
La Vanguardia, 6 de mayo de 1975
DIRE, volviendo, que son abundantes las páginas del “Diario de Sesiones de las Cortes” que recogen los discursos parlamentarios de Cambó. En todos ellos, junto a su competencia sobre temas técnicos, económicos, administrativos, datos, cifras, etc. encontramos siempre oportunas reflexiones sobre el problema político general. afirma: “Es casi forzoso que la política presupuestaria de una Dictadura sea mala. Una Dictadura tiene que hacer forzosamente lo que se llama una política de prestigio, que más exactamente podríamos llamar una política de vanidad. Los hombres renuncian a la libertad en el momneto en que ven el peligro su vida y la vida de su país; pero esta renuncia es transitoria y desaparecido el peligro sienten otra vez el deseo de gozar de su libertad; y una Dictadura para mantenerse mucho más tiempo tiene que dar a los hombres y a los pueblos algo en compensación de la libertad que les quita. Tiene que darles uana ilusión, darles bienestar; pero dar bienestar artificiosamente es dar pan para hoy y preparar seguramente el hambre para mañana”.
En la discusión sobre el problema monetario dirá que “así como en España durante muchos años cuando no se encontraba justificación para construir un ferrocarril se decía que era un ferrocarril estratégico -lo que queria decir que era un ferrocarril absurdo- hoy cuando se pretenden realizar obras que no tienen ninguna justificación se dice que son para atender el paro obrero”. En los debates de aquel Parlamento, con frecuencia agresivos y violentos, había también cortesía. En aquel las principales intervenciones fueron las de Cambó y Calvo Sotelo. Cambó celebraba la evolución de Calvo Sotelo, lo que “quiere decir que estudia y aprende y que tiene el valor que tienen todos los hombre de entendimiento, de saber rectificar, de no aferrarse al error…”, y añadía “tengo un alto concepto del Señor Calvo Sotelo y el día en que se cure, como lo hará muy pronto, ante la lección de la realidad, de sus aficiones dictatoriales y totalitarias será uno de los hombres más útiles para gobernar en España”.
Lo mismo ocupándose del paro obrero y de la ley que trata de resolverlo. Con ese motivo, en discusión de tono elevado, replica a Besteiro diciéndole que no se puede prescindir de las leyes económicas que rigen la prosperidad o determinan la miseria de los pueblos y que la política de déficit creciente en los presupuestos con sus consecuencias monetarias desastrosas no conduciría a aliviar el paro obrero sino a agravarlo, como lo demuestra la política de despilfarro seguida en algunos países. Un diputado comunista, Bolñivar, le interrumpe: “¡En Rusia no hay paro obrero!”, y Cambó contesta: “Es cierto, como tampoco hay paro obrero en los territorios de la India que pertenecen a un maharajá donde hay un amo, amo de la tierra, amo de la industria, amo de los rebaños.
Pero, contra lo que muchos pensaban, a Cambó no le interesaban sólo los problemas económicos, los intereses materiales; y así, al intervenir en la elaboración de la Ley de Cultivos de Cataluña -arrendamientos, aparcerías, “rabassa morta”-, él terminaría diciendo: “Cataluña, contra lo que tantos creen, es un pueblo casi morbosamente sentimental; los conflictos de Cataluña no se han producido jamás por intereses, siempre por sentimientos. Cataluña en su historia se ha asociado y unido siempre a las causas perdidas y románticas porque Cataluña es un pueblo esencialmente romántico; yo os pido que no le hiráis en sus sentimientos: atacad a la Liga, atacad a la Esquerra, atacadme a mí, pero no ataquéis a Cataluña en sus sentimientos”. (Aquí Cambó, tal vez sin advertirlo, hace también su autorretrato, con palabras que ofrecen muchas coincidencias conotras de José Antonio sobre el mismo tema.)
Cambó como casi todos los hombres interesantes, era complejo y aun contradictorio. Hombre práctico, y por otra parte sentimental; ecuación nada extraña en la psicología de la burguesía que el representó en su más alto nivel político de realidades, era, a su modo, un esteta, lo que hizo aprto para comprobar el alto valor que la cultura puede tener en la política, por eso no debe extrañar el deslumbramiento que siempre sintió por la figura de Disraeli, burgués, político y artista. Su atención al proteccionismo catalán fue así no solo compatible, sino complementaria con su contribución al movimiento de la “Renaixença” de su lengua, a la que tanto contribuyó con su famosa fundación “Bernat Metge”.
Ahora bien, su gusto por las obras de arte tendía más a lo académico que a lo vivo, como lo demuestra una curiosa anécdota que, con regocijo y a su manera irónica, me contó un día José Antonio: Cambó,a nte las aficiones “ultrafinas” de Fernando de los Ríos, dijo irritado que estando con tantos y tan graves problemas ese señor -de los Ríos. no se ocupaba más que de “Els títeres- que es así como él llamaba a “La Barraca”, el teatro errante, popular y refinado, que dirigió GArcía Lorca bajo el patrocinio de aquel ministro granadino.
García Lorca improvisó esta copla, convertida en himno caricaturesco de “La Barraca”:
La farándula pasa
bulliciosa y tonante,
es la misma de antaño,
la de Lope y Cervantes,
trasplantada a este siglo
de locura asonante.
Es el carro de Pestis (por Tespis)
con motor de explosión.
Pese a ese divertuido desahogo de humor, a Cambó el arte le importaba extraordinariamente, era su pasión, y pienso que pocas veces en el Palacio de las Cortes, incluso en los años en que allí se escucharon tantas voces ilustres, se había hablado de pintura acreditando tanto interés y tanta sensibilidad como él lo hiciera al tratar de la ley en defensa del Tesoro Artístico Nacional y solicitar la creación de un fondo importante para conseguir retener en España obras que se marchaban al extranjero. Fondo que el consideraba necesario y urgente acrecentarlo para hacer nuevas adquisiciones, pues afirmaba que si el Museo del Prado era uno de los más incompletos, porque mientras tenía una espléndida representación de la pintura española, del arte flamenco y de la pintura veneciana (y elogiaba con este motivo a Carlos V y a Felipe II, que supieron comprender que Tiziano era el más grande de los artstas de su tiempo), tenía que enunciar la escasez de la pintura florentina: solo un soberbio Fra Angélico; casi sin representaición de la escuela holandesa -un Remradt-; pocas telas y mediocres de la pintura francesa, entre la que cuenta con dos Watteau de autenticidad dudosa.
Sin cuadros de la escuela inglesa, etc. Hay que acrecentar el patrimonio artístico -decía-, pues es preciso que en esta materia, como en otras no nos resignemos a considerarnos una nación del pasado, sino que hemos de aspirar a ser una nación del presente y del porvenir.
Y fue Cambó generosamente consecuente con ese deseo de enriquecer el Museo del Prado para el que dejó a su muerte un legado de importancia, una colección de tablas de Botticelli con una de las historias de Boccaccio.
Ramón SERRANO SUÑER
Artículo anterior - Volver al índice de artículos de la década de los años 70 - Siguiente artículo