
Incluído en el libro “De anteayer y de hoy”

La Vanguardia, 3 de octubre 1973
Sobre los sucesos dramáticos de Chile se han escrito ya muchas palabras: vanas las más, inmisericordes otras, y algunas, ponderadas y serias. Yo no voy a tratarlos ahora aquí. Es obvio decir que el presidente Allende no era mi modelo de político por lo que a sus ideas se refiere, y que nunca me inspiró confianza su experiencia ni por los fines propuestos ni por los medios elegidos. Sucumbió empujado a un empeño imposible donde al final estaban la dictadura o la guerra civil. Pero la discrepancia puede coincidir con el respeto y, en ocasiones, incluso con la admiración.
Parto de aquí para unas reflexiones que no improviso ahora, pero que aquellos dolorosos sucesos que acabamos de contemplar me impulsan a ordenar y exponer. Cuando creíamos que, en nuestros días, el fanatismo debía estar en retirada, y la razón triunfante, vuelven a surgir con violencia unas tensiones ciegas entre pueblos, entre ideologías, e incluso entre actitudes religiosas, de las que se desprenden unos criterios de discriminación –absolutos y apasionados- que hacen difícil la comprensión humana y la valoración objetiva de los acontecimientos, las personas y las conductas. Mucho se ha hecho en nuestro siglo -«todos en él pusimos nuestras manos»- para sustituir los valores objetivos y permanentes por valores subjetivos y mudables y, así, la calificación de bueno o malo se identifica con la de amigo y enemigo; atribuyendo todas las excelencias a quienes corroboran nuestros prejuicios, sirven nuestros intereses, concuerdan con nuestras ideas, y en cambio todas las ineptitudes y maldades a quienes los contrarían. ¡Es la grave subversión del orden de la verdad y de la justicia!
Lo cierto es que podemos encontrarnos –bastará que vuelva a referirme al caso Allende –con que algunos de nuestros adversarios sean más respetables y admirables que muchos de nuestros «correligionarios», por su sentido de los valores morales. Ya sé que no será fácil admitirlo así, porque la perversión del fanatismo partidista, o el mal consejo de los intereses, vendrán a impedirlo. Al contrario, sucede que, mientras aumentan los rigores de la discriminación con el adversario, se disipan completamente las exigencias que deberíamos imponer sobre afín, e incluso se llega con hasta frecuencia a elogiar o admirar en éste lo que debería ser objeto de reprobación y censura. No me excusaré de acudir a un ejemplo. Si el de Allende vale como modelo de discriminado por los enemigos –que saltan sus cualidades positivas para sólo ver sus errores- podrá muy bien representar el caso inverso su triunfante vecino argentino –tan libre y valientemente denunciado por Borges en el coloquio sobre Argentina y América publicado por Il Mondo de Milán- y que José Pla –con su habitual frescura de estilo- recoge en las páginas de la revista Destino. Los valores serenos de honestidad no cuentan para la discriminación de conductas políticas inmorales. Se extiende por el mundo y se proclama cínicamente –sin más- «la moral del éxito» y vemos cómo no hay repulsa para avispados violadores de la justicia, saqueadores de patrimonios públicos o trepadores sin escrúpulo, que convierten los ideales en escaladas para el ascenso personal; para seguir así el ejemplo de los «bien situados»; de los que ejercen modernas formas de caciquismo que ni siquiera comportan –como las de otros tiempos- ni alguna competencia ni prestación de algunos servicios para alcanzarlas. El ascenso, la fortuna, el poder, el éxito, sin más, lo absuelve todo, sin que nadie quiera preguntar el cómo ni el para qué de estos triunfos ni someterlos seriamente a un juicio de honestidad.
Si la crudeza discriminatoria contra «todo» adversario obstaculiza el camino hacia una civilización habitable, esa lenidad ante el espectáculo de corrupción del «amigo» destruye, corroe, todos los principios de la equidad comunitaria. Si el trato discriminatorio, sin matices, al adversario «entigrece» el alma –como diría Machado-, la disculpa benévola al triunfador sin escrúpulos, porque pueda ser útil, aborrega y envilece. Pensemos que mientras los malos resultados económicos de una experiencia política y aun, me atrevería a decir, los resultados cruentos de un fracaso público, son daños graves pero reparables ¿cómo y cuándo puede llegar a repararse el daño que causa la pérdida de los sentimientos de la rectitud y la aspiración a la justicia, del imperativo de la conducta responsable, cuando son olvidados por comunidades enteras dejándose ganar por el anarquismo moral?
El mundo necesita con urgencia un clima en el que enemigos o adversarios sean capaces de dialogar, y aun de estimarse y de reconocerse los valores recíprocos. Pero no necesita menos un clima de exigencia para amigos y enemigos: una actitud de justiciera imparcialidad que distinga al honrado del bribón; al idealista del logrero disfrazado de mesías; al que eleva el tono ético de la vida colectiva del que la rebaja; al moralista del corruptor. Necesita un sentimiento de respeto y aun de homenaje entre antagonistas que lo merezcan, sin que haya, por el contrario, disculpa para los que con su picaresca cotidiana fingen defender o salvar lo que están hundiendo. Al mito de la fidelidad del que tanto se abusa hay que añadir, al menos, el de la respetabilidad que tan poco se prodiga.
Ramón SERRANO SUÑER
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