
PUEBLO, 5 de Julio de 1972
QUERIDO Romero: léida tu respuesta, he de decir, ante todo, que comparto tus apreciaciones sobre la conveniencia del diálogo cortés, civilizado y hasta, si es posible, afectuoso. este ha sido el tono empleado en mi carta anterior, el que tú has adoptado en la tuya y del que yo no he de separarme. Ahora bien, después de las amabilidades que me dedicas (y que te agradezco) dices que mi carta no ha desvirtuado las afirmaciones de tu primer articulo, afirmaciones que tú interpretas como una presentación de “testimonios históricos”. En seguida iremos a ello. Antes te diré que si deduces la inocuidad de mi carta de las muestras de aceptación por ti recibidas con motivo de la publicación de tu artículo, frente a ellas y en contra de ellas, están las muchas adhesiones -unas serenas, otras vehementes y exaltadas- que he recibido por mi carta, procedentes no sólo de Madrid, sino también de Cataluña, de Aragón, de Levante, de Navarra y de Vizcaya. Pero dejemos esto aparte y volvamos a tu respuesta, en la que intentas conducirme al tema que claramente te decía que yo no iba a tratar en esta ocasión. Por ello, con todos los respetos personales, diré que, en gran parte, el contenido de tu respuesta en relación con mi carta, resulta incongruente. (La ley nos autoriza a calificar de incogruentes incluso las sentencias y a entablar contra ellas por moivo de incongruencias recurso de casación. Perdóname este resabio de jurista.)
MI carta se refería muy concretamente a lo que había visto y oído en Estoril y a la significación y alcance que a ello deba darse aquí y ahora. Allí se dijo lo que se dijo, ni más ni menos, que tú mismo vienes a reconocer que no era excesivo. Y yo ahora insistiré en que lo dicho allí por Don Juan de Borbón no discrepaba de lo que dicen habitualmente aquí muchos procuradores y consejeros nacionales y hasta algunos miembros del Gobierno. Sin embargo, tú dices que sus palabras, “sin ser desenfrenadas han servido para alarmar”. Pues no lo entiendo: ¿a quién? Esa alarma sería más explicable en algunos monárquicos que en ti. Las afirmaciones de mi carta quedan, pues, en pie. Lo que ocurre es que, a tu juicio, allí se debió decir otra cosa, mucho más importante y transcendente, y en ello hay, sin duda, una contradicción en cuanto a la oportunidad; pues si aquellas ponderadas exhortaciones patrióticas te parecieron impropias para la ocasión de una fiesta familiar, ¿qué no podría decirse en ordena su inadecuación si la hubiera elegido Don Juan para proclamar aquella otra decisión más importante que tú reclamas?
TU quieres conducirme a la cuestión de fondo que te anticipé -repito- no quiero tratar en esta ocasión, porque ta lo hice en otras y porque no deseo invadir el campo que a otros corresponde. Yo hablo solo como español, y bien sabe Dios -y ello me basta- que limpio de objetivos pequeños. Para mí -y para todos-, sobre las institucioens y las personas ha de estar siempre la patria, y sólo a la luz de su interés (que es uno u otro en cada momento de su Historia) cabría considerar el tema y siempre con la debida ponderación y responsabilidad. Sin embargo, en algo habré de condescender a tus deseos saliéndome de mi propio programa y de mi intención: no entiendo bien tus referencias al “testimonio histórico” (¿no serán en algún caso apreciaciones subjetivas?), pero pienso que te refieres sobre todo a dos puntos: el primero expresa el cómo y porqué un país de escasa inclinación monárquica va a ser una Monarquía por razones ¿históricas? o ¿circunstanciales? En el primero te dejo con la responsabilidad de tus propios argumentos. Respecto al segundo he de pensar que no te refieres a cuestiones personales, sino ante todo al hecho de que al terminar la guerra mundial -derrotados a los pueblos con los que habíamos tenido una relación política estrecha-, Don Juan quiso ofrecer una alternativa para conjurar el peligro de una situación amenazadora que aparecía en el horizonte; y me parece de obligada y serena justicia a estas alturas (después de haber tenido que hacer aquí tantos virajes como por la apreciación de las conveniencias del país se entendieron necesarios) decir que aquel gesto estaba determinado también por razones tácticas y circunstanciales y que no se valora ni mide de manera adecuada. Que por parte de algunos políticos vinieran luego los que tú llams arbitrismos y conspiraciones pueriles es cosa bien posible a la que no voy a dedicar mi atención. Ni quito ni pongo. No se trata de eso y creo que la interpretación de mi carta sigue siendo correcta: esto es, que Don Juan de Borbón manifestó unos deseos que concuerdan con tantos otros, pensando en el bien del país, lo que tú mismo -aunque desearas otra cosa- no has negado al contestarme.
