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Incluído en el libro “De anteayer y de hoy”

DIONISIO

ABC, 1 de Julio de 1975

Tenía Ridruejo veinticuatro años cuando le conocí. Fue en el Cuartel General de Salamanca adonde llegó, acompañando a otra persona, para una audiencia señalada por el Generalísimo. Uno de los ayudantes de servicio creyó que se trataba de un escolta – todo el mundo tenía allí escolta_ y le impidió el paso. En ese momento aparecí yo en el antedespacho y le pregunté: « ¿Usted es Ridruejo? » y tras muy breves palabras de saludo me soltó una catarata de objeciones a la Unificación de Partidos; y, sobre todo, al modo cómo se había hecho,  sin contar con la opinión de los unificados ni de los mandos, y sacando de la manga a los nuevos dirigentes. Me impresionaron el aplomo, la energía, el orden y el rigor de su alegato y le hice pasar al despacho para que argumentara dentro, cosa que al parecer realizó con no demasiado respeto. A Franco es comprensible que le produjera asombro esa actitud desenfadada de un joven casi adolescente frente a un jefe de tan alta jerarquía militar y política como la suya; pero a la vez –me consta, pues así me lo manifestó- no le pasó inadvertida su inteligencia.

Ridruejo era, efectivamente, un chico, lo que subrayaba su físico, pues un hombre de pequeña estatura, delgado y frágil de cuerpo. Por el contrario, era lanzado de carácter y actitudes: ágil, polemista precoz, temido por los dirigentes que aceptaron la Unificación, y utilizado como indispensable negociador por los entonces airadamente resistentes, los más adocenados conformistas luego.

A partir de aquel primer encuentro nuestras conversaciones ya serían frecuentes y por parte de Dionisio, cuando actuaba por sí, como cuando era vocero o enviado del Sanedrín falangista instalado en la plazuela de San Julián de aquella vieja ciudad castellana, nunca dejaron de ser polémicas y exigentes; aunque creo que precisamente por la sinceridad con que los dos nos producíamos –él con pasión, yo con paciencia-, fue allí donde se iniciaron la amistad y la estimación recíprocas que, como Ridruejo ha dicho en su libro Escrito en España, estuvieron ya para siempre por encima de las coincidencias y discrepancias de cada momento.

Yo apreciaba el valor de su inteligencia, de su ímpetu y de su pureza; pero a la vez tenía una cierta reserva por las finalidades poco realistas que en última instancia persiguiera aquel grupo de falangistas ortodoxos o utópicos del que era él inspector y expositor. Y tal vez por eso, nombrado ministro del Interior, y designados los directores de Prensa, Radio y otros servicios, demoré su nombramiento de jefe o director de la Propaganda durante algunas semanas. A partir de su designación sus visitas a mi despacho tenían lugar casi todos los días y siempre encontraba en él dos personas distintas: el colaborador político y administrativo, de una parte, y de la otra el falangista crítico. Escribiría un libro si tuviera que referirme a las mil conversaciones y temas que tratamos, graves unos y pintorescos otros, como siempre ocurre en situaciones excepcionales.

Entretanto la guerra seguía, y nosotros, con diferencias indudables en coeficientes de sensibilidad y de pensamiento político –a trancas y barrancas-, continuábamos en nuestro empeño de llevar adelante las posibles realizaciones falangistas. Más tarde, terminada la guerra y consolidada de Jefatura de Franco, para muchos de los falangistas se acababa su fe política, mientras que otros –ayer ortodoxos, intransigentes beatos-, se preparaban a disfrutar de los beneficios de la victoria. Pocos meses antes, con ocasión de la Segunda Guerra Mundial, tuvieron lugar los intentos más obstinados por lograr todavía un ajuste de la dirección del Estado a las exigencias falangistas. (Hubo entonces un momento en el que yo, que para los falangistas fui siempre más que falangista representante o elemento de unión de Franco con ellos, me vi  convertido en representante de los falangistas ante Franco.)

