente, espera aún que España salde con él una deuda de gratitud que acaso no tenga comparación con otra, porque tal vez ningún otro hombre, nacido fuera del solar español, haya hecho tanto por su gloria ni haya aportado a España tantos estímulos y tanta fe.
En nuestras plazas y jardines tenemos estatuas que perpetúan el recuerdo de escritores, poetas y novelistas contemporáneos y, aunque todos lo merezcan, ninguno lo merece más que Rubén Darío. Hay que buscar con urgencia un escultor de genio capaz de comprender todas las dimensiones del poeta, toda su grandeza, y representarla en mármol. Con tiento y sobriedad, siguiendo el consejo que nos diera Machado en estos versos inmortales, llenos de resonancias ruberianas:
<<Pongamos, españoles, en un severo mármol,
su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más:
nadie esta lira taña, si no es el mismo Apolo,
nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan.>>
Cuando ya en el declive de la vida hay pocas cosas que apasionan, se siente uno feliz con esta ocurrencia, que nos retrotrae a nuestros años adolescentes. En medio de este huracán de rencores que azota al mundo –peligros, amenazas graves males, deserciones-, en una hora en que sólo la economía preocupa -¡vana ilusión de remedio!- aún cabe un pequeño espacio para el espíritu. Si, al fin, es siempre en la Historia donde se “es”, allí seguirán siendo nadie los de la piara áurea y recibirán la justicia que merecen los que enseñaron a los hombres y a los pueblos la hermosura de entregar la vida a un ideal, a un sueño de gloria.
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