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BUSCANDO LA PAZ

ABC, 8 de octubre de 1974

GUARDO siempre la comprensión y el respeto debidos a los nombres que, habiendo buscado honradamente un ideal de vida en posiciones doctrinas que a mí me parecen equivocadas, se han vuelto atrás sin ningún propósito interesado o bastardo, e incluso renunciado a ventajas y satisfacciones (una de las cuales pudiera ser la misma rígida terquedad) y han seguido su búsqueda desilusionados aunque sin convertir la desilusión en cinismo; al contrario, afinando en esa posición de vuelta su sensibilidad moral.
Tal me parece el caso de un hombre -anciano ya y probablemente melancólico- que vive entre nosotros después de una larga experiencia de luchas y destierros. Hizo su aparición en la política –yo le conocí a distancia- durante las Cortes Constituyentes de la II República formando parte del Partido Social Revolucionario con Ramón Franco y con Benito Pabón. Aquel partido era la extrema izquierda de su tiempo. EL diputado era seguramente demagogo, pero no un fanático. Buscaba de buena fe la justicia: militó luego en el marxismo ortodoxo, pero no pudo soportar durante mucho tiempo el clima áspero, despótico, del movimiento comunista, y siguió buscando. Buscando al Dios perdido. Buscando un orden social más justo, se oponía al atropello, a la explotación, a la mentira. Acaso como el agnóstico pretor romano se preguntara más de una de vez “¿qué  es la verdad?, ¿dónde está la verdad?”.
Lo perdí de vista al no figurar ya entre los parlamentarios de las sucesivas Cortes republicanas, y después supe vagamente de sus itinerarios errados por los que llegó a representar en algún país extranjero al Gobierno de la República vencida. Finalmente, viejo, cansado, desencantado, volvió a la patria para buscar un poco de paz antes de morir, trayendo consigo la cruel experiencia de su época. Había transitado muchos caminos, había conocido hombres y pueblos enzarzados en luchas crueles, y le seguiría escandalizando la capacidad humana para el odio y la destrucción. Apenas concluido el recuerdo de muertos y devastaciones de la II Guerra Mundial, se le hace otra vez patente la vesania de los hombres, a los que no detendrá ni el riesgo de la destrucción del mundo, si están en juego sus ambiciones y fanatismos. La pasión de dominio estimula los cerebros y los dirige hacia el cálculo para la invención, fabricación y acumulación de ingenios de muerte, aunque en ocasiones se disfrace con las más altas invocaciones.
He leído algunos trabajos de nuestro hombre y recientemente un artículo publicado en una revista católica progresista, hablando de las estructuras del poder mundial, de la carrera de armamentos y de los riesgos (de ninguna manera descartados por el “equilibrio del terror”) de una conflagración atómica. Se le considera obsesionado por esta perspectiva, pero, sin embargo, es difícil negarle las razones de su temor. Las dos superpotencias, que se vigilan con recíproco recelo incluso cuando dialogan, se han repartido ya el mundo en dos áreas de influencia; pero sería necio desconocer que ambas aspiran al dominio total. Como él muy bien ha recordado, la situación respectiva de los Estados Unidos de Norteamérica y de la Rusia soviética es semejante a aquella definida con gracejo por nuestro emperador Carlos I cuando en lucha con el Rey de Francia por la hegemonía de Europa, decía: “Mi primo Francisco y yo estamos de acuerdo en un punto: los dos queremos Milán.” Pero el Milán de ahora es el mundo entero.
Aparte de la escandalosa sangría de dinero que la carrera de armamentos cuesta al mundo (hace ya unos años que el gasto militar global excedía de los 200.000 millones de dólares anuales), parece evidente que la posesión de grandes arsenales de armas atómicas implica el riesgo de usarlas. Es cierto que constituye un freno para todos el cálculo terrible de las destrucciones que produciría la guerra nuclear. Si mal no recuerdo en 1914 el Departamento de Estado calculaba que un ataque soviético podría costarles a los norteamericanos y a sus aliados más de 130 millones de bajas, y que para reducir éstas a unos 75 millones se calculaba como necesario invertir 30.000 millones de dólares en la defensa pasiva.
El citado equilibrio del terror frena el peligro, pero como se ha escrito, el peligro existe, porque no se pueden excluir ni el descubrimiento de alguna novedad técnica que suponga una situación de ventaja o superioridad absoluta; ni la demencia de unos dirigentes; ni la extensión de un conflicto local. Oriente Medio, India y Pakistán, Berlín, etc.; ni el accidente fortuito: una bomba que se desprendiese de un avión en vuelo, no en nuestro paciente Palomeras sino en las fronteras de la URSS o sobre el área de la NATO. Mientras existan esos arsenales de armas el peligro de guerra existe, pues como es bien sabido, las armas se disparan solas y el único modo de conjurarlo es el desarme total, real.
En estas condiciones parece poco aconsejable que los países necesariamente pasivos en una contiende de tal índole añadan a los peligros de su pasividad los que se derive de su prestación de bases militares a las dos superpotencias; lo que en el caso de España resulta de difícil justificación ante la conciencia del pueblo, porque España ni siquiera forma parte de la NATO y no tiene, por consiguiente, ni voz ni voto a la hora de decidir una cuestión bélica en la que, pese a ello, se vería inmediatamente implicado por quedar muy a tiro de la aviación del bloque soviético y mantener en su territorio instalaciones defensivo-ofensivas a disposición de la superpotencia rival. Esas bases pueden, incluso, ser puestas en estado de alerta –como al parecer ya ha ocurrido- sin que intervenga en ello nuestra decisión. Somos arrendadores, no propiamente aliados, en una situación que se compagina mal con la soberanía. Pero es que incluso en el terreno práctico ¿se puede computar la utilidad que representan unas bases con el riesgo que comportan?
Suele decirse que España, como todo el resto de Europa, siempre se vería amenazada por la acción soviética si el “casus belli” llegara. Posiblemente fuera así, pero el riesgo, si aquéllas se suprimieran, no sería tan inmediato ni tan indefectible. Sin ellas podría sufrir las consecuencias del conflicto, pero con ellas atraería, con toda probabilidad, los primeros disparos, que serían suficientes en una guerra nuclear para borrarla del mapa. Parecen, pues, explicables y fundadas las alarmas de quien, con la fatiga y la decepción de tantos errores y horrores, vuelve a su patria a buscar un techo de paz y se encuentra con que por encima de ese techo pueden volar, a cualquier hora, los ingenios de la destrucción y de la muerte. Cualquier oportunidad es buena para una nueva meditación sobre tema tan grave.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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