Tras de aquel intento, Ridruejo, disminuido en su esperanza política, se repliega a las tareas literarias de la revista Escorial que dirige, y poco después se enrola como soldado en la División Azul. En Rusia se produce en él –y en otros camaradas-, desde el alejamiento de lo anecdótico y cotidiano de aquí, una perspectiva que les hace ver con toda claridad dónde está el verdadero poder y, por consiguiente, la imposibilidad de alcanzar ninguna de las metas propuestas siguiendo el camino ensayado. De regreso a España confirma sus impresiones, habla crudamente con el secretario de la Falange, del que pronto advierte que nada se puede esperar (sin que yo, por mi parte, estuviera en condiciones de devolverle el optimismo en este punto) y como él ha escrito en uno de los deliciosos fragmentos de sus Memorias que publica la revista Destino, entonces «por falangista se desengancha de la Falange». Yo había conocido bien el Ridruejo de los primeros días de Burgos y de Salamanca a un hombre que creía y hablaba en serio de una revolución nacional pendiente, siguiendo los propósitos de José Antonio y empleando argumentos, frases y palabras de aquél. Nada de esto, decía en carta respetuosa dirigida al jefe nacional, había entrado de verdad en vías de realización y la consecuencia para él fue buscarlo por otros caminos y separarse de la organización.

Apartado de la Falange oficial –y vigilado- se inicia en Ridruejo una etapa de soledad y de vida interior profunda, favorecida, como él ha dicho, por un confinamiento que alcanza la duración de cinco años. Primero –octubre de 1942- se le residencia en la sierra de Málaga y allí  escribe el Cancionero de Ronda. En el mes de mayo lo trasladan a Cataluña, instalándose en San Andrés de Llavaneras y, más tarde, en San Cugat del Vallés.
Es así como el Ridruejo que fue adolescente en el frío de la alta meseta, entre los pinares, los robledales y los enebros de Soria, salió a la España citerior; y su clima, su ambiente –el mar-, su paisaje y su estilo de vida penetran tan hondos en su alma, favoreciendo la evolución de sus ideas y madurando su personalidad. Con características y circunstancias diferentes, éste fue también, antes el caso de José Antonio  Primo de Rivera, que descubre al llegar a Barcelona horizontes nuevos, tradiciones finamente humanas y una sociedad burguesa de composición distinta, más asomada a Europa. Y en los dos nació así un especial amor por la tierra, por la lengua, por la cultura y por el pueblo catalán.

Mi actividad profesional de aquellos años me llevaba con frecuencia a la Ciudad Condal y yo aprovechaba estos viajes para visitarle en los lugares de su confinamiento, donde – alejados los dos de la política concreta – cambiábamos ideas y preocupaciones.  (En su obra literaria esta reflejada esta época en el libro Elegías, que muchos falangistas consideraron testimonio de su propia situación. Un libro suyo anterior, La soledad del tiempo, transparentaba su desencanto.) En uno de los momentos más difíciles para el país coincidimos Dionisio y yo en aconsejar a Franco un cambio de orientación política, en sendas cartas que de utópicas no tenían nada como no fuera la imposibilidad de ser tomadas en consideración por razones subjetivas.

Dionisio estuvo allí, en su destierro, enteramente dedicado al estudio y la reflexión, analizando y revisando críticamente – a la vista de los resultados – su ideología juvenil. Dejó de ser falangista para iniciar con la mayor pulcritud de conducta, con sacrificios y riesgos, con su insobornable dignidad moral, la evolución política que le ha conducido a la postura de estos últimos años que, coincidiendo o discrepando, merecía el respeto de todos los españoles capaces de juzgar con entendimiento, con elevación y rectitud. Sin ambición de mando ni de lucro – lejos de las alquimias enriquecedoras con ocasión “del servicio” – su triunfo personal, las glorias del mundo, no interesaron a su autenticidad; lo que le interesaba, como ha dicho en sus últimos días, era “morir con la conciencia apunto, con la evidencia de haber actuado con sinceridad, con honradez y con solidaridad”.

Ni mi ánimo ni el espacio de que dispongo me permite considerar con mayor extensión su personalidad y su trayectoria política, cuando su corazón – herido ya desde hace años por muchas tensiones – acaba de pararse. Dionisio se nos ha dio con su palabra, con su pluma y con su inteligencia finísimas, en este país que malversa sus valores administrándolos con mezquindad y resentimiento. Los que fuimos – los que somos – amigos de Dionisio Ridruejo; los que gozamos del privilegio de su afecto entrañable y de la lucidez de su mente, llenaremos con su presencia moral, con la pervivencia de su espíritu y de su obra, el vacío que su ausencia física nos deja, y así el será siempre para nosotros mucho más que un recuerdo, porque sabemos bien que la admiración y la amistad profundas, el cariño y el amor verdaderos, son vencedores de la muerte.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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