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Tribuna de la Vanguardia
Dos términos dibujan el país real

FRANCIA CAMBIA DE POLÍTICA

Deliberadamente me encontraba en París durante la jornada electoral del 5 de mayo que llevó a las urnas el ochenta por ciento del electorado francés y ha puesto de manifiesto la conciencia civil de ese pueblo y su decisión de buscar una salida al punto muerto del “gaullismo”, llegado a su fin antes  de que la desaparición del presidente Pompidou diera lugar a la apertura para un cambio político. No voy a repetir ahora viejas objeciones, que varias veces he formulado, a la experiencia intentada por el hombre que al terminar la Segunda Guerra Mundial hizo el milagro de que Francia fuera incluida entre los vencedores. Me limitaré a subrayar que la experiencia política que tuvo su origen en aquella situación fue algo personal, irrepetible e improrrogable, como generalmente lo son las soluciones de excepción apoyadas en la fuerza determinante de situaciones críticas.

De Gaulle –montado anacrónicamente en sus desmesurados sueños de “grandeur”- aportó a la República francesa una reforma constitucional ciertamente necesaria, que limitaba, quizás en exceso, la veleidosa soberanía del Poder legislativo. Recordemos que Francia, desde 1848, desde la II República hasta hoy, ha tenido diecinueve presidentes. (La I no tuvo ninguno, pues estuvo gobernada sucesivamente por la Convención, el Directorio y el Consulado.) En la II sólo tuvo uno, Luis Napoleón Bonaparte, que la fundó para destruirla cuatro años después al proclamarse emperador de los franceses con el nombre de Napoleón III. Pues bien, en la III República, y especialmente en la IV, las crisis ministeriales se sucedían con perturbadora frecuencia. Para corregir aquella inestabilidad introdujo de Gaulle su reforma, que si con algunos retoques puede permanecer, el espíritu de personalización del Poder que la ha caracterizado –aún sin destruir, ello es verdad, los mecanismos democráticos esenciales- no puede durar más tiempo.

El exceso de personalidad y de poder del fundador de la V República se producía en sentido inverso (esto ahora ha quedado demostrado) al grado de politización y madurez de la sociedad francesa y, lo que es más grave, en un ambiente de aislamiento utópico, o de pretensión hegemónica fuera de tiempo, sobre la viva realidad que es más grave, en un ambiente de aislamiento utópico, o de pretensión hegemónica fuera de tiempo, sobre la viva realidad que, aún en su estado actual de crisis, representa la Comunidad Europea. Sobre estos dos puntos –ya insostenibles- acaba de pronunciarse el electorado francés. Y sea cual sea el resultado final de votos en la segunda vuelta, entre las dos fuerzas contendientes tan equilibrados, una cosa parece cierta: que el énfasis “gaullista” ha sido derrotado, que la etapa excepcional queda atrás, y que un cambio político se produce para ajustar más rigurosamente las relaciones entre la Sociedad y el Estado, y entre éste y Europa. La atractiva, urgente y necesaria empresa de salvar la Europa en crisis y contribuir honradamente a su recuperación y a su contribución política, ha constituido el más vigoroso recurso y el más explícito compromiso de los dos candidatos a quienes la primera vuelta electoral ha puesto a la cabeza de las dos mitades –no opuestas, sino complementarias- de Francia. Porque contra la afirmación de algunos augures –de allí y de aquí- pienso que la contienda que estamos presenciando no parte a Francia en dos bloques irreconciliables sino que va a montar su política sobre dos términos que dialécticamente dibujan lo que es el país real.
Quisiera ir con el debido orden en este comentario, al que no quiero dar un carácter doctrinal, sino más bien descriptivo sobre lo que he visto muy de cerca en la campaña electoral francesa; algo así, como un reportaje periodístico, género nunca cultivado por quién como yo carece de oficio.

Los términos de la batalla electoral

Mitterrand, sobrio, hábil político, definía en tono prudente y responsable (aunque pueda extrañar esta afirmación) su imagen internacional de la primera contienda “postgaullista” en estos términos: “No dividamos, no partamos a Francia en dos mitades, nadie debe ser excluido, tentemos los candidatos opiniones diferentes de tipo metódico más que sobre los objetivos esenciales”.

Valery Giscard d’Estaing, economista competente, rectificador del “gauillismo” y hoy jefe de la nueva derecha francesa (definido por el profesor Duverger como un neoliberal tecnócrata, pero yo tengo la impresión de que es algo más, de que es un político), ha estado a tono con su antagonista, ha postulado la necesidad de extender la mayoría, de garantizar el empleo y el valor del salario de los franceses y dedicar muy especial atención a los problemas de la educación y de la juventud incluso en el sentido de promocionar hombres nuevos más allá de la específica clientela del partido actualmente dominante.

Es seguro que el representante, circunstancial o definitivo, de la nueva izquierda para manifestarse en los términos moderados en que lo ha hecho haya tenido muy presente el espíritu conservador medio del electorado francés, y no ha querido dar la impresión de estar dominado por sus aliados comunistas, o tal vez ha empleado con habilidad la oratoria distensiva que en esta hora parece interesar a la Unión Soviética. Así el duelo Mitterrand-Giscard ha sido relativamente sereno y, como antes dijo, dialéctico. Sin acritudes, sin amenazas, sin tenebrosas descripciones apocalípticas para el caso del triunfo hipotético del adversario. Los dos han hablado a un pueblo madura que deseaba conocer razones y propósitos ajustados a su realidad y a sus esperanzas de vida. No diré que en estas elecciones muy tecnificadas, con sus sondeos y sus cálculos, el debate haya sido de gran altura en el orden de las ideas. Ha sido más bien un debate sobre posibilidades y conveniencias en el que cada uno de los contendientes ha tenido en cuenta las razones válidas del adversario; y ni Mitterrand ha olvidado nunca las inclinaciones moderadas de la sociedad francesa ni Giscard ha ignorado las exigencias de un cambio político y social que brotan del fondo de los menos favorecidos en esa comunidad.

Continuará…

Ramón SERRANO SUÑER

 

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