¿Quiénes somos?BiografiasLibros sobre Don Ramón La tragedia del 36HendayaLibros PolíticosLibros JurídicosPrólogosMinistro del GobiernoLa ruptura con FrancoLas conferenciasArtículos de prensaFotosAudio y VídeoPregones

Incluído en el libro “Ensayos al viento”

LA EUROPA DE TODOS

ABC, 23-3-1963

LA mayor parte de las empresas colectivas de nuestro siglo –pródigo en paradojas- han sido a la vez prometedoras y monstruosas. El general De Gaulle es el artífice de una de éstas. Excesivo en todo, en la estatura y en la elocuencia, en los sueños y en los odios, en el dogmatismo y en el oportunismo, el general De Gaulle tiene mucha razón –antes que él la tuvo Laval, su víctima- cuando proclama que es necesaria una Europa fuerte, independiente, dueña de sí misma, decidida a tomar el puesto de dirección para el que sus grupos dirigentes –e incluso populares- están capacitados por sus facultades de invención y de crítica, por su experiencia y su cultura y por el hecho de haber sido los creadores del tipo de civilización que, tras la última guerra, tiene definitivamente a afirmarse con carácter universal. Pero este francés que tiene razón cuando se niega a aceptar una Europa resignada a ser tierra disputada entre dos poderes un tanto primarios, o a convertirse en satélite de alguno de ellos, no cae en la cuenta de que está haciendo todo lo posible para que la Europa necesaria no llegue a edificarse, y actuando como lo hace, con un iluminismo exasperado, tiende a dar por hecho lo que está por hacer y se produce como si el poder de esa Europa estuviera ya constituido y como si él –De Gaulle- fuese su administrador.

En realidad, De Gaulle está incurriendo en el grave pecado, tan frecuente y tantas veces denunciado, de identificar el total de una sociedad por una parte de ella, y esa parte por su intérprete autoritario. De este modo, la fuerza de Europa empezaría por ser la fuerza de Francia (en este caso concreto una fuerza nuclear de disuasión sufragada por Europa entera), y la fuerza de Francia el brazo y la cabeza del propio general, con todo su orgullo que no conoce límites. Es ese error gravísimo. Hace todavía relativamente pocos años (¡era el tiempo de nuestras ilusiones!) se demostró trágicamente que Europa no podía ser la empresa –y menos aún la presa- hegemónica de un pueblo solo; ni la idea de un hombre solo, por genial que éste fuera. Y la verdad es que ya anteriormente, en muchas ocasiones, se había demostrado lo mismo. La realidad, más cierta que las ilusiones, es que Europa es un mundo complejo y que sus diversos pueblos tienen demasiada densidad histórica, demasiado carácter, y también demasiada originalidad para que –Europa- pueda ser otra cosa que un concierto de voluntades. Hay en ella pueblos más fuertes y más ricos que otros, pero en lo fundamental todos se sienten –y son- iguales. Y algo parecido pasa por sus hombres. Por eso, cuando uno de sus pueblos o cuando uno de sus hombres, por encima de todos los demás, quiere sustituir la realidad europea por su propia idea, Europa se convierte en una discordia si no en un campo de batalla.

La verdad es que el gran escarmiento de la última guerra venía sirviendo para imponer a todos realismo (Alemania, en otra forma de heroísmo, se lo ha impuesto más que nadie), y los pueblos de Europa se fueron convenciendo de la necesidad de unirse precisamente cuando ninguno de ellos estaba en condiciones de imponerse a los demás: cuando Francia estaba convaleciente, Alemania e Italia derrotadas e Inglaterra era un imperio caído que vivía con los recursos de su propio trabajo, aunque con un temple ejemplar. Era esa necesidad de todos la que poco a poco parecía ir haciendo Europa. Cuando De Gaulle, a su mayor gloria, cambia el tono, pone en peligro toda la construcción, sin tener para ello ninguna autoridad, pues no es fácil que los europeos en general vean en De Gaulle el hombre necesario. No puede serlo el hombre que, en definitiva, ha ejecutado en Argelia la tesis americana –o la soviética- después de haber hecho imposible la tesis europea que hubiera podido ser –como en otras antiguas provincias europeizadas del mundo- la de una Argelia independiente con los europeos dentro y a la cabeza.

Los errores de De Gaulle son múltiples. Denunciar, como hace, la dependencia de Europa respecto a los Estados Unidos, es una banalidad en tanto Europa no sea una realidad política y una realidad militar autónoma. Mientras esto no llegue, no tiene más remedio que dejarse defender por su aliada atlántica La idea de que Rusia pueda temer a una Europa a medio hacer, con una relación igualitaria dando y recibiendo garantía, es absurda. Pedir garantías soviéticas frente a Estados Unidos sería cambiar una satelización por otra. Dárselas sería de una vacuidad grotesca. Precisamente con quien Rusia busca el arreglo es con los Estados Unidos. Todavía es un error más grave su maniobra para la exclusión de Inglaterra a pretexto de que la Gran Bretaña ha corrompido muchas veces la armonía del continente y es un puente para mantenerlo bajo la supremacía de la familia anglosajona, pues precisamente por eso hay que integrarla en Europa, europeizándola de una vez. De otro modo seguirá comprometiendo la unidad del continente y añadirá “su cantidad” decisiva a la supremacía americana. Sin pararnos a considerar ahora quién iría a consumir los productos de la agricultura continental, la “cantidad” inglesa es condición necesaria para una Europa suficientemente autónoma y la experiencia inglesa es igualmente necesaria si Europa tiene que encargarse, por medios no coloniales, de la puesta a punto de ciertos trozos del planeta, comenzando por África, que es su más ineludible responsabilidad.

También es otro error el cálculo –o la maniobra- gaullista sobre Alemania. Su idea de que Alemania no puede presentarse por sí misma a la cabeza de Europa, porque aquello determinaría una fuerte reacción, le sugiere la de encubrir ese poder renaciente a cambio  de representarlo. Ese es un juego de debilidad y astucia sumamente peligroso. Sería más claro, leal y seguro, responsabilizar a Alemania reconociendo pura y simplemente su enorme importancia y su potencialidad. Lo que, además, serviría para contrapeso de lo inglés si De Gaulle no fuera un emperador alucinado que cree que su propia personalidad basta para poder compensar en la balanza la actual, relativa, debilidad de su propio país.

El peligro representado por la política de de Gaulle ha alarmado a muchos franceses y alemanes; pero más profundamente todavía alarma a los pequeños suropeos, a los más necesitados de serlo y más entregados a la voluntad de serlo. Es una alarma justificada. La Europa de un pueblo dominante, o de un hombre iluminado, como por otra parte la de Europa de un solo grupo social, ya no es posible. Ni sería deseable, ni genuina. Ni tampoco llevaría al mundo a la concordia y a la razón, sino probablemente a la tensión o al conflicto. La Europa que hace falta -con la fuerza real y la ambición histórica capaces de ponerla otra vez en el vértice del orden mundial- es una Europa de los pueblos; y aún más propiamente, una Europa de los hombres. Una nueva y ancha patria para ciento ochenta millones de hombres que están demasiado maduros para buscar o aceptar delirantes y profetas que los sustituyan.

Ramón SERRANO SUÑER

 

Artículo anterior - Volver al índice de artículos de la década de los años 60 - Siguiente artículo

 

 

Foro Fundación Serrano Suñer - Teléfonos: 669 35 91 36 / 609 70 26 19 - email: info@forofundacionserranosuñer.es