
ABC, 24 de mayo de 1972
En el libro “Entre Hendaya y Gibraltar”, hace veinticinco años, consideraba yo como probable que la desaparición de Stalin despejaría la grave amenaza que para el mundo constituía el imperialismo de la URSS, auxiliándose del comunismo como medio para la realización del destino más ambicioso de su pueblo. Y la verdad es que en esta ilusión no estaba solo, pues después de su muerte –ejecutado Beria, anulado políticamente Malenkof- el alegato clamoroso de Kruschef en el Congreso del partido comunista ruso, denunciando los errores y los horrores cometidos bajo la brutal dictadura del zara rojo, llevó a todo el campo socialista una corriente de alivio que –en cierta medida- no tardó en comunicarse a los países occidentales con la esperanza de que se atenuaría el sufrimiento de millones de seres humanos; de que Rusia dejaría de ser una fábrica de penados políticos para obtener mano de obra barata; una red tenebrosa de fiscalización policial; una piedra dogmática atada al cuello de la inteligencia humana, y una tiranía explotadora de pueblos sometidos.
Todas aquellas esperanzas fueron resumidas en dos palabras –“El deshielo”- por Elia Eremburg, novelista halagado por el régimen, que poseía en Moscú una buena residencia y gozaba del privilegio de poder viajar por Occidente con toda libertad. De la misma manera el joven poeta Ewtuchenko recorrió el mundo anunciando la buena nueva (en la que posiblemente), prodigando sonrisas, discursos y lecturas de poemas pacifistas y humanitarios. Pero la alegría duró poco, pues pronto Kruschef –debelador del stalinismo- no se limitaría a golpear con su zapato un pupitre de la ONU; sino que descargó un chaparrón admonitorio sobre las ilusiones de la “inteligencia” rusa, en al inauguración en Moscú de una exposición de pintores jóvenes, por abandonar estos el realismo socialista –otro dogma staliniano- y volver a las formas ensayadas en Occidente. Kruschef les acusó de robar el pan del pueblo y les amenazó con la condena de ocho años de trabajos forzados como homosexuales. (Posiblemente la legislación rusa es la única que en Europa tipifica como delito la homosexualidad)
Poco después era brutalmente aplastada la rebelión húngara, que no había sido promovida precisamente por reaccionarios, sino por una extensa vanguardia de obreros y estudiantes marxistas. En seguida se produjo el patético caso del gran novelista y poeta Pasternak, que no había renunciado a tomar la intimidad humana como tema de sus escritos. Su novela “El doctor Zivago” –hoy universalmente conocida- no pudo publicarse en la URSS y lo hizo en Italia el editor de extrema izquierda que acaba de morir trágicamente. La Academia sueca, además de premiar el mérito de la obra, quería indirectamente proteger al autor concediéndole el premio Nobel, sin que pudiera lograrse este objetivo generoso, ya que Pasternak fue fulminado por la Inquisición rusa (la sociedad de Autores soviéticos) con toda clase de injurias y acusaciones, mientras el Gobierno ofrecía la alternativa de salir del país o renunciar al honor que se le había concedido, y el novelista, de manera ejemplar, en ese trance dramático, optó por la fidelidad a la tierra. El quería ser un critico y un hombre libre en su tierra rusa,; no fuera de ella ni contra ella; pero no doblegó su pluma y prefirió romperla.
Este y otros muchos casos demuestran que el deshielo ruso era pura ilusión –propaganda- y su apertura mera estratagema. Rusia, mientras siga sometida al régimen soviético, seguirá siendo un país hermético, intolerante, dogmático y agresivo, aunque Kruschef inaugurara el sistema de estelerizar, de anular políticamente a sus adversarios o discrepantes, en vez de matarlos físicamente. También disminuyó la presión policial sobre el ciudadano y se le atribuyó una parte mayor en el producto económico; pero nada de jugar a la innovación o a la crítica de errores. Al contrario, durante los últimos años se han multiplicado las condenas de intelectuales, artistas y opositores, teóricos y patriotas, considerándolos como alienados y enviándolos a los manicomios. Bukoski, que protestó contra tan monstruosos atropellos, fue condenado; al músico Rostropowich –lujo del arte musical ruso- se le hizo la vida imposible, y Solzhenitsyn, valiente acusador de tantas enormidades, novelista universal premiado también con el Nobel, ha tenido que renunciar por las mismas circunstancias que Pasternak, sin que tampoco se permitiera a la Academia sueca hacer entrega del premio en la misma Rusia.
La expulsión de periodistas extranjeros se repite. La última vícitma de esta medida ha sido el corresponsal del “Times”, Davis Bonavia, so pretexto de que eran desagradables sus informaciones “según manifestaban en cartas escritas por ciudadanos residentes en alejados lugares de Moscú”, donde la realidad es que jamás ha llegado un periódico extranjero. Y ni siquiera el periodista italiano comunista corresponsal de “L’Unita” ha sido mejor tratado por sospechar que simpatizaba con los comunistas checos “revisionistas”. (En cualquier espíritu sensible seguirá vivo el recuerdo de la bárbara represión de la llamada “primavera de Praga” –el país más culto del campo socialista-, que intentaba una versión más abierta y humana –no una regresión- de aquel sistema económico.)
Sólo por exigencias de su economía, en relación con la de otros países, Rusia se abre al exterior con negociaciones y tratados de comercio y ojalá que, como otras veces en la Historia, sea el comercio vía de comprensión entre los pueblos, superadora de crímenes y errores, vehículo de armonía entre ellos. Sin apertura en el interior tampoco se puede ocultar que la URSS y los países que domina se abren ahora al turismo –a un “turismo conducido”-, pero pocos son los soviéticos que pueden pasear por Occidente. Cuando sus científicos eminentes, sus grandes músicos o bailarines, salen de Rusia quedan allí en rehenes sus familias. Para el gobierno ruso cualquier persona –aunque sea socialista- que exprese sobre la URSS opiniones poco gratas, o que tome contacto con elementos intelectuales inquietos o cuya curiosidad sea excesiva, es invitada a abandonar el territorio. En Rusia, como en otros países, siguen sin entender que no hace falta estar fuera de una ideología para condenar sus excesos y torpezas.
La Rusia posstaliniana, menos trágica que la de aquel terrible devorador de discrepantes, es, en sustancia, la misma: cerrada, intolerante, recelosa, amenazadora, aunque con más desencanto por dentro: es la decepción natural que producen las evoluciones meramente propagandísticas. Sus elementos críticos siguen atenazados. Hoy paradójicamente la sociedad soviética es la más conformista o resignada del mundo, pues sólo pueden vivir tranquilos los que no piensan, los que no sienten, los que no esperan.
Ramón SERRANO SUÑER
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