
ABC, 19 de enero de 1975
A los cincuenta y seis nietos de Juan Igancio, marqués de Luca de Tena, Katie, Paloma, Blanca, Rosario, Asunción, Torcuato, José Aurelio, Cristina, Juan Guillermo, Katie, Isabel, Esperanza, Angel, Juan Ignacio, Teresa, María Rosa, Fernando, Soledad, Nemesio, Cecilia, Iñigo, María del Carmen, María, María Victoria, Marta, Pilar, Isabel, Alfonso, Beatriz, Ignacio, Beatriz, Catalina, Juan, María Victoria, Javier, Miguel, Petisa, Pablo, Javier, Eduardo, Santiago, Catalina, Belén, Juan, Guillermo, Begoña, Joaquín, Gonzalo, Joaquín, Jaime, Pilar, Severo, Andrés, Pedro y María Teresa.
Mis queridos amigos: yo no sé cómo vuestro abuelo -”el patrón”- contestaría a la pregunta que un día le hicisteis sobre si yo era o no amigo suyo. Y por si las cosas no quedaron bastante claras, os las voy a contar. (Me resulta difícil dirigirme a vuestera comunidad familiar en bloque porque algunos de vosotros ya sois mayores y otros todavía niños, y no a todos os puedo hablar de igual manera.) Ya sabéis que en el año1936 empezó aquí una guerra entre españoles. Estas guerras son siempre las más tristes porque se matan entre sí los hermanos, y se dividen y destruyen las familias. Yo, con los míos, sufrí mucho en aquel Madrid que estaba en poder del otro bando, y muy pronto controlado por los comunistas. Después de amarguras y peripecias, que no os voy a contar ahora porque sería largo, me pude escapar y llegar a Salamanca, que era entonces, todavía por unos meses, como la capital del nuevo Estado; luego lo sería Burgos.
Allí encontré mucho entusiasmo y mucha confusión: todos invocaban como sagrado el nombre de España, y como cada grupo pensaba que lo suyo era lo mejor para ella, todos se peleaban entre sí. Había que poner orden en muchas cosas y también en los periódicos. Nos conocíamos muy poco vuestro abuelo y yo, y como siempre ocurre, junto a él y junto a mí había gente empeñada en enzarzarnos. Algunos nos presentaban recíprocamente -a mí ante él y a él ante mí- como si fuéramos los verdaderos obstáculos para un entendimiento a fin de que los intereses que representaban el ABC y el Gobierno concurriesen en el servicio del país en aquellos días atroces, pero esperanzados, exigentes, llenos de ilusión y de pureza. Los que así enredaban las cosas, en realidad lo que buscaban era hacer camino sobre el desacuerdo, bien para parecer ellos los buenos o para sacar alguna ventaja. Así las cosas, vuestro “patrón” y yo no éramos amigos, aunque propiamente enemigos no llegamos a serlo nunca. Luego hablamos directamente cada uno en su sitio, y nos comprendimos y respetamos.
Años más tarde yo propuse al “patrón” para embajador de España en Río de Janeiro; pero él, pensando que allí había demasiada juerga -lo que podía ser malo para vosotros, o para vuestros padres-, me pidió cambiar Brasil por Chile, y así se hizo. Empezamos luego a coincidir en algunas preferencias y simpa´tias. Un día tuve la satisfacción de que me dieran el “Premio Cavia” -que fundó vuestro bisabuelo- por un artículo mío en el que se hacía justicia a un patriota francés inicuamente tratado y se subraya la valerosa fidelidad de su hija. En la “Casa de Prensa Española” me obsequió el “patron” con una comida y allí hablamos los dos. El me la ofreció con muy nobles palabras; yo aproveché una oportunidad que deseaba para hablar de “mis relaciones con ABC, que ha estado -dije- en este acto -una vez más- en la línea de su tradición. De una tradición que llamaré liberal, pese al peligroso equívoco de esta noble y antigua palabra castellana, aquí nacida -autóctona-, y no importada de ningún sitio, según Croce nos enseña, o al menos me enseña a mí, en su Historia de Europa en el siglo XIX” Y al calificarla así -aquella tradición- me refiero más que al pensamiento a la actitud: liberal en cuanto defensor de formas, supuestos y condiciones, que hacen de una comunidad humana una comunidad civil, esto es, civilizada y de buenos ciudadanos: Luchar por la buena educación, por los buenos modos, por la cordialidad y la inteligencia en las relaciones humanas no constituirá nunca oposición ni dificultad para una buena política; al contrario, será un síntoma de su existencia y logrará que al menos espiritualmente, la vida resulte cómoda y concorde para todos y no sólo para unos pocos.
Es ello lo que hizo posible que ABC me abriera sus páginas a mi colaboración y que yo escribiera en ellas. Y para que todo eso fuera posible ni ABC ha tenido que dejar de ser ABC, ni yo quien modestamente he sido y soy.
Y ya para siempre -aunque manteniendo en algunas situaciones y problemas actitudes y puntos de vista diferentes-, fuimos buenos, leales amigos; y ahora, y cordialmente, después de esta explicación, me uno a todos vosotros con el cariñoso, emotivo y simpático recuerdo que le dedicais.
Afectuosamente,
Ramón SERRANO SUÑER
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