
Incluido en el libro “De anteayer y de hoy”

ABC, 3 de junio 1973
Acaso no llevara razón el joven y agudo escritor Francisco Umbral – al que leo con admiración – cuando, días atrás, presagiaba que el centenario de Azorín desencadenaría un diluvio de la literatura apologética sobre la figura de este gran renovador de la sensibilidad literaria de los españoles. No ha ocurrido exactamente así porque Azorín ha tenido la fortuna de acercarse mucho a la celebración en vida del centenario de su nacimiento. Y como a la hora de su muerte se publicaron tantas páginas, tantos balances críticos, tantos trabajos sobre su personalidad, es poco probable que su centenario duplique –a sólo seis años de distancia de aquella- lo que ya quedó dicho.
De todos modos, es indudable que el centenario no puede pasar inadvertido, como lo prueba la atención a él prestada por la culta palabra y depurada prosa de Pedro de Lorenzo y de otros escritores ilustres. Para demostrarlo así también, yo, que no soy crítico literario, sólo un admirador de Azorín, estoy aquí, con la pluma sobre papel, dispuesto a recordar al maestro. A recordar. Porque si para los jóvenes de la edad de Umbral puede ser que Azorín esté ya en el pasado histórico, para mí está aún en el pasado personal, esto es, en el recuerdo. Sin que me sea posible todavía separar su obra de su vida. Su lectura de su imagen.
A la muerte de Azorín escribí una indicación de lo que, a mi juicio, su obra representaba en el orden de la realidad: el de la sociedad española al que, por razones obvias, se han orientado siempre mis mayores preocupaciones. ¿Se había limitado el maestro a «regalar» a esa sociedad una serie de libros con su primoroso estilo, estéticamente muy valiosos, o creyó que estaba trabajando por mejorar sus condiciones, por hacerla más conciente, más racional y más justa, mejor equipada para las tareas de la Historia? Mi respuesta se inclinaba y se inclina por esta segunda hipótesis. Para ello hay que considerar tres órdenes distintos de la acción social. El orden de la política –aunque parezca raro que lo escriba así por mi participación en él- es el menos importante, porque tiene mucho de instrumental (creación de instituciones, selección de métodos de acción rectora, organización de cauces de participación cívica) y porque su Valor depende del buen establecimiento de los otros órdenes. El más importante es el orden de la organización social, pues no puede haber orden político estable sin un orden social coherente y justo. Es el orden que comprende la explotación de las riquezas, la distribución de los bienes y las responsabilidades, el ajuste de las diversas funciones y el cultivo de un verdadero espíritu comunitario; la debida ponderación entre las necesidades de la especialización y la jerarquización y las aspiraciones a la igualdad, la satisfacción de las necesidades humanas y el mantenimiento de estímulos para los hombres se superen.
Nunca, sin embargo, serán posible ni un orden social ajustado, ni un orden político estable, si no empieza por el principio: la habilitación de los hombres que componen la comunidad para dar sentido a su propia vida por la educación moral e intelectual –societaria y política- para vivir solidariamente y para autogobernarse. Una política desafortunada puede envilecer a una sociedad, como una sociedad descompuesta u opresiva puede inhabilitar para aquella a los hombres. Puede ser el círculo vicioso. Pero siempre, en definitiva, la tarea educativa estará en la base del progreso social o político, si éste no ha de ser ficticio. Es necesario que los políticos, los reformadores, los organizadores sociales y los educadores y criadores de valores no se excluyan, ni tampoco se confundan. A mi juicio los últimos serán siempre los más decisivos.
Así vistas las cosas, poco importa discutir si Azorín fuera o no muy consecuente en sus preferencias políticas (rebelde en su juventud ocupa en la madurez un escaño en el Parlamento, junto a La Cierva, ministro de Alfonso XIII, en quien admira su sentido de la dignidad del poder) y que sus visiones reformista, regeneracionistas, fueran acaso demasiado confiadas en el poder taumatúrgico de «los mejores» -un poco a la manera dieciochesca-, aunque no le faltara tampoco alguna ilusión populista. Pero lo suyo era la creación de valores ideales y, sobre todo, la obra educativa concreta en el campo de su propia vocación. Su vida de escritor.
Algunos sociólogos modernos han visto en la posesión de un idioma claro y preciso por parte del pueblo el comienzo de su liberación. Pues bien, Azorín hizo cuanto supo y pudo –y quizá en nuestro siglo nadie pudo tanto como él- por dar a su pueblo un lenguaje claro, sin anfibologías, sin retórica, sin balbuceos. (Un afilado escritor, que firma con el seudónimo «Cándido», decía, recientemente, que las cosas tendrían que definirse con palabras que para entenderlas no fuera necesario aprender previamente otras palabras.)
El que clarifica el habla clarifica también la conciencia que el hombre tiene de la realidad. «Cantador de las cosas claras» llamó a Azorín un poeta –Dionisio Ridruejo- amigo suyo y mío. Sí, nada es tan necesario para un español como tener clara las cosas en la cabeza. Mucho vale el placer estético que Azorín nos proporcionó, y sigue proporcionándonos, con su admirable sensibilidad. Pero hoy vale más la aspiración a la claridad, a la nitidez y al orden que resplandece en su vocabulario y en su estilo. Ése es mi Azorín predilecto: un gran educador de lo que él mismo llamó «el alma española».
Ramón SERRANO SUÑER
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