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Incluido en el libro “Ensayos al viento”

PAISAJE INDEFENSO

ABC, 28-9-1967

ESTOY en un hotel, ya antiguo, de una capital mediterránea. Entro en él pasado por un jardín entre palmeras y buganvillas, solanos, jazmines y otras plantas fragantes, sin el empalago de la, allí casi inevitable, dama de noche. Cruzo un “hall” amplísimo y salgo a una enorme terraza con suelo y balaustrada de mármol abierta sobre el mar. Pero entre éste y el hotel se interpone ahora (desagradable novedad de esta visita) un monstruoso edificio en construcción, ya casi acabado, que rompe el paisaje, y otros más que se empiezan para consumar así la obra destructora. En cierto modo este hotel es un superviviente de otra época, como lo son –con importancia mayor- los grandes monumentos artísticos que ya nadie edificaría pero que crean el ambiente gracias al cual ciertos lugares atraen e interesan para ser visitados y vividos. La prestancia y amplitud de este tipo de hoteles que en una consideración superficial de las cosas pueden juzgarse hoy como excesivos y antieconómicos son, sin embargo, la razón –con la armonía, la belleza y la calma- de que muchas personas se establezcan temporalmente en las ciudades que los conservan. Mientras que en la elección de terrenos para locales de oficina o de trabajo suelen pesar poco las circunstancias ambientales, éstas son, por el contrario, decisivas para recoger sitios destinados al descanso o al recreo.

Este hotel, que ya forma parte de la fisonomía de la ciudad «cantaora» -como Manuel Machado la llamara-, que es ya un valor suyo, que es parte de su patrimonio como la Alcazaba, la Catedral o las palmeras, y que ofrece al viajero exigente la cómoda serenidad que busca para el reposo de unos días, se teme que sea pronto devorado por alguna de esas inmobiliarias que, bien conexionadas, lo pueden todo: lo admisible y lo inadmisible, lo que permiten y lo que prohíben el Derecho y la Moral.

Menos que nunca es ahora lícito destruir la hermosura del paisaje y la amenidad de los ambientes tranquilos y sosegantes. La belleza natural o construida por el hombre es hoy algo más que un lujo; es una necesidad, una medicina para curar tantos males como engendra nuestra época con el ruido la prisa, el utilitarismo y la aridez brutal de la vida diaria en una urbe laboriosa. Destruir todo esto sería tanto como destruir aquella medicina y aún peor; sería sustituirla por el morbo que estaba destinada a curar.

Con un simplismo interesado se alegarán razones económicas sin tener en cuenta que en las zonas que se acreditan para el turismo o el descanso el valor estético multiplica su valor económico. Para salir al paso de esa fiebre destructora hay sobre todas una razón. El paisaje de España es de todos los españoles; sus monumentos, sus ambientes son un patrimonio común que no puede venderse en provecho de unos pocos. No estoy hablando sólo en nombre de una sensibilidad estética alarmada; es que todo eso, además de brutal, es un malísimo negocio que consiste en cambiar por dinero urgente (¿y a dónde irá ese dinero?) las fuentes mismas de una riqueza a la que tanto valor se concede ya que por desgracia España es, por el momento, un país que remedia su déficit de producción exportable vendiendo o alquilando clima, belleza y sosiego. Convertir a la monotonía, a la vulgaridad, a la uniformidad, al mal entendido funcionalismo, la riqueza ambiental y característica de España es un despilfarro y un delito que urge reprimir con medidas inteligentes. Destruir todo eso es acabar con el objeto que determina la atracción turística, es matar la gallina de los huevos de oro.
Audaces y espabilados sacaron ya adelante las más absurdas realizaciones, verdaderos crímenes urbanísticos. Luego, ante su evidencia, el unánime veredicto condenatorio y el clamor de sus víctimas –pueblos enteros- llegan retrasadas disposiciones prohibitorias (en ocasiones de un simplismo primario) que frustran algún proyecto de grupos menos madrugadores y situados. Algo es algo.

Hoteles funcionales, cómodos y anodinos los hay por todas las esquinas del mundo, pero con esta personalidad y carácter quedan ya pocos. Seguramente se nos dirá que el solar vale mucho y que la rentabilidad del negocio es poco brillante. Pero ¿son acaso rentables el Castillo moro, la Catedral o el Paseo marítimo? Se gasta el dinero de todos (con aplauso muchas veces, cuando se acierta), para restaurar lo que a dignidad de nuestras ciudades, a la belleza del paisaje y al interés turístico conviene, y se crean de nueva planta instalaciones lujosas y superfluas para contribuir al tono o al prestigio general del país en tanto que es país de viajeros. Merece la pena estudiar la manera de ayudar, de salvar, estos elementos de decoro tal vez poco lucrativos inmediatamente y en apariencia, pero que a la larga constituyen la razón misma del crédito por el que son rentables los propios establecimientos utilitarios. Sin que quepa en estos casos aducir el interés general porque los beneficiarios de la destrucción no son nunca los más, sino los menos; los lanzados al vértigo de la especulación.

En algunos países están ya en revisión los criterios groseramente cuantitativos de la política de turismo para dar la debida importancia a su aspecto cualitativo. El turismo cuantitativo es, si se quiere, un servicio social a escala planetaria, y facilitar las vacaciones de esas masas –con todos sus inconvenientes- es un imperativo de nuestro tiempo. Pero mientras el turismo sea el recurso económico de un país pobre habrá que atender con mucho cuidado al otro turismo: al que paga algo más de los que gasta, de lo que consume o de los que destruye. Por otra parte, ambos aspectos son compatibles, y no es precisamente por el primero por lo que la sed de lucro de unos impacientes sacrifica paisajes, destruye ambientes y acaba con la dignidad urbana. Se trata simplemente de que los grupos dedicados a esta tarea destructiva van a lo suyo. Vayamos nosotros a lo nuestro, que es conservar una España atractiva, decorosa, capaz de interesar a las gentes de mejor calidad; pero, sobre todo, capaz de dar satisfacción a los mismos españoles. Porque cuando las ciudades se ponen en venta por obra de quienes asesinan el ambiente, las primeras víctimas son, en definitiva, los españoles que en ese ambiente han nacido, que lo necesitan y lo aman como cosa propia.

 

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