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Incluido en el libro “Ensayos al viento”

MOVIMIENTO EUROPEO

11-3-1964

LHace poco tiempo se nos preguntó sobre la definición del espíritu europeo en encuesta de espacio tan limitado que no permitía desarrollar mínimamente tema de tanto interés. Insistiré ahora en algo de lo que allí dije y añadiré lo que entonces no me fue posible decir.

La realidad de Europa, en cuanto unidad de cultura y civilización, no parece haber sido dudosa en ningún momento y ha estado siempre presente en las mentes más lucidas de los hombres ilustrados de todos sus pueblos, aunque muchos de esos pueblos hayan dado, sin embargo, y vivido versiones diferentes de esa unidad cultural que, por otra parte y especialmente en los últimos siglos, ha sido compatible con la existencia de diversas y contradictorias concepciones del mundo o sistemas de pensamiento. Estas unidad y variedad nos ofrecen ya la primera característica del espíritu europeo, explican su enorme riqueza y permiten comprender por que su definición no sea fácil ni sencilla.

 Es justo señalar que en el empeño en aprehender este espíritu europeo, a cuya investigación con tanto afán se han dedicado pensadores, sociólogos, historiadores e incluso poetas, especialmente en estos últimos cincuenta años, no han sido los españoles los menos interesados. Particularmente uno, Ortega y Gasset, debe ser considerado entre los más agudos y proféticos meditadores del tema europeo. Sin olvidar a Eugenio d'Ors, que figura como un verdadero profeta del federalismo de las «regiones naturales» europeas. Y hoy casi todos nuestros ensayistas -por el lado cultural o por el político- conceden a tan grave asunto un interés principal. Inclinado yo hacia el lado práctico de la cuestión, me limitaré a señalar que, a mi juicio, esa preocupación por la esencia y la forma de Europa no ha sido movida por el simple o puro afán de conocimiento de una realidad histórica, sino que representa actitudes de las que ahora suelen llamarse «prepolíticas», y que incluso en las investigaciones puras ha estado presente -con frecuencia de un modo explícito- la previsión de una necesidad de la que pronto tendrían que hacerse cargo los políticos para su realización y efectividad.

Por lo que acaba de decirse, en los trabajos a que nos referimos no interesaba sólo estudiar la cultura europea en su desarrollo para averiguar lo que en ella hubiera de diferente respecto a sus propios elementos originarios o respecto a otras culturas históricas. Interesaba también aclarar las diferencias espirituales respecto a los pueblos de su propia descendencia cultural, porque, en definitiva, se trataba de buscar los elementos diferenciales de una posible nacionalidad europea. Todo esto carecería de sentido si no se tuviese a la vista la previsión de una Europa políticamente unitaria.

No estoy nada seguro de que la definición de un espíritu europeo, obtenido por la acumulación de notas culturales, sea fácil ni suficiente. Pues, por una parte, la cultura europea ha pasado a convertirse en cultura universal y actúa hoy como motor principal incluso en el seno de las culturas más extrañas a su tradición; y, por otra parte, lo que la cultura europea tiene de menos generalizable se confunde con las notas diferenciales de cada uno de sus núcleos nacionales. Por todo eso creo que no interesa tanto definir el espíritu europeo como promoverlo. Esto es lo que de verdad importa, y pienso que si definirlo es difícil es, en cambio, fácil sentirlo y vivirlo. A ello van a ayudarnos eficazmente las condiciones de necesidad; desde las más generales como pueden ser el espíritu de defensa y autonomía, hasta las más particulares como son la contemplación de los beneficios que para profesionales o consumidores, por ejemplo, tiene el pasar de un espacio pequeño a un espacio grande. Siguiendo ese ejemplo basta considerar lo que puede representar para los médicos el reciente acuerdo de los «Seis» sobre equiparación de títulos y licencias de ejercicio profesional con igualdad de derechos en todo el territorio de esa comunidad europea.

 También el espíritu europeo puede deducirse de otros factores. Me remito a otro artículo mío publicado en «A B C» -«La Europa de todos»-, en el que he considerado las razones, ya tópicas, que imponen la construcción política de la Europa unida y las condiciones en que ésta debería realizarse. Entre éstas subrayé la necesidad de concebir a Europa como una empresa de «sus pueblos» y «sus hombres» (cosa bien distinta al punto de vista que el periódico francés «Le Monde» me atribuye en una crónica recentísima) y no sólo como una asociación de las Patrias o de los Estados nacionales, que es a lo que parece querer reducirla el general De Gaulle con su idea de la Europa de las patrias, inseparable de la de la «grandeur» francesa y por ende realizada bajo la dirección hegemónica de Francia con la cooperación un tanto subalterna de Alemania y la exclusión de Inglaterra. Para combatir esta tesis ni siquiera hace falta salir de las perspectivas del propio De Gaulle, que considera la unidad de Europa principalmente desde el punto de vista de su defensa y de su autoafirmación frente a los poderes ruso y americano y de cara a la gran responsabilidad africana, con escasa autoridad en este extremo. Pues bien, para todo ello una unidad europea concebida superficialmente, sólo por un compromiso entre los Estados, no sirve; y no sirve porque ni la defensa ni las grandes misiones son obra exclusiva del potencial burocratizable militar y económico. Sin una verdadera cohesión social todo eso es muy frágil, y la idea de usar las unidades nacionales históricas como base única de la integración -con todas sus vanidades, egoísmos y antagonismos dentro- es contraria a esa exigencia necesaria de cohesión. Y si por añadidura se quiere otorgar a algunas de esas unidades nacionales una titularidad dirigente, el proyecto raya en quimera, pues la historia entera de Europa, hasta ayer mismo, demuestra (y es experiencia que todos hemos de aceptar humildemente) que su unidad sólo puede hacerse como una asociación entre iguales; y esto tanto si se refiere a naciones como a grupos sociales o como a hombres. Europa no puede ser medio ni instrumento para la grandeza de este país o para la revancha de aquel otro, como no puede serlo para el predominio de la burguesía o para la dictadura del proletariado.

Una de las cosas que parecen estar claras en el espíritu europeo es que, después de muchas y duras pruebas, Europa ha llegado a conocer con bastante claridad que la vida social entre pueblos, grupos u hombres consiste en un equilibrio prudente entre las exigencias de la autonomía y las de la comunidad. No se trata, pues, de asociar «patrias» representadas o encarnadas por sus Estados nacionales -aunque estos hayan de ser los  ejecutores de la integración-, sino de integrar «pueblos», entendiendo por pueblos unidades sociales, históricas, culturales, con sus hombres, sus grupos, sus entidades naturales y sus movimientos políticos y religiosos; esto es, la base social de las naciones políticas. En estas ideas estamos bien acompañados. Paulo VI ha manifestado, hace sólo unos días, que considera la integración europea «como una familia de «pueblos» que no dividen, sino que componen Europa. Integración no sólo para el fin negativo de salvaguardia, sino para otros diversos fines positivos que la vida internacional pone ya en evidencia».

Ahora bien, todo eso supone y exige convertir el europeismo en un «Movimiento» con toda la complejidad ideológica que Europa tiene y no puede dejar de tener. Significa suscitar un patriotismo europeo (del que habló Julián Marías siguiendo a Ortega su maestro y al que se refirió el presidente Segni brindando en Paris «por Europa patria común»). Significa el descubrimiento de una solidaridad por referencia a un destino. Este destino vivido será el que llegue a definir, en su pluralidad ideológica y nacional, el espíritu europeo.

 Ramón SERRANO SUÑER

 

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