HAY otro aspecto menos personal de la cuestión que tampoco pasaré por alto. Docenas de veces se ha dicho por voces oficiales, que la situación política creada por la guerra y la victoria con la exaltación de franco a la Jefatura del Estado, es irrepetible. Pues si es así -a mi también me lo parece- no es ningún disparate la existencia de una alternativa. También se dice, con razón, que la sociedad del 39 no es la del 72, ni tampoco lo es la coyuntura internacional. ¿Y es que la Monarquía prevista podrá hacer abstracción de esos cambios? No insistiré sobre el tema: soy por años, experiencia y responsabilidad, amigo de la prudencia. Pero, entendámonos, no hay prudencia fuera de la verdad y la verdad es que la etapa futura de la vida española ha de ser, en buena medida, más una renovación que una repetición. ¿Cómo debe hacerse? No tengo por qué extenderme ahora sobre ello. Me limitaré a reafirmar loque en mi carta anterior dije: si, como creo, la tarde de San Juan en Estoril fue el fin de una crisis y la manifestación de una buena armonía, nuestro porvenir tiene un problema menos, lo que me parece que ha de estar claro también para ti y para todos.
PARA terminar te diré que no me ha sorprendido que tu sagacidad haya advertido en mi carta un “fino deseo de quitar hierro”. Esto también es cierto, y me alegro de que tú mismote hayas adherido en tu respuesta a esa intención. También, con agudeza, has descubierto un punto de malicia (el único que en mi carta había) al hablar de Gabriel Cisneros, al que yo leía siempre en PUEBLO cuando formaba en el brillante cuadro de redacción de tu periódico. Es verdad, pero es que al calificarle de “cachorro” creía descubrir en tu expresión un significado peyorativo o patrimonial, loque me parecía excesivo, pues lo mismo ante la ley natural que ante la ley civil llega un momneto en que cesan la patria potestad o la tutela. Celebro tu aclaración de que no es así. Por lo demás, si tienes razones para aconsejarme precaución en relación de que no es así. Por lo demás, si tienes razones para aconsejarme precaución en relación con los jóvenes, te agradezco especialmetne el consejo, porque ante las manifestaciones de nuevos talentos políticos -valores de los que el país anda tan necesitado- siempre he tenido una ingenua, invencible, propersión a enternecerme. Y aquí creo, amigo Romero, que podríamos poner punto. Si siguiéramos el sistema dialéctico de los abogados tu artículo sería “la demanda”, mi primera carta “la contestación”, tu escrito de anteayer “la réplica” y este mío “la dúplica”. Sin embargo, por lealtad polémica, admito puedas considerar este mío como réplica que tú te reserves la dúplica. En ese caso tu serías, como dicen los árabes, “el duelo de la hora” con la ventaja de escribir la última palabra, lo que te obligaría, si llegaras a ello, a extremar la ponderación, pues no sería cosa de cansar más a nuestros lectores teniendo que acudir yo como recurso último al escrito de “conclusiones”.
La cortesía y la sinceridad, la honradez y la seriedad, no deben destruir las relaciones humanas, sino que deben ser su base y fundamento. Y así, con ese entender -todos aquellos valores conservados-, de nuevo te envío un saludo cordial.
Ramón SERRANO SUÑER
Querido Serrano:
No voy a usar del privilegio de mi autoridad en este periódico para cerrar nuestro diálogo. Ese privilegio te lo cedo gustosamente porque mi entusiasmo dialéctico, con ser considerable, es más débil que el respecto que profeso a algunas personas y a la entidad de sus vidas políticas e históricas. Queda en tu poder la “dúplica”. Lo substancial, por otra parte, se ha dicho. ni nos hemos convencido, ni nos hemos agraviado. En realidad, como pasa casi siempre, los dos deseamos lo mismo. paz y bien para nuestro país. Lo que ocurre es que decimos cosas diferentes, como dijo el poeta, de acuerdo con el cristal con que las hemos mirado.
EMILIO ROMERO
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