
22 de abril de 1993
Para dar testimonio, como deseo, de mi cariñosa amistad con vosotros, Helena, Fernando y familia, yo no dispongo de la pequeña poesia que el ingenio de César González Ruano asegura que todos llevan en su memoria para casos como este; yo ni pequeña poesía, ni pequeña prosa, sólo el impulso libre del sentimiento de cariño y amistad que se mantiene siempre por encima del tiempo, de la soledad y del dolor, y mantengo especialmente vivo el recuerdo de Fernando, de aquel gran español y la independencia de los dos nos llevaron a una estimación que no nació de inertes coincidencias ideológicas, sino de la confrontación de discrepancias y antagonismos, porque él era un hombre valiente y claro, bien lejos de tanto espíritu retorcido y cauteloso en cuyo fondo no hay otra cosa que mezquindad y egoismo por mucha que sea la sobrecarga de pomposidades y de historias. (Fernando ¡además! era Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, algo muy querido para mí, de una época en que la obtención del título era una prueba exigente, difícil de vencer).
Yo no sé si Fernando tuvo honores oficiales, pero es seguro que ha de ocupar un sitio en el lugar que la Historia reservaa las personas auténticas que observaron en su vida una conducta pública ejemplar. Diré por otra parte que intimida el compromiso de escribir en un album como este, en cuyas páginas resalta la prosa o el verso de tantos hombres ilustres: Azorñin -siempre Azorín- Eugenio d’Ors, Marquina, Muriac, Eça de Queiroz, Oliveira Salazar… y sobre todos tus delicadas, tiernas, palabras a tu nieta y las del último homenaje a tí post-data.
Fino -y como en todo- elegante escritor (pensemos en la Revista de “Acción Española”) he recordado especialmente en los tristes días de la enfermedad y muerte de Zita la primorosa descripción que escribió un día sobre su belleza y su elegancia que quisiera hoy más que nunca, cuando ella está en el cielo, tener conmigo.
Político con gran firmeza, como digo y todo el mundo sabe, pienso que sin duda era un buen cristiano. Quisiera aquí pediros una puntualización; en la Iglesia del Corazón de María, Claretianos, calle Marqués de Urquijo, hay un Cristo milagroso, posiblemente de la imaginería del siglo XVII, segoviana, donado por el Marqués de Quintanar, es algo que acabo de describir.
Ramón SERRANO SÚÑER
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