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Incluído en el libro “De anteayer y de hoy”

“SIC TRANSIT…”

ABC, 2 de mayo de 1972

El día 28 de abril, como se hace cada año en esa fecha, se ha celebrado en la iglesia de San Ginés un sufragio por el alma de Benito Mussolini, al que los italianos llamaron su Duce. Siempre que he estado en Madrid he asistido a esas misas, primero porque como cristiano creo en la virtud de los sufragios y también porque Mussolini fue amigo mío y de mi patria y yo guardo fidelidad en vida y en muerte a esa doble amistad.

El tiempo, los cambios históricos de perspectiva, y hasta un conocimiento crítico y mejor de los hechos pasados, pueden proporcionarnos una imagen diferente de los hombres a los que hemos admirado y un juicio distinto sobre el valor de sus empresas públicas que en su tiempo pudieron inspirarnos entusiasmo sin límite. Pero ningún cambio de estimación ideológica sería bastante fuerte para desligarnos del afecto que en su momento nos inspiraron aquellos hombres, ni para eclipsar ante nuestros ojos los valores ciertos que en ellos conocimos. La administración, la agradecida amistad y la piedad que obliga a interesarnos por el alma de nuestro prójimo (y no el formalismo de una identificación política que hoy podría no tener sentido) nos empujaron a la iglesia a unos pocos amigos.

Fue Mussolini en sus días figura deslumbrante en el mundo, admirado incluso por no pocos de sus adversarios políticos fuera de Italia. Pero en ningún lugar llegó a tanto aquel deslumbramiento como aquí, en España, donde alentó y auspició nuestra causa en la guerra civil. Mussolini tuvo virtudes y aciertos muy grandes, tuvo también flaquezas y errores. En realidad, tuvo uno solo, verdadero y gran error: la guerra.

En un plano muy distinto, no político sino humano, psicológico, cuando se ve lo que vi en la iglesia de San Ginés, se sufren el desaliento y la desolación, porque de los que aún viven invocando y reindicando aquella causa como fundamento de su posición pública, no había allí ninguno, con la sola excepción de un general del Ejercito que en la época de las grandes devociones sería un capitán a lo sumo. (No me refiero, claro es, a quienes por viaje, enfermedad, desgracia familiar o motivos respetables no pudieran estar.)

El grupo de italianos fieles a la memoria de Mussolini que organiza estas misas anuales había dispuesto, como siempre, una fila de sillones en la parte anterior del templo destinados a las personalidades que pudieran concurrir. Quedaron todos vacíos, y cuando a mí me invitaron a ocupar uno, decliné la distinción porque yo no estaba en el supuesto de aquel destino, o de aquella reserva de sillón, y sólo iba allí a cumplir con mi conciencia y no a sustituir representaciones ausentes.

Probablemente no seguí la misa con el debido recogimiento, pues mi imaginación no podía apartarse de la evocación de otros tiempos ni de otros fervores. No podía olvidar que un  personaje con investidura muy representativa en la política española de entonces (y que, claro es, tampoco estaba en la iglesia) había proclamado un día en la misma Roma y de un  modo solemne –tengo la Prensa italiana y española de aquellos días- al Duce como jefe de la Revolución universal, sometiendo por tanto a esa jefatura la que aquí, según reiteradas afirmaciones, «estábamos haciendo». De todo aquello en la iglesia no había huellas: ni viejos ni nuevos ni auténticos ni «pastichistas». Y ni siquiera una reflexión crítica sobre una causa desbocada y perdida, dispensaría del piadoso deber del recuerdo y la oración a quienes no sólo aclamaron con entusiasmo a aquel gran hombre, sino que se declaran aún solidarios de las líneas maestras del sistema. Es que las virtudes más ciertas e indiscutibles del Duce no son ahora de reconocimiento conveniente –oportuno- por parte de los ausentes.

Me he referido antes a errores –o a un gran error histórico- y a debilidades personales. Pero dos cosas hay que difícilmente se le discutirán a Mussolini: la entrega hasta la muerte a lo que él entendía que era interés de su patria, la severa honradez con que vivió en la plenitud de su poder. El austero desinterés de Mussolini (alguna vez me explicó por que él consideraba antagónicas e incompatibles la condición de verdadero político y la pasión de mando con la codicia) se patentizó durante su vida en un dado que me atrevería a calificar de extremoso. Nunca, mientras lo fue, cobró su sueldo de primer ministro del Gobierno italiano ni el de mariscal cuando la pomposidad del fascismo le elevó a ese grado militar supremo terminada la guerra de Etiopía. Siempre, y exclusivamente, vivió de la parte que le correspondía en la propiedad del periódico Il popolo d´Italia fundado por él y por Arnaldo – su hermano entrañable y ejemplar – en los años de lucha y penuria, mucho antes de su ascensión al poder. A su muerte, la pobreza de su viuda y de sus hijos fue cosa conocida y casi desgarrada y llegó a tal punto que, obligada por los amigos a vencer sus escrúpulos de pedir nada al Gobierno, hubo de dirigirse a él solicitando la pensión que le correspondía como viuda de un ex jefe de Gobierno o de un mariscal de Italia, demandas que fueron una y otra vez denegadas; y aquella mujer, afrontando con toda dignidad y valentía su amarga situación, dio una prueba más de ellas solicitando la pensión de cabo en el Ejército, grado que su marido no debía a la política, sino a su valor militar probado cuando, poniendo la acción donde había puesto la palabra – en defensa de la intervención de Italia en la Primera Guerra Mundial – vertió su sangre en las trincheras. Entonces su campaña teórica y práctica le convirtió en la figura central y más alta de un movimiento político y a él comenzaron a dirigirse los Federzoni, Corridoni, D´Annunzio, Marinetti y otros, exponentes del nacionalismo, del sindicalismo y del futurismo, reconociéndole como jefe y aclamándole con el nombre que luego se convertiría en melopea o estribillo de multitudes ante el Palazzo Venecia: Duce, Duce, Duce.

No es tanto por este Duce, por el que con unos pocos amigos fuimos al templo a rezar. Era principalmente por el amigo y por el hombre austero, mientras que a los glorificadores del “otro” parecía habérselos tragado la tierra.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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