
ABC, 10 de marzo de 1974
NO voy a referirme al hombre, al primer presidente y fundador polític de los Estados Unidos del Norte de América , sino a la sombra que este país -todavía poderoso- proyecta sobre el mundo en la hora particularmente confusa en que vivimos.
La intensa reacción diplomática del Gobierno de los Estados Unidos contrasta vivamente con la agudización de su crisis política interior, pues, aunque el pueblo americano en su mayoría se sienta incómodo ante la perspectiva de un procesoque puede poner fuera de juego a su presidente, lo cierto es que la situación de Nixon no ha hecho sino debilitarse en las últimas semanas por virtud de aparición de nuevas acusaciones (civismo éste merecedor, por otra parte, de nuestro respecto) que ahora se orientan a demostrar que la campaña republicana fue financiada con fondos obtenidos bajo promesa de concesión de privilegios y cargos públicos a favor de determinados grupos de presión. Pero mientras tanto la política exterior americana consigue: replantear su sistema de relaciones con Hispanoamérica, herir profundamente la cohesión de la Comunidad Económica Europea y obtener la reanudación de ralciones diplomáticas con Egipto, ante el recelo de los dirigentes israelíes y la despechada cólera de los palestinos.
Se puede decir, sin caer en exageración, que en casi todas las situaciones de crisis que se acumulan en esta hora en diferentes lugares de la tierra, aparece -directa o indirectamente- la sombra de Washington. No es demasiado simple pensar que se establece cierta relación entre la crítica postura del presidente de los Estados Unidos por lo que se refiere a los asuntos internos del país, y la febril actividad del secretario de Estado Kissinger, que, con el despliegue de una nueva línea dinámica, parece proponer una nueva frontera al Poder americano para dar armas defensivas a su jefe político amenazado. Dejando aparte el tema de las elecciones inglesas (en el que han actuado fundamentalmente cuestiones interiores relacionadas con la crisis económica) son consecuencias inmediatas de la conferencia que Norteamérica impuso a los países de Occidente -para tratar de establecer con ellos una política energética común-, la crisis ministerial francesa, quizá también la crisis parcial que se le planteó al Gobierno italiano y, sobre todo, las incertidumbres que prescinden las relaciones entre los nueve miembros de la Comunidad Europea.
La crisis italiana promovida por la dimisión del ministro del Tesoro, Hugo La Malfa, está relacionada con el ritmo inflacionario que afecta a todo el mercado mundial y también con los escándalos que, como en Francia, se han producido por virtud de la especulación económica a que se han lanzado algunas compañías petrolíferas más o menos relacionadas con el aparato político dominante. La crisis francesa es más expresiva: se trata de volver a tomar la iniciativa por parte del presidente Pompidou que, después de la conferencia de Washington y antes de su viaje a Moscú, parece decidido a reafirmar la vieja línea anti-atlántica del general De Gaulle. Esta crisis francesa se ha resuelto, según es sabido, mediante una recomposición del Gobierno que seguirá estando presididio por Messmer y que seguirá manteniendo en su seno a un político capaz de convertirse en peligroso antagonista del presidente de la República; me refiero, claro es, al ministro Valèry Giscard d’Estaing, encargado de la Cartera de Economía y Finanzas.
La sombra de Washington parece proyectarse también en el nuevo y gravísimo conflicto surgido en Etiopía, donde el Ejército de Eritrea se levantó exigiendo reivindicaciones económicas y una remodelación federalista a favor de la provincia ocupada ya por el viejo Menelik antes de la intervención italiana de los años treinta y reconfirmada por el Negus actual después de la segunda gran guerra. No se puede olvidar que el milenario Reino etiópico -donde coexisten una minoría islámica y una mayoría cristiana- soporta una de las bases estratégicas de mayor importancia de los Estados Unidos y, pese al alineamiento formal de Etiopía con los países árabes, el Negus Selassie representa una reserva potencial para la influencia americana en la zona. Cabe tambié sospechar que la rápida superación de esa crisis no deja de tener algún punto de coincidencia con el arreglo establecido entre Washington y El Cairo, mientras que entre los Estados árabes la unidad de criterios es hoy todavía más problemática que entre los pueblos de Europa, víctimas principales de unas medidas de restricción y encarecimiento de los suministros de petróleo que afectan con inferior gravedad a la economía industrial de los Estados Unidos, potencia a la que ellos intentaban sancionar y presionar.
Si, la iniciativa exterior americanca funciona, mientras que la europa tiende a la dispersión. Esto no podría entenderse si los dogmas del atlantismo hubieran merecido por parte de América el mismo respeto que ahora se desea que merezcan por parte de Europa. La realidad es que America ha llegado antes que la misma Europa a la meta que ésta se propuso para asegurar su independencia, esto es, a la distensión efectiva con la Unión Soviética, iniciada con énfasis por De Gaulle y practicada con modesto realismo por Willy Brandt. Nada de cuanto está ocurriendo podría explicarse sin la inteligencia ruso-americana para compartir el poder mundial: ni la conferencia de Méjico -después de la catástrofe de Chile-, ni la tentativa de retornar a la dolida Europa después del sospechoso curso que tuvo el conflicto en el próximo Oriente en el que lanzados, por Rusia y los Estados Unidos, al enfrentamiento árabes y judíos, la consecuencia fue que aquéllos descubrieran su fuerza con el arma del petróleo y Europa quedara marginada, pero con el peso de este problema encima. No vamos a lamentarnos de que Washington y Moscú practiquen una política de cooperación para impedir cualquier peligro de guerra mundial, pero no podemos dejar de advertir que ese peligro se está administrando muy astútamente para reponer la hegemonía de los Estados Unidos en el área cubierta por la garantía de sus armas y la hegemonía de la URSS en el área que vive bajo el escudo o la prisión del Pacto de Varsovia.
Muchos europeos habíamos soñado que ese reparto del mundo no se haría nunca sin darle a Europa su parte. Ahora vemos que sólo fue un sueño, un sueño ambiguo porque aceptaba un esquema imperialista que hoy es ya arcaico. Lo que Europa tendrá que defender ahora será más bien su “mismidad”, su independencia y su función entre los dos grandes bloques, más cerca cada día de los países menestrosos que carecen de valedores. Pretender limitar el poder americano con los que han de ser objetivos propios de una Europa constituida en unidad política y militar, antes de que esta constitución tenga lugar, es absurdo, es imposible.
Ramón SERRANO SUÑER
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