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EUROPA ANTE LA DIARQUIA

ABC, 6 de junio de 1972

EUROPA ANTE LA DIARQUIA
ABC, 6 de junio de 1972

La “cumbre” en Moscú cuya importancia no puede desconocerse, ha dado lugar a interpretaciones y criticas diferentes en la mayoría de los países del mundo. China –rival de la URSS en el control del comunismo universal y del liderazgo de los países asiáticos y del tercer mundo- la ha tratado de manera despectiva. Los ingleses, con reserva; los franceses, con algún recelo y decepción; con perplejidad los países europeos de la OTAN, y solo con satisfacción Alemania Occidental, porque la “ostpolitik” de su canciller se orienta hacía la distensión entre Rusia y Estados Unidos.

Si bien los negociadores de Moscú han manifestado con énfasis que no han tratado allí de repartirse el mundo ni, por otra parte, hayan cedido en muchas de sus diferencias, no cabe duda que el pacto de la diarquía ruso-americana, la simple ostentación de su poderío, que ya dividido es mucho y que sumado es enorme, representa para Europa un verdadero desafía. Allí se ha tratado de la Conferencia Europa de Seguridad y Cooperación; pero por mucho celo que los colosos, del Este y el Oeste tengan por la seguridad de Europa o por alejar de su seno cualquier factor de conflicto, Europa sólo encontrará verdadera seguridad, prosperidad e influencia en los negocios internacionales si ella misma se une y suma todas sus energías para su propio bienestar y para su acción pacífica en el mundo. La “Europa económica” –muy perfeccionada ya y ahora ampliada con la entrada de sus tres nuevos socios, uno de ellos de peso tan decisivo como la Gran Bretaña-, no puede bastar si no da paso a la “Europa política” que aparece –por el simple juego de los elementos o factores del poder mundial- ya no sólo como un proyecto interesante, sino como una necesidad urgente. Así lo vienen entendiendo, sobre todo, los componentes más pequeños de la Comunidad –Bélgica, Holanda, Luxemburgo- y también Italia, cuyo desarrollo es menos completo que el de sus asociados, y Alemania, que vive junto a unas fronteras peligrosas. Es explicable, en cambio, que respecto a aquella urgencia Francia haya representando, un freno por su aspiración a la hegemonía y su arraigo nacionalista. Puede representarlo también –ahora- Inglaterra, que ha tenido que vencer graves obstáculos para entrar en la Comunidad y siendo en ella nueva no tiene aún conformada la ideal europeísta su propia sociedad.

Para tantos europeos, lo mismo para los que ya están que para los que todavía no están en la Comunidad Económica, la constitución de la “Europa política” representa un horizonte de esperanza. El proceso que a ella conduce es ciertamente lento, va paso a paso, pero son pasos irreversibles. Ahora, en estos días se ha celebrado en Luxemburgo la conferencia de los ministros del Mercado Común y de la Comisión Ejecutiva de la Comunidad, órgano éste que, como se sabe, está dotado de poderes independientes de los Gobiernos  y tiene algunas competencias ejecutivas pero sometida a la superior autoridad del Consejo de Ministros que es el órgano representativo de la soberanía concurrente de los Estados socios. Uno de los puntos de acuerdo entre los Gobiernos que han participado en esa conferencia de Luxemburgo ha versado sobre la futura conferencia de seguridad europea.

Es normal que vengan siendo los movimientos políticos supranacionales -movimientos europeístas de mayor o menor importancia- y las comisiones que forman el andamiaje técnico de la Comunidad los que espoleen más activamente para intentar que se aceleren los pasos a la gran integración. Así el obstinado Hallstein que sucumbió ante la enemistad del general De Gaulle, y el inteligente y apasionado Sicco Mansholt, que le sucedió en la presidencia de la Comisión ejecutiva, han sido y son instigadores impacientes de la “gran necesidad”. El gesto desasosegado de Mansholt, que le sucedió en la presidencia de la Comisión ejecutiva, han sido y son instigadores impacientes de la “gran necesidad”. El gesto desasosegado de Mansholt en Luxemburgo amenazando con su dimisión si no se “enteraba en materia” se ha traducido positivamente. Por de pronto los ministros reunidos en Luxemburgo han acordado presentarse alineados y con una sola voz –ser los diez “todos uno”- en la Conferencia por la seguridad europea que deberá celebrarse en Helsinki a fines de este año. En segundo lugar se ha decidido la creación de un Secretariado que velará por la coordinación política de los diversos Estados asociados y se convertirá en órgano ejecutivo de sus acuerdos. En tercer lugar quedan inscritos en la Agenda de la nueva reunión del Consejo de los diez ministros, que habrá de celebrarse en París el año próximo, algunos temas de tanto interés como la ampliación de los acuerdos políticos de la Comunidad, incluso si para ello hay que ir más allá del Tratado de Roma; el fortalecimiento de los órganos ejecutivos y la dotación de mayores poderes para el Parlamento europeo, que se desea ver constituido por elección directa de los pueblos europeos. En fin, el horizonte de la Europa política (al que seguramente precederán acuerdos tan importantes como la unidad monetaria y la unificación de la política exterior), se pone no más lejos del año 1980.

Quizá haya en estas previsiones alguna ilusión, pero creo que se puede asegurar que no se volverá atrás de lo ya acordado ni de lo que se vaya acordando, y que el proceso seguirá indefectiblemente hacía su meta, encuadrado en los hábitos propios de los fundadores de la Comunidad y en cuyo seno los elementos de vanguardia vaticinan y persiguen una nueva sociedad política europea superadora del ámbito de los Estados que han de constituirla, pero respetando la identidad espiritual (variedad en la unidad), que es intransferible en los pueblos donde perdure una conciencia histórica.

Cualquier resistencia sobre el carácter positivo y beneficioso de esos avances es recusable tanto si se funda en objeciones de egoísmo nacional como en objeciones de carácter ideológico. Para cualquiera de las naciones que componen el conjunto europeo, que han sido partes de su historia y de su cultura y que pueden y deben ser participes de su desarrollo científico y económico, Europa es hoy un tren casi en marcha que se debe tomar con igualitaria dignidad, desde luego, sin discutir demasiado sobre el precio, porque ese precio siempre quedará compensado con abundancia por las garantías de seguridad y prosperidad que la Europa comunitaria representa y, en la dimensión estricta del patriotismo, por la dignidad que lleva consigo la participación en un destino histórico de alto empeño. (Recordemos la joseantoniana “unidad de destino en lo universal”.) Nos hemos psado la vida poniendo pleito a los servidores del particularismo pequeño. ¿Iremos ahora a imitarles con mucho más riesgo y sin mayor razón?

De otra parte no parece tener cabida un mosaico de sistemas políticos “esencialmente” divergentes cuando lo que se busca en el conjunto no es tanto un mercado como un ámbito político, con misión en el escenario de la política mundial. Es plausible que algunos de los países europeos que aún viven “hacia” y no “en” la Europa, que se prepara, deban tener cautela en cuanto al ritmo de su adecuación económica, social e institucional al poderoso conjunto que ya marcha al unísono; pero intentar eludirlo sería un acto de megalomanía localista o un puro pretexto para anteponer la comodidad hogareña a los riesgos de la verdadera vida histórica.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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