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CARTA DE SERRANO SUÑER

Pueblo, 1 de julio de 1972

QUERIDO Romero: como no poseo tu destreza y tu hábito para la improvisación de un texto, esta carta no es tan puntual acuse de recibo como yo hubiera querido, a tu articulo “San Juan, en Estoril”, que encuentro al llegar de Portugal. Pero pienso que el riesgo de que el lector -que tan rápidamente consume el material periodístico- se haya olvidado en unas horas del tema y argumentación de tu artículo no se da en este caso.

Estuve en Estoril, como el “ABC” ha documentado; asuntos particulares me habían llevado a Lisboa y retrasé con gusto mi regreso para asistir a la recepción en “Villa Giralda”, con motivo de la onomástica de don Juan. De lo que allí vi no saqué las consecuencias de sorpresa que han movido tu pluma con tanta severidad, pues todo fue así de natural y sencillo: un hijo que afectuosamente celebra su santo al lado de su padre y homónimo. Y un padre que se sentía orgulloso y preocupado -como nos ha sucedido a todos con los hijos que son ya lo que son bajo su propia responsabilidad- por el destino de su hijo.

ALLÍ vi también a algunos jóvenes de valía como Cisneros -con buena pluma y palabra-, ya emancipados de tutela, que saludaba a “su” Príncipe delante del padre, y a otros fieles veteranos de éste, que le saludaban en presencia del hijo. Ytodo ello en paz y tranquilidad. Todo, incluso las palabras de don Juan, que dijo lo mismo que decimos tú y yo y otros muchos españoles desde las áreas de la legalidad vigente. ¿Y por qué va a ser él una excepción entre los españoles que no tenga derecho a decirlas? Exhortar a que se realice con autenticidad lo que hay, a que se perfeccione, y a que se haga posble lo que se espera -y esot brindado a su propio hijo-, parece razonable. Pero sobre todo no admite más que una interpretación: asistíamos al cordial desenlace de una crisis. ¿Por qué los gritos de alarma si ello es así? ¿O será que, para que las cosas estuvieran como deben, la crisisi no debía resolverese nunca?

NO he de entrar ahora en el problema de fondo; y si hay dos grupos en contienda, doctores habrá, en el uno y en el otro, entre los que ciertamente yo no figuro. Cualquiera ha de comprender que don Juan se sienta depositario -porque lo es- de un legado, de un encargo de su padre, el rey don Alfonso XIII: la continuación de la legitimidad dinástica y que él lo considere inviolable, irrenunciable y sagrado. Es actitud digna de respeto. Y en función de esa fidelidad, cuando se alteró desde fuera aquel principio de continuidad, don Juan formuló la reserva que en él era obligada -la afirmación del principio de la monarquía tradicional-, pero a la vez, con evidente patriotismo, se apresuró a decir que no estaba dispuesto a levantar bandera que provocara la división de los españoles.

POR su parte, el hijo, hombre joven, educado aquñi por el Régimen constituido, y en su ambiente, creyó debía aceptar -sin duda implusado también por motivos patrióticos- el principio de ruptura del orden sucesorio tradicional para aceptar la figura de Príncipe sucesor con futuro de Rey instaurado. Parece lógico, natural, que entendiendo don Juan su deber de manera que sólo podía traducirse en una reserva no beligerante, y entendiendo el Príncipe el suyo de modo que le forzaba a sacrificar la prelación de su padre, se produjera de momento entre ellos una crisis, sin duda, dolorosa. Ahora, en la ocasión que tanto te ha dado que pensar, vemos que la crisis se supera (o que tal vez no haya existido, y que la naturalidad afectuosa de las relaciones paternofiliales se repone, que el padre manifiesta con palabras de consejo la fe que le inspira la entrega del hijo a su deber, a las tareas de su responsabilidad.

NO entiendo que tú te alarmes por ello. Bien dices que el país está por encima de la Monarquía. Enteramente de acuerdo. Esto ha de ser así para don Juan, para don Juan Carlos cuando se quiera dramatizar sobre el problema, el país salga ganando nada con ello. Es posible que alguien crea aún -yo no acertaría a comprenderlo- que estos pleitos sucesorios deben terminarse, como en la monarquía medieval, con el puñal o con el veneno, con un parricidio sonado. A mi me parece que lo que vimos representar el día de San Juan en Estoril era la antítesis del dramón romántico, y quedé confortado. Creo que nuestros gustos deben ir por las soluciones concordes y los gestos civilizados. ¿Qué aquello ofrecía, como tú sugieres, una imagen del postfranquismo? Pues no es tan mala, y seguramente mejor que otras.

SI en privado hemos hablado nosotros de estas cosas con entera franqueza ¿Por qué no hacerlo también públicamente, cuando la higiene aconseja como saludable que entre aire por las ventanas? Por razón de tu personaidad y del tema, tu artículo ha sido causa de preocupación y desasosiego. Pienso que tal vez no hagas cosa ociosa si publicas estas líneas que te envío con mi cordial saludo.

Ramón Serrano Suñer

 

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