

21 de julio de 1961
EN el caos internacional que algunos pretenden presentar como un orden, se nos ofrece todos los días alguna aberración nueva. Y todos los días también vienen en ayuda de nuestra confusión -para hacerla más grande- palabras, declaraciones, idas y venidas de esas gentes cargadas de tópicos que pretenden hacerse pasar por expertos o que -siendo actores de nota- se consideran a la altura de su misión cuando, en los casos más favorables, son meros diletantes de la política. Hablan de preparativos para un guerra terrible -que nadie puede acpetar con resignación- cuando a la vez abandonan, una tras otras, posiciones que pertenecen con perfecta legitimidad histórica y moral a este nuestro mundo tan gravemente amenazado. Escuchamos apelacioens a la defensa de la civilización cuando todo se prepara para que la civilización se acomode a los raseros más bajos, a los niveles de los pueblos que apenas si pueden aspirar a reibirla de otros. Se fustiga el racismo de los blancos mientras se atiza y legitima el racismo de los negros. Se intenta hacer prevalecer la razón de la Historia y del Derecho, cuando en realidad de lo que se trata es de oponer a una y a otro -detrás del hecho físico- la sordiez del dinero y la razón de los negocios. Proclaman y tratan de poner en vigor para los otros -cuando estos otros son pequeños o débiles- el principio de la continuidad territorial, como condición de la soberanía, quienes no dejan de incluir en su propio Estado territorios más alejados de sus costas de lo que están de sus metrópolis otros por los que se acusa a algún Estado de colonialismo.
Todo se baraja y se confunde en la propaganda de los intereses y lo mismo da un pueblo con personalidad histórica sometido a la fuerza, que una colonia explotada con brutalidad; o un país mantenido adrede y por egoísmo mercantil en la situación que hoy se llama Estado subdesarrollado, que una provincia creada allende el mar por una nación humanísitica que jamás ha conocido la discriminacion racial, nipracticado la explotación de los nativos de otras razas, sino que les ha concedido la dignidad de su propia nacionalidad y las ventajas de su propia cultura.
Entre tanta confusión merece considerarse especialmente el caso del secular y humanístico Imperio portugués, ahora elegido como víctima propiciatoria ante el altar del tópico, del prejuicio, de la tosca generalizaación, con lo que los nuevos redentores de Occidente intentan aplacar a su poderoso enemigo y adormecer a quienes debieran mantener bien despiertos, en vigilia constante. Si ante tatno absurdo pretendemos razonar se nos contestará con suficiencia que no hay otro camino, y se empleará el “slogan” elaborado por el enemigo, y servilmente repetido, de que son “los vientos de la historia” que no pueden resistirse. A veces a estos argumentos, fundados en las consignas del adversario, no dejarán de añadirse otros de orden práctico, económico. Las provincias lejanas, dirán algunos abandonistas, son caras de mantener. (Aunque luego resulte, como ha ocurrido en Francia con el África negra, que se gaste todavía más dinero con el sistema de ilusorias estructuras nuevas de “asociación”, “interdependencia” y otras geniales invenciones. Antes sesenta y cinco mil millones y ahora cien mil.)
Los que aceptan la previsión de una guerra terrible que todas las gentes sensatas del mundo condenan, son los mismo que permiten, amparan y fomentan toda esta desbandada hacia el caos que, con un poco de honradez y otro poco de heroísmo, sin amenazas de catástrofe, se podía haber evitado y evitar aún. pero ese heroísmo no sólo no se fomenta ni procura, sino que ni siquiera se respeta cuando los pueblos pequeños -aunqeu moralmente grandes- se disponen a emplearse en él en defensa de lo que es suyo. Tal es el ejemplo de Portugal, que no se entrega sin resistencia y sin lucha -noble y ejemplar anticipación de lo que pueden hacer aún los pueblos de Europa unidos- y su actitud indica que todavía quedan, a despecho de la poquedad física, reservas morales de esas que de verdad -sin apocalipsis ni grandes palabras- pueden salvar una civilización.
Todavía conviene explicar qué es lo que defiende Portugal: una creación histórica propia, una realidad cultural y política secular cuya originalidad -la nación como trama espiritual diseminada y unídisima en un amplio espacio discontinuo- no alcanzan a entender “los físicos” de la política. Nada de esto tiene nada que ver ocn la defensa de unos intereses capitalistas; de ese capitalismo cínico, sin patria y sin moral, cuyos abusos deshonraron el sistema imperial tal como lo habían entendido los europeos herederos de Roma en los siglos de la gran expansión: como el deber de los más adelantados de incorporar a los más atrasados a su propio nivel; a su nivel en la verdad y en la capacidad para vivir como hombres.
Podría decirse que hoy en el caso de Portugal se exige que paguen justos por pecadores. Esto es, los creadores de naciones deberán pagar los pecados de los explotadores mercantiles de los “pueblos de color”. Eso siempre será inicuo, pero es demasiado que sean los mismos explotadores los que exijan el pago injusto. Si Portugal se defiende, si defiende su gran obra transmarina de creador de pueblos, es porque tiene buena conciencia; porque sabe que no defiende la codicia de unos grupos económicos desarraigados, aunque, sin duda, defiende su legítimo interés de sobrevivir como pueblo independiente. Entre las gentes modestas de Lisboa he oído decir: “nos quieren quitar Angola que es nuestra, la defendemos porque es nuesro pan”. -Piensen los demagogos y los abandonistas en la fuerza de esta idea popular-. Los portugueses de conciencia más fina saben que no es sólo el pan de su pueblo lo que defienden, sino el ser mismo de su nación; la condición de su misma autonomía. pero, por lo que se está viendo, la libertad del Portugal histórico tiene menos valor que la de cualquier grupo humano desprovisto de conciencia nacional y de capacidad de autogobierno.
La demagogia universal, la demagogia interesada de los grandes, hostiliza hoy al noble y pequeño Potugal. Le hostilizan los enemigos y hasta los amigos. Los españoles, gracias a Dios, ni hemos imitado esas conductas ni podemos encastillarnos en la idiferencai. Cuando un Portugal descolonizado haría imposible o muy difícil su independencia sería innoble pensar que nosotros íbamos a ser espectadores indiferentes o complacidos. Tenemos con Portugal vínculos de fraternidad que no serían auténticos si no sintiéramos por la libertad y la dignidad de nuestro hermanos el mismo celo que sentimos por las nuestras. A estas razones de honor y decencia deben unirse, al menos para las generaciones que hoy son España, unas razones de leal correspondencia y de gratitud muy recientes. Hace veinticinco años España sufría la crisis más grave de su existencia y tuvo que enfrentarse con las más grandes dificultades y enemistades. En aquel momento Portugal estuvo a nuestro lado de modo inolvidable. La juventud portuguesa, los valerosos “viriatos”, acudieron a España y ofrecieron su sangre en defensa de nuestra vida y libertad. España, en esta hora crítica de Portugal, no tiene una memoria ingrata.
Ramón SERRANO SUÑER
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