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FERNANDO QUINTANAR

ABC, 28 de diciembre de 1974

YA descansa en la tierra, junto a un hijo suyo muy querido, prematuramente muerto. En el orden del tiempo, yo no estuve entre sus primeros amigos y sólo crucé con él algunas palabras antes de la guerra. No nació nuestra relación de inertes coincidencias de inertes coincidencias ideológicas, sino de la confrontación de discrepancias y aun de antagonismos, que nos condujeron al fin a un encuentro humano, a una estimación recíproca, a una amistad siempre en aumento –con el remordimiento ahora de no haberla disfrutado más- y que la muerte misma no ha de disolver.

El marqués de Quintanar fue primero ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, en una época en que la obtención de ese título constituía prueba exigente y dura, difícil de vencer, en una ilustre Escuela especial –logro positivo de nuestra enseñanza profesional- hoy desmantelada. Fue más tarde muchas cosas más: escritor elegante, historiador, poeta, conferenciante y fundador –con el gran don Ramiro y con Vegas Latapié- del movimiento intelectual de Acción Española y director de su revista. Pero, sobre todo, fue un hombre enterizo, sincero, valiente y claro, bien lejos de tanto espíritu retorcido y cauteloso, en cuyo fondo no hay otra cosa que mezquindad, ruindad y egoísmo, por mucha que sea su sobrecarga de pomposidad y de historias.

No tendrá Quintanar honores oficiales, porque él no perteneció ni a este ni a aquel consejo o academia, pero si tendrá honores reales, porque es seguro que ha de ocupar un sitio en el círculo que la Historia reserva a las personas auténticas que observaron en vida una conducta pública ejemplar. Políticamente fue, como monárquico, la estatua de la lealtad. La sinceridad, frente a tanto fariseísmo, era en su carácter cualidad esencial; la que él tanto ensalzó en Maeztu lo mismo en la época que Quintanar consideraba equivocada, como en la de su vuelta, “emigrante de un clima falso, pero emigrate convencido, leal, esforzado y generoso”. Los dos estarían implicados en esa cruzada contra la mentira para la que el escritor ruso Solzhenitsyn ha llamado a todas las gentes.

En uno de los finos capítulos de las memorias que Dionisio Ridruejo publica en la revista “Destino”, de Barcelona, dedica a Fernando Quintanar estas precisas palabras (con las que quiero terminar), admirables no sólo por su calidad literaria, sino por su exactitud, por su verdad: “La posición más meta en el grupo de Acción Española corresponde, a mi juicio, a Fernando Quintanar, que desde el primer, que desde el primer momento se marginó por completo. Era y es un hombre de buena inteligencia y de honor exigente asistido por una elegante humanidad. Ya al principio de la guerra, en Segovia, donde Quintanar era ingeniero de Obras Públicas, me había admirado su entereza –no conocí otra mayor- al protestar vehementemente contra los primeros actos de sangre que se produjeron en la retaguardia. Ninguno de sus amigos sería, en lo sucesivo, más independientemente y riguroso que él.”

Ramón SERRANO SUÑER

 

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